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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Núm. 19

Ángeles del suburbio

Agustín García Calvo

En plena «ola de terror». Cuando desde las portadas de las revistas se nos incito a que, como individuos o colectivamente, asumamos la parte de Estado que nos corresponde y les defendamos «defendiéndonos». En medio de esas torpes imitaciones del terrorismo estatal que empiezan a llamarse «justicia popular». Con intentos a diario, más o menos acabados, de linchamientos callejeros, escarmientos, castigos ejemplares, etc. Cuando la gente ya cree a pie juntillas que de quien hay que defenderse es de las víctimas y no de los verdugos, este texto de Agustín García Calvo puede ayudar a situarnos mejor en el tema que la exhibición de las cifras y las evidencias de costumbre. Es puñado de cal que desenterramos entre las toneladas de arena de un diario sesudo, del que hasta ahora sólo habíamos publicado trabajos rechazados o censurados.

Se les ve cernerse como aguiluchos negros sobre la pompa de gas fluorescente de la urbe; se les ve, con la noche tétrica del sábado, caer desde sus nidos de cemento de los bloques sobre los escaparates y las luces blanquísimas del Centro. Vienen la mayoría a lomos de grandes motocicletas cromadas, con una hembra de su raza a la grupa, flaca y despelufada, de morados labios sedientos de venganza; se lanzan agazapados, embistiendo al viento de la libertad, agitando las largas guedejas aceitosas, tronando con más estruendo que los automóviles de adultos acomodados. Visten de negro y reluciente, de cuero sintético apretado a los muslos, de cremalleras y tachuelas niqueladas; llevan grandes gafas de plástico violáceo, donde negrean duros ojos de tiburones en cautiverio; se han agarrotado las venas con muñequeras de charol; se han puesto en los nudillos anillos abultados de estaño o erizados de pinchos; traen en las manos el uno una porra de goma de reglamento, con la punta lastrada de plomo; el otro, escondida al acecho una navaja de resortes, el otro, doblada una cadena de tres metros irisada de grasa todavía. Han bajado a la ciudad a divertirse. ¡Que tiemblen las amas de su casa, los ejecutivos que disimulan la primera pancita matrimonial, los niños que vuelven de celebrar un cumpleaños en casa del amiguito, los viciosos blandengues que tímidamente ligan con el «jazz» y la marihuana, las damiselas que se perfuman, por si acaso, las gomas de los sostenes recomendados por «Glamour». ¡Que tiemblen!, porque los ángeles del suburbio no reconocen ley ni freno: su ley es «¡Aplasta! ¡Raja! ¡ Estruja!», su Dios es la dureza de su propia voluntad. ¡Mierda y a la cuneta el que deje traslucir un pálpito de piedad!

De vez en cuando, pero cada vez más frecuentemente, una ola de terror refluye por los conglomerados urbanísticos de cualquier parte, lo mismo aquí que en Tokio o Nueva York: ha habido tres atracos de bancos, seis de tiendas, cuatro violaciones, siete pisos desvalijados, veinte automóviles saqueados, veinte bolsos arrancados a tirón desde coche o moto a veinte pacíficos ciudadanos. Se despepitan las señoras comentando en el supermercado, dictaminan en la oficina los empleados entre chorrito y chorrito de humo, instruye la maestra a sus polluelos en la escuela, cacarean nerviosas las dependientas tras los mostradores. La Prensa (que se guarda muy mucho de «orquestar una campaña» sobre los cientos y miles de asesinatos semanales por accidente de carretera) cumple el sagrado deber de la información, y comunicando con más o menos regodeo a sus millones de lectores lasdocenas de atracos, violaciones y desvalijamientos, esparce la semilla del terror, crea ambiente, y contribuye a que el miedo de los probos consumidores se encauce por ahí y no se fije en otros motivos más abstractos y políticos de miedo. Los ciudadanos se recogen más temprano, y se completa así lo que la Ley del Trabajo ya venía haciendo, convertir en noche muerta el alegre trasnoche que era la gracia y esencia de las ciudades. Salen ala tribuna los moralistas y despotrican sobre la Juventud: sobre la falta de ideales y disciplina, por ejemplo. Los cerrajeros aprovechan para hacer su agosto vendiendo sistemas marcianos de barras y placas de seguridad, dispositivos electrónicos de alarma. Prosperan academias de kárate y de yudo que enseñan a las damas a defenderse de agresiones por sí mismas. Y los más ilusos claman hacia los Ministros para que dupliquen las medidas y el número de guardianes del Sistema, como aquel que metía en la casa ratas para acabar con los ratones.

Y, sin embargo, todo el mundo podría saber, si le dejaran, dónde se crian y con qué se alimentan los ángeles del suburbio. Basta asomarse (un domingo de tarde, por ejemplo) a las áreas y bloques del extrarradio de Madrid, o cualquiera de estos conjuntos en expansión (caótica ciertamente, pero a fuerza de Planes) que vienen a reemplazar a las ciudades: allí están los paralelepípedos de cemento de diez o veinte pisos clavados en el barro; entre uno y otro, y otro más allá, todavía siempre en construcción (otro, pero el mismo), hay unas tiras de terreno que quieren llamar calles (el Ayuntamiento, en caso de apuro, saca la lista de los Conquistadores de América y les aplica los nombres por orden cronológico), unas en barro todavía (porque es que hubo una Empresa más viva y progresista que «previó» una prolongación de dos kilómetros de un ramal del Metro por descampado, u otra que plantó donde Cristo dio las tres voces una colonia con futuro; compraron y vendieron los terrenos, rellenaron los pisos de familias, y ahora hay que esperar unos pocos años a que los Organismos Oficiales, obedientes, planifiquen y vayan, como dicen, urbanizando), otras ya están embetunadas para más confort de los automóviles que inmediatamente las habitan, parados o circulando, ellos los verdaderos dueños del barrio, necesarios, vive Dios, imprescindibles, ¿cómo no?, si las distancias de estos sitios (veinticinco minutos al centro urbano) son ya distancias para coche: el auto, medida de todas las cosas —¿no lo decía el otro?–; o si no, la moto.

En una celdilla de uno de esos bloques, y así millones de veces, están desarrollándose las larvas de los ángeles. Unos ya han nacido en la celdilla; a otros (casi da lo mismo) se los trajeron pequeñitos de algún pueblo sus padres ilusionados con un puesto de trabajo: ¿No se ha visto cómo en pocos meses, con la materia de un mozalbete del pueblo, se fabrica lo mismo un Agente de Orden que un chulillo del hampa suburbana? De niño bajaba para su madre al Supermercado de cinco bloques más allá, y se compraba un chiclé de pro-pina; más tarde, se llega al bar de formica de siete bloques más arriba a tomarse con la panda un brebaje con alcohol, pero no sin también algún suero gaseoso de una marca universalmente respetada. Si acaso se asoma por la ventana de su celda, puede ver un brazo de la grúa del nuevo bloque siempre en construcción, o una rebaba del vertedero de basura, o, si tiene suerte, otra ventana de otra celda como la suya. Su alimento espiritual es, como el otro, uniforme, pero abundante: tebeos y televisión. Un día se juntan, se reconocen oscuramente, reconocen aquellos descampados, barrizales y vertederos como suyos, y empiezan a matar el tiempo dando algún golpe que otro por los alrededores (algún estanco de una viuda, algunas bragas repartidas colectivamente), por gusto de la emoción, por castigarse también, por probarse hombres de veras (esto es, como los de la tele), pero, esencialmente, por lo mismo que los contratistas hacen bloques y los ministros estadísticas: por venir a llenar un vacío. Y cuando al fin un sábado se organizan en panda y montan en las motos y bajan sobre el Centro, vuelan animados por una doble pasión, de la que nada saben: lo primero, por amor, por amor de lo que allí, en el Centro, pueda quedar de una ciudad negada, de una vida perdida antes de nacer ellos; y luego, por ansia de vengarse a ciegas de los que han hecho nacer aquellos descampados y bloques de desolación, de los que allí los han hecho nacer a ellos mismos.

¿Cómo les explicaríamos quiénes son los responsables? Aquí, entre nosotros, rebojos de las burguesías podemos saberlo sin grandes dudas. Es el dinero vivo el que necesita mudar de formas para sustentarse y desarrollarse, multiplicar empresas de cualquier cosa, abrir campos y campos de nuevas necesidades; es el Estado en persona, la idea de que se pueden organizar grandes áreas de administración unitaria, mover y amasar para su bien (desde el Centro, desde Arriba, desde el Futuro) vastos conjuntos de individuos. Ellos son (porque no hay otro Dios, no hay otra Naturaleza que Ellos para los hombres) los que han hecho crecer la población de cada Estado y del Globo entero a velocidad progresivamente acelerada, para tener de paso la última disculpa de Necesidad (¡somos tantos millones!), de todas sus presiones y sus desmanes; Ellos son los que han despoblado los pueblos y forzado la concentración de la gente en conglomerados apropiados para sus manejos; Ellos los que han sembrado en las mentes de ciudadanos honestos y campesinos socarrones la fascinante idea bobalicona de un Destino (puesto de trabajo asalariado, piso con televisor y automóvil que asegure la libertad individual de movimiento) que los arrastraba en masa a aquellos conglomerados, con la ilusión de que era allí donde pasaban cosas, donde la vida (es decir, la Historia) estaba jugándose las cartas; Ellos son los que, a toda prisa, han montado las colmenas donde acoger esos enjambres de ilusos productivos para Ellos; Ellos son los que han consagrado la fe de que la Humanidad va por un camino; Ellos los que han creado por proyecto los espacios que tienen que llenarse; Ellos los que han inventado el tiempo vacío y el aburrimiento. Ellos son los criadores de los ángeles del suburbio.

¿Me decís que es demasiado piadoso echar las culpas a los entes abstractos, al Estado y al Dinero? Queréis carne, ¿eh? Bueno, no es tan fácil descubrir a los culpables. Todos, más o menos. Pero hay grados, sí: tanto más culpables cuanto más creídos y más implicados con los abstractos, con la Empresa Progresista y el Estado Perfecto, cuanto más identificados con su Dinero o con su Cargo. Pero no es fácil tampoco saber cuáles son los más identificados: ellos han olvidado desde su remota adolescencia el resquemor de que estaban vendiéndose al Destino, lo han recubierto de ideas de Progreso, de Necesidad... Sólo que, a veces, los efectos de la conciencia enterrada los denuncian. Por ejemplo: cuando llegue la próxima ola de terror, poned oído a ver cuáles son los que más se indignan, los que más claman contra la Juventud, la indisciplina y la corrupción de las costumbres, los que más exigen castigos y firmeza a las Autoridades y a la Justicia, los que más predican un aumento de puestos de trabajo, de policías o de ideales, los que más excitación demuestran por las hazañas de los ángeles del suburbio, y examinad a ver si coincide que esos señores o los maridos de esas señoras tienen algo que ver, más o menos directamente, con una Inmobiliaria, una Constructora, una oficina de Planificación urbanística, un Partido de izquierdas domesticadas que defiende el Desarrollo y el Progreso, un Ministerio apolítico de Economía que opera según las previsiones científicas del Futuro, una Comisión creadora de programas televisivos, una Agencia importadora de motocicletas japonesas, una Fábrica de cemento de fragua ultrarrápida, una Editorial de novelas de marcianos y galaxias, una Promoción de relojes electrónicos para él y para ella, o un Seminario de Análisis Cuantitativo y Cualitativo de la delincuencia juvenil.

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