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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 19 |
Anarquismo/Consejismo (3). Panekoek |
FRANK MINTZ Es conocida y evidente la ignorancia —fingida o real—, que Pannekoek muestra acerca del anarquismo y del anarcosindicalismo en sus obras; y para el lector que quiera comprobarlo personalmente, cito las obras que he consultado: «Los consejos obreros», «La contrarrevolución burocrática», y «Pannekoek and Gorter's marxism». Dicho esto, en Pannekoek existe un concepto sindical, pero también existen varias ambigüedades que explican las manipulaciones que se llevan a cabo con la excusa del consejismo. La principal aportación del Pannekoek —y uno no está lejos de pensar que se trata de la única—, es el papel del sindicalismo en la sociedad desarrollada tras la Primera Guerra Mundial (y antes en EE.UU.): «El sindicalismo y su burocracia se parecen también al Estado, pese a sus formas democráticas, en el hecho de que la voluntad de los miembros es incapaz de dominar la burocracia; cada rebelión se estrella contra el aparato, cuidadosamente edificado, de ordenanzas de negocio y de estatutos, antes de conseguir mover a la jerarquía» (escrito en 1920, en «Smarts»); «La meta del sindicalismo no es sustituir el sistema capitalista por otro modo de producción, sino mejorar las condiciones de vida dentro del mismo capitalismo. La esencia del sindicalismo no es revolucionaria, sino conservadora (...). Hay por lo tanto una diferencia entre la clase obrera y los sindicatos. La clase obrera mira más allá del capitalismo, mientras que el sindicalismo queda enteramente confinado dentro del sistema capitalista» (escrito en 1936, «Contrarrevolución burocrática»). Observa Pannekoek que los funcionarios sindicales «pese a sus orígenes obreros adquieren, con los años de experiencia al frente de la organización, un nuevo carácter social (...) no trabajan en las fábricas, no están explotados por los capitalistas, no están amenazados por el paro (...), se preocupan de los «intereses de la Industria»; procuran ser los intermediarios» (en el libro citado anteriormente). Un tal Bakunin había dicho lo mismo antes en «Estatismo y Anarquía»: «Pero esa minoría (de dirigentes, en la dictadura del proletariado), nos dicen los marxistas, estará compuesta de trabajadores. Sí, de antiguos trabajadores quizá que, en el momento en que se conviertan en gobernantes o representantes del pueblo, cesarán de ser trabajadores y considerarán, desde entonces, al pueblo desde su altura estatista(...) El que dude de ello no sabe nada de la naturaleza humana.» Carlos Marx, comentando la obra de Bakunin, tildaba estas afirmaciones de «fantasías sobre la dominación» (Marx, Engels, Lenin: «Acerca del anarquismo y el anarcosindicalismo»). Quizá Pannekoek desconocía este aspecto de la polémica entre Marx y Bakunin, pero dejó su crítica incompleta, limitándola a los sindicalistas y no generalizándola a todos los aprendices de partidos comunistas y pescadores en ríos revueltos, al socaire de la crítica al sindicalismo. Pannekoek sabe reconocer que hay excepciones, como el «sindicato único» de la I.W.W. (sindicato de acción directa compuesto por marxistas y anarquistas, fuerte entre 1905 y la Primera Guerra Mundial), pero «sus miembros fueron perseguidos sin piedad por el conjunto del mundo capitalista». De ahora en adelante «la verdadera organización que necesitan los obreros, en el proceso revolucionario, es una organización en la que cada uno participe, en cuerpo y alma, tanto en la acción como en la dirección (...). Los dirigentes profesionales sobran en tal organización. Desde luego habrá que obedecer: cada uno tendrá que conformarse con las decisiones que él mismo contribuyó a formular. Pero la totalidad del poder se concentrará siempre entre las manos de los propios obreros». Y luego, Pannekoek, evoca un funcionamiento de asambleas, con la elección de un comité de huelga o un comité para cualquier conflicto, con «delegados revocables a cada instante», y «sin que el comité pueda, en ningún momento, tener un poder independiente». Y Pannekoek, pone el ejemplo de los soviets rusos y alemanes, sin explicar las tendencias que les animaban, ni tampoco los problemas que tuvieron con el Estado y el Partido. No deja de ser inquietante el olvido de referencias al anarcosindicalismo, amén del juicio deformador y leninistoide que da, de la actuación cenetista en 1936: «los trabajadores» (lo que permite ocultar su filiación ideológica), «Barcelona« (como si el esfuerzo de construcción revolucionaría no hubiera ido más allá). En «los consejos obreros», Pannekoek (en la versión holandesa), explica su concepto del anarcosindicalismo, presentando una crítica interesante: con la afirmación de que cada uno queda libre de participar en otras formas de luchas «según sus concepciones filosóficas o políticas» (carta de Amiens de 1906), el anarcosindicalismo mostraba su debilidad frente a las divisiones ideológicas. Y Pannekoek trae a colación «la fuerza real de la ideología nacionalista», que el anarcosindicalismo francés fue incapaz de contrarrestar en 1914. Sin que se vea realmente la relación, Pannekoek afirma que «los grandes problemas de la organización social de la producción estaban en un segundo plano», y por tanto, no se era consciente de que iba a nacer y crecer, en el seno del sindicalismo, una burocracia con jefes sindicalistas y con «un tipo de organización como el propuesto por la socialdemocracia». Esta última crítica es una exageración, y ya había una denuncia del riesgo tanto en Malatesta, en el congreso de Amsterdam de 1907, como en Peiró en 1930 en «Problemas de sindicalismo y anarquismo»: si la CNT se erige en centro de relaciones económicas para la sociedad entera, entonces «nos encontramos otra vez ante el Estado, sin atenuantes de ninguna clase, ya que el Estado, en todo caso, no es más que una máquina administrativa, encarnada en nuestra hipótesis, por una imprescindible burocracia sindical». El anarcosindicalismo no ocultó los peligros del sindicalismo, pero su práctica en España estuvo frenada por una serie de trabas antes, durante la guerra civil, y después hasta hoy día. Sin que se pueda dar aquí ninguna interpretación tajante, me parece que, por lo menos dos factores, desempeñaron un papel primordial: la presunción, el personalismo del individuo que encuentra una posibilidad de afirmarse en la CNT porque en ninguna parte le aceptan, y lo mismo habría podido hacer el numerito en una sociedad deportiva o filatélica (y desgraciadamente no fue allí); y la convicción de poseer la verdad, la solución rápida de la crisis, sin cuidarse lo más mínimo de otras soluciones –o sea, el rechazo del diálogo y el tomarse por el mesías, lo que no es grave cuando se limita al esperanto, al jugo de zanahoria, al nudismo, pero es un follón cuando afecta a la huelga, la guerrilla, los contactos con otras tendencias, etc. Y continuando atando cabos, me pregunto si no hubiera pasado lo mismo con el consejismo de haber tenido la posibilidad histórica de desarrollarse. Excepto unas páginas en holandés, Pannekoek habla siempre de la clase obrera que formará consejos, que vencerá al capitalismo, habrá tendencias pero se armonizarán, etc. Pannekoek, pese a su voluntad innegable de combatir el leninismo, no supo soslayar fórmulas imprudentes («la organización consejista encarna la dictadura del proletariado, lo que quede de antiguos explotadores y ladrones no tiene voz en el control de la producción»). Con estas fórmulas, en un dos por tres, un Carrillo o cualquier hijo de Lenin, te monta un movimiento autogestionario, con cheka y policía en autogestión para pegar a drogadictos, quinquis, etc., con vivas a Marx y a Pannekoek. Y valgan los ejemplos de quienes hablan de asambleas de 22.000 obreros en Sabadell (caso de 1975 en Francfort) y de 200.000 en Sao Paulo (mayo de 1979 en París); y añado que, seguramente, Mao habrá escrito en algún lugar que China lleva treinta años de asamblea de 900 millones de tíos... La visión racional y económica del exmarxista Pannekoek no le permitió intuir y percatarse de la burocratización latente en cualquier grupo, que no consigue frenar ni siquiera la posibilidad de permanente revocabilidad. Es la rotación de las tareas, la superación de la oposición entre trabajadores manuales e intelectuales, la crítica y la discusión lo que, con el compañerismo y el respeto por el otro, cercena el embrión de burocracia que nace tanto en el sindicalismo, como en un consejo, como en la autogestión, etc. Y sin duda, fue esta toma de conciencia, la que provocó el extremo de que algunos consejistas se negaran a cualquier acción para no separarse de la clase, puesto que sólo la clase hará la revolución: y la verdad es que, concientizar a la gente, sin meteduras de pata, ya es mucho. |