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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 17-18 |
Idea y práctica de la autogestión en el M.O. español del siglo XIX |
RAMÓN FERRI (del colectivo BICICLETA)
Sin la etapa de la Internacional ibérica, sería imposible explicar el arraigo insólito del anarcosindicalismo en la península. Fue durante el período de la AIT, cuando quedaron fijadas las más altas cotas de madurez organizativa y estratégica hacia lo que hoy se reconoce como el único cambio social que puede interesar a los revolucionarios, tras las monstruosidades del socialismo burocrático y estatal. TÓPICOS Y FALSAS IDEAS SOBRE EL XIX ESPAÑOL CLARO que todo lo que hemos empezado a afirmar, contrasta fuertemente con todas las ideas que se han venido sosteniendo sobre el siglo XIX en lo que respecta a la historia del movimiento obrero. Ideas y deformaciones mantenidas tanto por la historiografía burguesa, como por la izquierda autoritaria, pasando por muchos libertarios que, víctimas del secuestro de su propia historia, han mordido en el anzuelo de las ideologías dominantes o de lo que ha pasado por la «historia seria», para la que sin duda es algo disparatado hablar de ideas autogestoras en el proletariado militante del siglo XIX. Unos, como Gómez Marín, Termes y toda la escuela de la historiografía marxista, repiten hasta la saciedad que «los obreros y sus débiles, impotentes y esporádicas organizaciones actuaron conjuntamente con la clase media...» y que «...nunca formularon colectivamente un plan opuesto ni tan solo distinto al que planteaban liberales, progresistas, demócratas y republicanos...» (Josep Termes. Anarquismo y sindicalismo en España, Editorial Ariel, Barcelona. 1972, pág. 27.). 0 bien: «Lo que querían en Andalucía desde 1868 era implantar la república...» (Triunfo, núm. 497, abril 1972, Gómez Marín.). Con sólo revisar la prensa obrera de la época, incluso la que estos mismos autores citan y afirman haber consultado, quedan ampliamente desmentidos tales asertos. Por ejemplo, el folleto «Lo que es el Partido Republicano ante el obrero moderno», donde se afirma sin rodeos que: «Los republicanos son los esbirros de las clases conservadoras del orden existente...» O el primer número de «La Emancipación», en artículo que reproducirá también «La Federación» (2 - Julio - 1871): «Enemigos acérrimos de la política de la clase media, permaneceremos constantemente alejados de su círculo de acción, y aconsejaremos siempre a los trabajadores la abstención completa, en cuanto a esta política directa o indirectamente se refiera, puesto que, de tener participación en ella, no podríamos menos que hacernos solidarios de los crímenes que en nombre de la misma se cometen...» Estas posiciones, contra la mediación de la política burguesa y por el ejercicio de la democracia directa, se encuentran invariablemente reflejadas en todos los congresos de la Internacional. Se constata por ejemplo, con la posición ante la Primera República, saludada con alborozo desde las exiguas filas del marxismo español, y recogida en cambio con escepticismo y análisis de clase y autogestionario por los trabajadores libertarios (Anselmo Lorenzo, El proletariado militante, Ed. Movimiento Libertario Español, Toulouse. 1946, vol. II, pág. 108.). Otra de las falsas ideas sobre el XIX español la constituye el famoso «milenarismo» (Hobsbawm), la explicación tan difundida (Brenan y cía.) de que el anarquismo arraiga en España, y no en otras partes, porque sólo aquí se da un terreno propicio en el atraso y en el fanatismo, en un mundo fundamentalmente campesino, con especial caracteriología racial y demás tópicos manejados a diestro y siniestro por ensayistas y teóricos del «materialismo» radical (Y que sin embargo recurren a tópicos tan poco materialistas como éstos, para explicar las causas del fracaso del marxismo en el movimiento obrero español del siglo XIX.). Todas estas falsas ideas aún siguen manteniéndose en libros y «Congresos» de historiadores, a pesar de haber sido ampliamente desmentidas conforme se ha ido profundizando en las luchas del período. Ya el propio Lafargue -enviado por Marx y Engels a combatir lo que éste último llamaba «escoria bakuninista»-, escribe a Engels tras sus primeros contactos con el internacionalismo madrileño: «Jamás he visto una reunión de obreros tan inteligentes e instruidos, su educación contrasta notablemente con la ignorancia de la burguesía española...» (Clara E. Lida. Anarquismo y revolución en la España del XIX, Siglo XXI. Madrid. 1972. pág. 162.). Más de cien años después, el ya citado Gómez Marín describe el proletariado militante español de fines de siglo como «ingenua iglesia desheredada». Bastaría para desmentir como causa y «explicación» del arraigo de las ideas libertarias y autogestionarias, el atraso casi medioeval o la incultura y el aislamiento campesino, la constatación de que los puntales básicos del internacionalismo fueran Cataluña y Andalucía. Respecto a la primera, está fuera de toda duda que se trataba de la zona más industrializada de la península, con un nivel de «europeísmo» muy superior al resto, y con organizaciones obreras fuertes (con huelgas generales, prensa propia, etc.) desde 1840, como constata Abad de Santillán. Respecto a Andalucía, ha sido Temma Kaplan (T. Kaplan. Orígenes sociales del anarquismo en Andalucía, Ed. Grijalbo. Barcelona, 1977.) la que mejor ha rebatido tanto tópico y falsedad como se ha vertido sobre la trayectoria del movimiento obrero en aquella zona, demostrando con estadísticas y amplia documentación, cómo lo que condiciona el arraigo del anarquismo en una u otra zona de Andalucía, no es la pobreza, sino, al contrario, la riqueza y el desarrollo (así se desarrolla en el norte de la provincia de Cádiz. Así arraiga en Sanlúcar y no en Almería por ejemplo). Nada de agrarismo aislado: la mayoría de los trabajadores agrícolas de Andalucía vivía en ciudades, junto con miles de campesinos y obreros -al contrario que en otras partes- y esto daba pie a establecer estrategias colectivas hacia la autogestión revolucionaria, que poco tenían de «milenarismo»: «el anarquismo andaluz fue una respuesta racional, no milenarista a una configuración social específica...» Contra la idea de «ignorancia» o «fanatismo» como base de la expansión de las ideas ácratas, T. Kaplan demuestra que el grado de alfabetización de la provincia de Cádiz (donde se asienta el bakuninismo) era del 30 al 45%, es decir, tan elevado como en Cataluña, y mucho más alto entre los núcleos anarquistas (T. Kapplan, op. cit., pág. 106.). Una y otra vez desmonta esta historiadora el «milenarismo», las características «raciales» o «climáticas» y demás explicaciones mecanicistas y metafísicas para explicar la compleja trama de la actividad anarquista andaluza, y sobre todo sus expresiones prácticas, sus finalidades autogestionarias globales, con especial incidencia en temas como la cultura popular, la liberación de la mujer, etc., que van adecuándose de una forma dinámica a los sucesivos cambios del capitalismo y de las estructuras y relaciones sociales en Andalucía. Todas las interpretaciones «religiosas» del anarquismo andaluz, son así desmentidas radicalmente: «subestiman la clara comprensión de los anarquistas andaluces acerca de los orígenes sociales de su opresión que residían claramente en los latifundistas y en la burguesía vitivinícola.» Es interesante destacar además como factor revolucionario importante la alianza entre obreros y campesinos, como ya destacaba Gaspar Sentiñón en los Congresos Internacionales, mientras en otras partes constituían capas sociales antagónicas (Como destaca Max Nettlau en su La Internacional y la Alianza en España, Ed. La Piqueta, Madrid, 1977, pág. 53.).
UNA vez excluidas las motivaciones «místico-raciales», la desesperación o el atraso secular, ¿por qué el internacionalismo español desarrolló en su organización, finalidades y experiencias la tendencia más avanzada de todo el proletariado europeo? ¿Por qué adoptó decididamente un modelo de sociedad autogestionaria como finalidad, mientras sus hermanos de otras naciones se debatían entre el cooperativismo, el parlamentarismo y demás reformismos? ¿Por qué en definitiva la adopción de los postulados que sostenía el sector antiautoritario de la Internacional? Fanelli llegaba a España (1868), con textos de raíz tanto marxista como bakuninista, sin que, por su desconocimiento del idioma y lo reducido de sus contactos, pudiera llevar a cabo un excesivo adoctrinamiento anarquista. Incluso se abstuvo de señalar pautas organizativas concretas, como destaca Anselmo Lorenzo (Anselmo Lorenzo, op. cit., pág. 21, vol. 1. ). Lo que ocurría es que, mucho antes de la llegada del revolucionario italiano, los trabajadores españoles habían desarrollado toda una serie de luchas más o menos generalizadas, con un buen número de experiencias aleccionadores, tanto positivas como negativas, que no nos es posible ni siquiera resumir en los estrechos límites de este trabajo. Como resultado y balance, los trabajadores más conscientes y organizados militaban de forma natural en el campo extraparlamentario y revolucionario. Suele señalarse como fecha clave Septiembre de 1868, con el levantamiento protagonizado por los elementos republicanos más radicales que arrastraron a algunos sectores obreros, para luego abandonarlos y recomendarles las vías legales y parlamentarias incumpliendo todas sus promesas. Este es el hecho que según Termes: «empujó a los obreros al odio contra el Estado, hacia el desprecio a los hombres públicos, a la desconfianza en la acción política –para que– los dirigentes bakuninistas encontraran el terreno abonado.» Pero Max Nettlau, insiste en que la clave de la adopción del socialismo antiautoritario, y no del marxismo, está, más que en la labor del estrecho núcleo de los iniciados bakuninistas, en todo el período anterior: «... sus iniciadores fueron Bakunin, Fanelli y los primeros camaradas españoles, pero tuvieron por base real al trabajador de las ciudades y los campos de España, forjado en tres generaciones de luchas y sufrimientos... Marx quería imponer, mediante Lafarge, un partido obrero a los obreros disgustados de la política, y por eso fracasó...» (M. Nettlau, op. cit., pág. l8.). Una vez más habrá que buscar las claves autogestionarias en el movimiento obrero revolucionario anónimo, y no exclusivamente, ni de modo preferente, en sus nombres más destacados que, en muchos casos no han hecho, sino ir detrás del movimiento, o incluso han tratado de frenarlo una vez en marcha (Véanse, por ejemplo, las primeras reacciones de algunas figuras destacadas del anarquismo español, declarándose en contra de las colectividades en sus inicios, como por ejemplo Federica Montseny.). Temma Kaplan ratifica esto en su obra sobre Andalucía: «Gran parte de lo que era creativo en el anarquismo andaluz ha sido subestimado porque el énfasis de los historiadores sobre los dirigentes de ámbito nacional ha dejado al margen la cuestión de la consciencia y de la acción política popular...» (T. Kaplan. op. cit., pág. 25.). Curiosamente, en el relato de la represión tras la insurrección de Loja que hace el padre Claret en sus memorias, destaca entre las ideas que él llama «socialistas», muchos de los elementos que luego serán madurados y realizados por el movimiento obrero, como el colectivismo, el comunismo agrario, el cambio libertario en las estructuras familiares, el ateísmo, etc. Y es que, como concluye Nettlau: «los obreros españoles no pertenecieron a la Internacional de 1864 a 1868, pero pensaban y obraban como la mayoría de las secciones de los demás países» (Max Nettlau. Impresiones sobre el socialismo en España, Ed. ZYX. Madrid, 1970, pág. 16. ).
Es importante precisar que el internacionalismo español huyó en todo momento de adoptar esquemas acabados y cerrados sobre la autogestión futura, ni siquiera adoptó un «modelo» único (Lo que pura Francois Chatelet es la base de perversión de todas las revoluciones, como desarrolla en la obra La revolución sin modelo.). Aparecen bien claras las finalidades autogestionarias, los medios a emplear, la estrategia aplicable en cada momento... pero se evita el montaje de utopías completas y dogmáticas que, sin excepción, devienen autoritarias. A. Junco (J. Alvarez Junco. La ideología política del anarquismo español, Siglo XXI, Madrid. 1976, pág. 314.) señala precisamente como una de las notas que diferencian a la «utopía» anarquista de las clásicas, el que en todas las utopías de la historia el papel de la autoridad suele ser de primer orden, tanto en la fundación como en la vigilancia de la sociedad nueva ideal. No puede ser de otra forma si se quiere aplicar un esquema preconcebido y cerrado a algo tan imprevisible como un cambio social revolucionario. Encontramos en el internacionalismo español sin embargo, lo que Tom Holterman (Seminario de Rotterdam, sobre Anarquismo y Derecho, octubre 1978. cuyas conclusiones se resumen en la revista Bicicleta, núm. 15.) denomina «Indicaciones estructurales de los anarquistas sobre la sociedad futura», aunque siempre de un modo muy abierto, particularmente en lo que respecta a la vertebración económica de la autogestión: «De ningún modo debe establecerse a priori un sistema completo de lo que será la organización económica de la sociedad futura» («La Solidaridad, núm. 49, 1870). Una década después, «El Productor» recalca: «Es preciso no tener dogma económico, será el futuro proletariado triunfante el que decidirá sobre la fórmula a adoptar». Y así se concluirá la polémica comunismo-colectivismo, a propósito de la distribución en la sociedad futura, a la que más adelante nos referiremos: «la distribución de la riqueza, así como la producción, el cambio y el consumo,. son cosas todas que las sociedades futuras han de establecer y discutir conforme les plazca. ¿Por qué este dualismo prematuro? ¿Por qué comunistas y colectivistas elevamos a dogma principios secundarios y medios de aplicación que sólo debe resolver la autonomía de los ciudadanos y asociados del porvenir?» (Acracia, núm. 26, 1888).
Si pueden establecerse algunas de estas «indicaciones estructurales» sobre la futura sociedad autogestionada, dos son las notas básicas que caracterizan el proyecto internacionalista: EL ANTIESTATISMO con claro sentido antiinstitucional, y el FEDERALISMO. Ambos quedan ya bien patentes y elaborados en el Primer Congreso Obrero (1870). Así se esboza la sociedad por la que se lucha, rechazando de plano la estructura estatal: «Pensar ya que el Estado político puede servir de escabel al colectivismo, es desconocer completamente el origen del poder sea cual fuere su fórmula... si después de lo dicho y siguiendo los pasos de generaciones anteriores, encargamos todavía al Estado la realización de nuestro fin, sería preciso renunciar a toda idea de emancipación y libertad.» (Dictamen sobre la Internacional y la Política. Congreso de 1870.) «Una sociedad donde no exista el Estado con sus instituciones y sus hijuelos para suplir la iniciativa individual, donde no existan fuerzas organizadas para hacer respetar por la fuerza bruta los privilegios del padre, del capitalista o del agente de la autoridad; donde no haya instituto armado para hacer respetar los principios morales, religiosos o políticos, y cárceles y verdugos para castigar a los transgresores de la ley; donde la inspiración y la dirección de las cosas no pueda venir como hoy de arriba, porque ese arribano existirá ya.» («La voz del Pueblo», núm. 32.) Fuera pues de aspavientos «milenaristas» o «misticoides» se analiza con claridad el Estado, el poder y la autoridad, con intuiciones que cien años más tarde retomará la socio-sicología antiautoritaria: el Estado y el poder en sus múltiples y complementarios frentes: cárcel, Iglesia, derecho, policía (Ideas que, en nuestros días. desarrolla magistralmente Foucault.) ... todo ello formando parte del análisis sobre la forma que debe tenerla sociedad futura, la autogestión: «Considerando que la máquina del Estado político político-jurídico y administrativo actual sirve sólo para fortalecer la injusticia y el privilegio; que por esta razón es el mayor, el más potente obstáculo para la libertad y la igualdad, el pueblo trabajador tiene el derecho in-discutible a TOMAR LA GESTIÓN DIRECTA de sus asuntos e intereses, cuando y como le convenga; por estas razones el Estado quedará abolido; desde este momento, el pueblo entra en la libre posesión de sí mismo...» (J. Alvarez Junco, op. cit.. 320 (cita)). DENTRO del antiestatismo que reseñamos, permanece clara la idea de rechazar asimismo cualquier tipo de dictadura «provisional» en el camino hacia la autogestión. Así, en el Primer Congreso Obrero (1870); queda expresado claramente: «pensar que el gobierno, sea el que quiera, ha de ceder un día gratuitamente el poder al colectivismo, es desconocer la noción de poder, conservador no más que de sí propio» . Esta idea será básica en el proletariado español, y se verá claramente en sus momentos más revolucionarios. Por ejemplo, en las colectividades (1936), llevadas a cabo sin esperar ningún decreto desde arriba, de forma muy parecida a lo que Kropotkin (que tan honda influencia tuvo desde el siglo XIX en el movimiento libertario español) expresaba: «...Un movimiento popular... deberá empezar por sí mismo el trabajo constructivo y edificador sobre principios comunistas más o menos amplios, sin esperar órdenes y disposiciones de arriba...» (La Revista Blanca, 1 octubre 1878.). Respecto a la organización general de la sociedad, hay toda una serie de constantes basadas en el federalismo, que se repiten en la prensa internacionalista, en sus Congresos, Conferencias, etc. Cuando en 1872, tras declararla fuera de la ley, Sagasta llama a la Internacional «utopía filosofal del crimen», el Consejo Federal aclara de forma sencilla en un manifiesto cuál es la auténtica finalidad autogestionaria de la Internacional: «Creemos que con la organización de la sociedad en una vasta Federación de colectividades obreras teniendo como base el trabajo, desaparecerán todos los poderes autoritarios, convirtiéndose en simples administradores de los intereses colectivos...» «...Queremos que los instrumentos de trabajo, la tierra, las minas ..., sean propiedad de la sociedad entera, debiendo ser únicamente utilizados por las colectividades obreras que las hagan directamente producir...»
PARTIENDO pues de claros presupuestos antiestatistas y federalistas, el internacionalismo español traza su camino y fija sus objetivos en la autogestión con un sentido netamente revolucionario, que excluye cualquier vía política o cualquier mistificación pequeño-burguesa. La autogestión es un proyecto total que implica para su generalización el arrumbamiento de la sociedad actual, y excluye por tanto, cualquier participación en su política, integración en sus esquemas o elaboración de soluciones de tipo radical-burgués: a) rechazo al parlamentarismo: ya desde 1870, A. Lorenzo señala que la internacional dio de lado a lo que el autor de «El Proletariado Militante» llama «vías falsas de emancipación social». Así, en la moción presentada por él mismo, Morago, Mora y Borrell, y aprobada por la mayoría del Congreso se explicita: «El Congreso recomienda a todas las secciones de la AIT, renuncien a toda acción corporativa que tenga por objeto efectuar la transformación social por medio de las reformas políticas nacionales, y les invita a emplear toda su actividad en la constitución federativa de los cuerpos de oficio, único medio para asegurar el éxito de la revolución social...» Contrariamente pues a lo que afirman Termes y otros historiadores académicos, deseosos de hacer pasar a los trabajadores por una larga etapa de peonaje en la política burguesa, hasta que son penetrados por el «socialismo científico», Lorenzo destaca el rechazo desde primera hora, por parte de los internacionalistas, hacia la política que proponían los «liberales de todos los matices», en aras de la acción directa, es decir de la autogestión en las luchas, así lo recoge el dictamen del Congreso de 1870: «...que toda participación de la clase obrera en la política gubernamental de la clase media no podría producir otros resultados que la consolidación del orden de cosas existente, lo cual necesariamente paralizaría la acción socialista... la realización directa es el único camino que conviene seguir a las secciones españolas de la Internacional...» Es importante destacar estas posiciones, netamente autogestionarias, que sitúan a los trabajadores en el campo revolucionario de la acción directa extraparlamentaria, mientras empezaban a fraguarse en Europa los movimientos socialistas parlamentarios impulsados por el sector marxista de la Internacional. Nettlau recoge la visita del mensajero de Marx, Paul Lafargue, ofreciendo al republicano-federal Pi i Margall su proyecto de partido obrero español: «Pi i Margall le demostró que los obreros españoles no querían ni su propio partido republicano-federal...» (M. Nettlau. La Internacional..., op. cit., pág. 120.). b) rechazo al reformismo reivindicativo-economicista: aparece demostrada una y otra vez la nulidad del sindicalismo puramente reivindicativo en los documentos y manifiestos internacionalistas. Se insiste en que, para que la lucha reivindicativa tenga algún interés, sus objetivos han de estar en relación con la estrategia hacia una sociedad autogestionada. Así lo constata Temma Kaplan, en su estudio citado sobre el movimiento obrero andaluz: «...La estrategia anarquista se oponía a las huelgas reformistas contra los patronos, en beneficio de huelgas generales o sociales revolucionarias contra la opresión de la burguesía y el Estado...» (p. 98). c) rechazo del «cantonalismo»: es importante reseñarlo, porque define muy bien el alcance del proyecto autogestionario de los internacionalistas españoles, que se niegan a seguir al levantamiento cantonal, en primer lugar porque se trata de un movimiento dirigido por los políticos burgueses —aunque se trate de su ala más radical—, y en segundo lugar porque el establecimiento de pequeñas unidades políticas independientes no es la sociedad a que aspira el proletariado militante. Es importante destacar el rechazo al cantonalismo y sus motivos, porque aún hoy los historiadores siguen falseando esta etapa de la historia, y haciendo aparecer a los internacionalistas como artífices y comparsas de la explosión cantonalista, y por extensión, son los «culpables» del fracaso de la I República. Por ejemplo Gómez Marín en el ensayo antes citado, sigue las huellas que dejara el propio Engels con su famoso libelo «Los bakuninistas en acción»: «...la intención de los cantonalistas parece con toda evidencia inspirada por el anarquismo internacional...» Las evidencias sobre la falsedad de estas afirmaciones, son abrumadoras, con sólo consultar la prensa obrera de la época. «La Federación», hablaba en aquellos días del cantonalismo como «obra exclusiva del republicanismo exaltado». Además de largos manifiestos desvinculándose del movimiento, los internacionalistas lo critican aceradamente: «...los gobiernos no se derrocan con otros gobiernos, sino con revolucionarios...» Y es que el proyecto autogestionario de los internacionalistas, no puede quedar reducido al cantonalismo (salvo si lo que se busca es esquematizar y caricaturizar), sino que implica un autogobierno global y generalizado: «...creemos que todo movimiento aislado, local o nacional es más bien un perjuicio que un beneficio a la causa.» («La Federación», 18 - 8 - 1878.) Sólo en Sanlúcar de Barrameda, se da un movimiento con características bien diferenciadas respecto al levantamiento cantonalista de los burgueses radicales, constituyendo en cierto modo la culminación de la primera fase del anarquismo andaluz, y tal vez el primer ensayo de efímera revolución autogestionaria del movimiento obrero, con claridad de objetivos y madurez organizativa. Así lo destaca Temma Kaplan: «... a diferencia de las revueltas cantonalistas de los burgueses federales, en que se propuso poner el control de la localidad entre las manos de los obreros y campesinos, y no desplazar la dominación de clase en manos de la burguesía agrícola a manos de la comercial. Pese a su derrota final, Sanlúcar se irguió como un faro ante los anarquistas gaditanos de manera semejante a como la Comuna de París se convirtió para todos los socialistas europeos en un símbolo de lo que podía ser una comunidad revolucionaria. La imagen de gobierno colectivo de las masas sobre sí mismas fue algo que ni siquiera la represión y el terror gubernamental pudieron borrar...» (T. Kaplan. op. cit., pág. 128.). LOS internacionalistas españoles adoptan desde un principio la «anarquía» como modelo general de la sociedad futura. Así hemos visto las conclusiones radicalmente antiestatistas del Congreso de 1870, que Farga Pellicer (Delegado de las Sociedades de Barcelona) abrió con estas palabras: «Queremos que cese el imperio del capital, del Estado y de la Iglesia, para construir sobre sus ruinas la anarquía, la libre federación de libres asociaciones obreras.» De forma coherente con tales propósitos revolucionarios, anarquía no tenía pues un sentido meramente destructivo, sino que entrañaba ideas constructivas y federalistas para una sociedad post-revolucionaria, basada ea la libertad y la «gestión directa». Por esta opción se habían pronunciado ya, antes de la fundación formal de la Internacional, los delegados catalanes al Congreso de Basilea (1869). Es fundamental hablar del proyecto político internacionalista en cuanto a la sociedad post-revolucionaria, sin duda uno de los terrenos más polémicos del socialismo revolucionario, fundamental a la hora de hablar de autogestión como realización práctica global. Y la posición de la AIT española en este punto es bien clara: autogestión desde el primer día, rechazo a toda dictadura previa, como ha quedado apuntado al hablar de ideas generales. Es un punto sobre el que corresponden a Bakunin los mejores hallazgos teóricos y hasta las más prodigiosas anticipaciones de lo que iban a ser las burocracias comunistas, y es tema sobre el cual los internacionalistas tenían bien asumidas y firmes las ideas libertarias, lo que no está de más destacar ante situaciones posteriores en que «padres» del anarquismo como Federico Urales, defienden la dictadura del proletariado (como hará más tarde García Oliver, uno de los ministros «anarquistas» durante la guerra civil), y hasta uno de los historiadores oficiales del movimiento obrero libertario, reprochaba desde la prensa confederal a Kropotkin, sus críticas sobre las formas dictatoriales que iba adoptando la revolución rusa, con una encendida defensa de ésta por las «circunstancias» de los primeros momentos de un cambio social (M. Buenacasa. Sobre la revolución rusa: refutaciones, en Solidaridad Obrera, órgano de la CNT del Norte, 27 agosto 1920.). En contraste, recojamos las palabras de Anselmo Lorenzo, que pueden resumir bien la idea internacionalista sobre el tema: «Estado obrero, ¿perdería por eso el Estado su carácter esencial? ¿Dejaría el Estado de ser una tiranía? ¿Podría esta vez la tiranía ser apta para fundar Ia libertad y resolver el problema social? No. Los obreros encumbrados dejarían de ser obreros para ser magnates, como lo estamos viendo con todos los que se encumbran. Nunca la dictadura, cualquiera que sea su objeto y sujeto, representará al pueblo, es decir, a la universalidad de los intereses regulados por la justicia. Lo natural es que la primera preocupación del «Estado Obrero» sea sostenerse ...» (Citado por J. Alvarez Junco. op. cit., pág. 322.). Contra toda dictadura del proletariado previa al comunismo, ésta es la premisa: «La libertad, la más amplia libertad», señala Mella, debe presidir el período post-revolucionario. Respecto a la proyección práctica organizativa, estos son algunos de los puntos del «Programa de Realización práctica inmediata», aprobado por las conferencias comarcales de la AIT (Aprobado por las Conferencias Comarcales de la AIT. Clara E. Lida lo sitúa, en su volumen de documentos. en el periodo /875.1880. Ed. Siglo XXI. ): En la «parte negativa»: ^ Ruptura del lazo nacional, provincial y de partido judicial. ^ Quema de los registros de propiedad, eclesiástico, civil, de notarías y escribanías, de títulos de pertenencia de todo género. ^ Abolición de las ordenanzas municipales, instrucciones, bandos y toda la legislación en uso. En la «parte positiva»: ^ Proclamación del Municipio libre, junta revolucionaria que empezará a funcionar cuando la Federación local lo determine, la cual asumirá todas las atribuciones y toda la responsabilidad, represente la localidad, realice con la mayor rapidez toda la parte negativa del programa que el pueblo haya dejado de llevar a cabo y trabaje constantemente en la organización de los servicios e instituciones de la parte positiva. ^ Congreso local bajo la base de elección popular compuesta de un individuo por cada 100 o 1000 individuos, mayores de 18 años, según la importancia de la población, que discutirá y aprobará la ley municipal que será promulgada en seguida de ser sancionada por el voto afirmativo popular. ^ Los servicios de higiene pública, instrucción, correspondencia, caminos vecinales, relaciones exteriores, socorros, cementerios y estadística estarán a cargo de la junta municipal, con arreglo a lo que preceptúe la ley. ^ Establecimiento de la instrucción integral (...). Este servicio es comunal y la enseñanza es obligatoria para los menores de 18 años y mayores de 7. La asistencia de los educandos que lo soliciten es por cuenta del municipio. ^ Los individuos inútiles para el trabajo, de cualquier,. edad y sexo, tienen derecho a la satisfacción de sus necesidades, y esta asistencia corre a cargo del Municipio. La base de organización política general, rechazando el aislamiento de tipo cantonal (que la historiografía burguesa asocia mecánicamente a «anarquía»), es la colectivización y la democracia directa, sobre las que se edifica el Federalismo como elemento relacionador de los municipios autónomos o comunas. Difiere pues básicamente el federalismo internacionalista, del burgués y liberal, que conoció también por las últimas décadas del XIX cierto apogeo. Como aspectos fundamentales de estas diferencias, señala Alvarez Junco (J. Alvarez Junco. op. cit.. pág. 328. ): ^ Pacto Federal basado en la previa colectivización de los bienes de producción y la igualdad económica. ^ Unidades que los teóricos ácratas llaman «naturales», no por ningún tipo de organicismo, sino para des-tacar que se trata de entidades en las que la unión entre los individuos tiene una razón de ser, una base «real» y no se trata por tanto de unidades ficticias creadas por el privilegio y conservadas por la tradición, como las circunscripciones legales o administrativas, cuya última razón de ser es la coacción o la autoridad (Manifiesto de 1886). ^ No Delegación. Democracia Directa. Revocabilidad. Todo lo que la colectividad pueda hacer por sí misma lo hará; y para lo que sea objeto de acumulación de datos y estudios, tendrá varias comisiones especiales, una para cada objeto, distintas y separadas, revocables a toda hora y que no tendrán jamás misión gubernativa alguna y sólo sí administrativa: serán compañeros encargados de tal o cual tarea determinada, guardándose la colectividad el derecho de iniciativa y el de resolución sobre todos los asuntos (La Bandera Social, núm. 84). Con estas notas, extraídas de la prensa y la propaganda internacionalistas, y cuyas ideas se repiten de forma más o menos elaborada en todo el periodo, pensamos que queda perfectamente esbozada la idea internacionalista de organización política, previsora contra futuras burocracias y anticipadoras de las modernas teorías sobre democracia directa y autogestión. Por otra parte, queda bien clara la distancia entre el proyecto revolucionario globa ly socialista de los internacionalistas y el federalismo interclasista y político, cuyo representante más destacado fue Pi y Margall. A éste lo situaba así Lorenzo en «EI Proletariado Militante»: «quiere fraccionar el Estado, creyendo que menguará la fuerza del poder político, más nosotros opinamos, por el contrario, que servirá sólo (el federalismo burgués) para apretar los tornillos de esa máquina gubernamental.» EL diseño del funcionamiento económico de la sociedad futura, se basa para los internacionalistas en las unidades autónomas de los trabajadores, que autogestionan los centros de producción, con arreglo a una cierta planificación basada en las estadísticas de producción y consumo y en conseguir un mínimo esfuerzo con el máximo de industrialización y racionalización posibles. La base de todo el esquema productivo la constituirían inicialmente los organismos sindicales del período anterior mediante: «la transformación de las sociedades de resistencia en talleres cooperativos» y asumiendo las sociedades cooperativas de consumo el papel reemplazador del aparato especulativo del mercado. El dictamen del Congreso de Zaragoza, establecía esta idea general: «Todos los grandes instrumentos de trabajo reunidos hoy en unas cuantas manos ociosas, podrían ser de la noche a la mañana transformados por una fuerza revolucionaria y puestos en usufructo a disposición de los trabajadores. «Nuestros Consejos locales, que serán ya la legítima representación de todos los productores transformados en consejo de administración, serían responsables ante los consejos comarcales de todo lo que pertenece a la colectividad; éstos ante los regionales, y éstos ante el internacional, constituyendo la verdadera federación económica, donde el individuo tendría la vida y el desenvolvimiento que debe tener, y la sociedad obedecería exactamente al principio a que debe su existencia, ésto es, a la garantía de los derechos de todos los individuos.» En el antes citado «Programa de realización práctica inmediata» se concretan algunos pasos inmediatos en el terreno de la producción: «Parte negativa»: ^ Toma de posesión de toda la riqueza acumulada, fruto de la explotación y el privilegio. ^ Anulación de deudas, inquilinatos, rentas y todo interés de capital. «Parte positiva»: ^ Los frutos, semovientes, muebles de lujo, numerario y alhajas de que se haya tomado posesión constituirán el fondo de un Banco local que administrará con arreglo a reglamento una junta compuesta de un representante elegido por cada oficio. ^ Creación de tantas sociedades cuantos sean los elementos productores de la localidad, y otra de oficios varios en la que se reunirán todos los que por ser reducido el número dentro del oficio no puedan formar sociedad por sí. ^ Entrega a la representación de las sociedades (...) de todos los instrumentos de trabajo confiscados, así como de todas las primeras materias, bajo inventario, tierras, talleres, minas, barcos, ferrocarriles, etc. Los pequeños propietarios y productores que no dediquen asalariados en sus talleres o campos, pueden si gustan, continuar produciendo aisladamente. ^ Cada sociedad publicará periódicamente nota exacta del trabajo desarrollado en su oficio, producto elaborado y cuantos datos sirvan para enriquecer las oficinas de estadística (...). El consumo LA base de la autogestión tiene pues para los internacionalistas un carácter netamente revolucionario: «La expropiación de los recursos naturales, medios de producción y patrimonio científico e intelectual heredado». La polémica se estableció a la hora de establecer la distribución y el consumo, si este debía ser «común» e igualitario, o repartido según la participación decada cual en el proceso productivo, tema que opuso respectivamente a «comunistas» y «colectivistas» con tintes, en ocasiones, de enfrentamiento virulento. El colectivismo, introducido por Guillaume, tuvo una cierta influencia durante el período 1874-81. Pero los comunistas reprochaban a los colectivistas, que su idea de reparto era potencial fuente de nuevas desigualdades, considerando más correcto que cada cual aportara «según su capacidad» y recibiera «según sus necesidades». Hay que puntualizar que ambas tendencias se movían dentro del terreno libertario y estaban perfectamente de acuerdo en las líneas de organización política que han quedado ya esbozadas. Hasta final de siglo, se trató de hallar una síntesis entre ambos principios de distribución económica, si bien tuvieron un cierto predominio final en el terreno de la propaganda los comunistas libertarios que aducían, ante la creciente complejidad de los procesos productivos, la imposibilidad de evaluar lo que cada cual había aportado con su trabajo, para reintegrarle el «producto íntegro» como postulaban los colectivistas. El trabajo EN todas las formulaciones internacionalistas sobre este tema, se aboga por una nueva concepción del trabajo, despojándolo de todos los elementos alienantes que protagonizan la actividad laboral en el sistema burgués. Como en otras ideas sobre la sociedad futura, la concepción del trabajo y su función tienen su base en la idea de «solidaridad» y «racionalidad», impulsos que no pueden desarrollarse hoy y que deben presidir las relaciones sociales del futuro. Para Alvarez Junco (J. Alvarez Junco, op. cit., pág. 344.) es precisamente la idea sobre el trabajo en la sociedad futura (que enlaza con la tradición fourierista del «trabajo atractivo»), lo que reconcilia la corriente hedonista-individualista y la puritano-productivista dentro del anarquismo, llegando a concepciones próximas a la idea marcusiana del «trabajo como juego». La idea del trabajo de los internacionalistas, queda así alejada netamente del productivismo a ultranza del socialismo autoritario, sin renunciar por ello a todos los aportes de la técnica moderna en aras de una icaria trasnochada, con la que abusivamente se ha asociado al movimiento ácrata del siglo XIX. En el núm. 1 de «Los desheredados» se habla así del «deber del trabajo»: «Ocupar una mínima parte del día en fabricar, estudiar, inventar, componer, etc. algo útil a las necesidades humanas, sean de la naturaleza que quieran.» Respecto al trabajo molesto u oneroso, las conclusiones son muy parecidas a las ideas que hoy expone Noam Chomsky (Bicicleta, entrevista núm. 11, Extra Anarquismo.) al hablar de la sociedad libertaria del futuro. Así esboza Mella el tema: «La diferente naturaleza de los trabajos, obligará en unos casos a turnarse en la ejecución de ciertas tareas; obligaría en otras al voluntariado. Ya será necesario que un grupo se ocupe permanentemente en tales labores; ya que tales otras sean ejecutadas alternando en varias agrupaciones. Aquí la distribución podría seguir el procedimiento comunista..., allí será preciso reducirse voluntariamente a una regla cualquiera, como el razonamiento u otra semejante ...» (Ricardo Mella, Ideario, Ed. CNT. Toulouse 1975, pág. 33.). La planificación DE forma más o menos elaborada está implícita en el proyecto autogestionario de los internacionalistas una idea de planificación de la producción que implique racionalidad y evitación de esfuerzos superfluos. La finalidad de la Federación de Oficios según la Revista Social (de Agosto 1873) es: «estudiar constantemente por medio de las estadísticas, los medios para progresar más; produciendo mucho con los menores esfuerzos posibles...» Así lo razonaba Cornelissen, el economista holandés que tanta influencia tuvo en el movimiento libertario español, hasta inspirar algunos aspectos de las colectividades de este siglo: «Naturalmente en la producción, como en la distribución de los bienes, existirá una diferencia fundamental entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista libertaria, en el hecho de que aquellas serán dirigidas por los productores organizados, que deberán entenderse con los consumidores y averiguar lo más exactamente posible las necesidades del consumo social ...» J. Llunas en el trabajo «Organización y aspiraciones» (J. Llunas, Organización y aspiraciones de la FIRE, Barcelona, 1883.) detalla: «Las federaciones de oficio, por universales estudios científicos y por congresos especiales, y teniendo esencialmente en cuenta los datos que arroje una general y exactísima estadística, determinarán, con la aprobación de las colectividades, el justo valor que tendrán los artefactos, horas de trabajo, calidad y especialidad del mismo, etc.» Es pues la planificación abierta y descentralizada una constante en los esquemas internacionalistas de auto-gestión, cuya madurez y coherencia contrasta con los clichés caóticos que ha dibujado la historiografía tradicional. Así explicaba Ricardo Mella su concepción del colectivismo: «Organizar mediante pactos libres grandes federaciones de producción, de tal modo que ni ésta, ni la distribución marchen o se libren al azar, sino que sean el resultado de la combinación de las fuerzas y de las indicaciones de la estadística» (R. Mella. op. cit., pág. 28.). La propiedad TAMBIÉN en la concepción de la propiedad en la futura sociedad autogestionada quedan arrumbados todos los mitos y tópicos sobre las tendencias pequeño burguesa del anarquismo, o, en el caso que nos ocupa del internacionalismo libertario. Ningún dictamen de Congreso, ningún acuerdo general, ningún trabajo teórico serio, admitió el «reparto» o la tendencia a establecer pequeñas unidades de propietarios autosuficientes. Hasta en el terreno agrícola, se va mucho más allá del clásico slogan «la tierra para el que la trabaja», para propugnar la propiedad colectiva de ésta y de todos los medios de producción. Así se había pronunciado ya la delegación española en el Congreso de la Internacional de 1869 (Basilea), contra el sector marxista y reformista que abogaba por la propiedad individual o de pequeñas sociedades que pagasen determinadas rentas, colaborando decisivamente en el acuerdo final: «el suelo debe ser cultivado y explotado por las comunas solidarizadas». Ya en 1870 «La solidaridad» se manifiesta radicalmente contraria a toda idea de «reparto»: «Es preciso destruir la leyenda que hay formada de que la revolución social significa el reparto de bienes y riquezas existentes en favor de los pobres. Ha de propagarse la idea de que no se repartirá nada; al contrario, todo ha de quedar unido para que sea de todos» (núm. 43). De esta forma, en el II Congreso de Trabajadores del Campo (1873), se condena cualquier nuevo intento desamortizador, «que siempre se ha realizado en beneficio de una clase determinada», proclamando que «el único principio verdaderamente justo y por tanto revolucionario es el de la propiedad colectiva de la tierra.» Como ha quedado dicho al hablar de los principios generales de la idea autogestora internacionalista, es constante inequívoca en todas las formulaciones sobre la sociedad futura, la propiedad colectiva de los medios de producción «propiedad de la sociedad entera» y su usufructo y autogestión por «las colectividades obreras que las hagan directamente producir». ES uno de los aspectos donde destaca con más fuerza la aportación internacionalista española. Las formas organizativas de lucha, sus finalidades y estrategia consecuente, su función prefiguradora de la futura sociedad autogestionada, sitúan al movimiento libertario ibérico de fines del siglo XIX en la vanguardia de todo el movimiento obrero europeo, y constituyen claro precedente de los movimientos sindica-listas revolucionarios más modernos. En el folleto «Organización Social» citado por Lorenzo (Anselmo Lorenzo. op. cit.. vol. 11, pág. 76.) se establece claramente la finalidad del internacionalismo, que escapa, tanto al reformismo político o sindical, como al papel de infantería revolucionaria al servicio de las respectivas vanguardias, que tuvo el movimiento sindical históricamente: «La Federación de Oficio y la Unión de Oficios, tenían como objeto principal la mejora de posición en la sociedad actual y el estudio de las condiciones en que ha de verificarse la producción en la sociedad futura. El objeto de la Federación local y de la Federación regional, es acelerar la revolución social para alcanzar la emancipación económico-social de los trabajadores.» Desde un principio queda definida la triple misión de un sindicalismo de clara vocación autogestionaria: 1. Autoorganización de los trabajadores y autogestión de sus luchas. 2. Elaboración autónoma de una estrategia revolucionaria y autoformación de los trabajadores, única forma de revolucionar la sociedad prescindiendo de las «vanguardias» dirigentes burocratizadoras. 3. Finalidad básica revolucionaria, hacia una autogestión basada en sus aspectos productivos en las organizaciones de los trabajadores. Reivindicación - Revolución LA lucha reivindicativa sólo tiene sentido para los internacionalistas, en la medida en que sirva para avanzar en el cambio revolucionario, madurando las formas de organización, y afirmando la autoconfianza y la implantación de los trabajadores. En segundo plano, aunque asimismo fundamental, para mejorar las condiciones de vida y trabajo en la sociedad capitalista. En un importante mitin celebrado en Alcoy en1873 ante más de 10.000 personas se expone con claridad: «Rebaja de las horas de trabajo y aumento del salario, como primer paso en la lucha contra la injusticia, pero para que cese la infame explotación del hombre por el hombre es necesario que hagamos la liquidación social para que todos trabajen y cada uno pueda recibir el producto íntegro de su trabajo» (Clara E. Lida, op. cit., pág. 209.). La dimensión autogestionaria de las formas organizativas internacionalistas son bien destacadas por Temma Kaplan, a partir del estudio de la prensa obrera andaluza: «Las Uniones de Productores formaron las estructuras fundamenta-les del anarquismo español. Estas asociaciones se parecían poco a los sindicatos de oficio ingleses o americanos porque eran uniones industriales de ámbito general que organizaban a todos los trabajadores de un ramo determinado sin considerar la cualificación. Lo más importante es que las uniones españolas parecen haber sido células políticas destinadas a destruir el capitalismo y la burguesía, más que a lograr reformas dentro del sistema económico capitalista» (T. Kaplan, op. cit., pág. 97.). Misión pedagógica MERECE capítulo aparte el interés de los internacionalistas en que su organización lo sea de trabajadores formados capaces de autogestionar sus luchas para poder autogestionar un día todas las relaciones sociales y económicas. Clara E. Lida, que ha dedicado un interesante estudio al tema, destaca que, treinta años antes de la Escuela Moderna de Ferrer Guardia, el Congreso de Zaragoza (1872) aprueba un «plan de enseñanza integral», anterior y mucho más radical a la tan difundida «Institución Libre de Enseñanza» que, si bien era anticlerical, era conciliadora frente al Estado, mientras el proyecto internacionalista, propugnaba ante todo destruir la sociedad establecida y reconstruirla según los principios científicos y sociales impartidos a través de la enseñanza integral» (Clara E. Lida, op. cit., pág. 152. ). Anselmo Lorenzo se refiere asimismo a los «mitines de controversia», en los que los internacionalistas, al final de un Congreso o Conferencia, solían emplazar en debate abierto a las figuras más destacadas del saber burgués de la localidad donde hubiera tenido lugar el comicio obrero. Y siempre solían imponerse los trabajadores en materias como la economía, la sociología, etc. (por ejemplo, en Valencia frente al propio rector de la Universidad) (Anselmo Lorenzo, op. cit.. vol. 1, pág. 181.). Esta es pues una de las preocupaciones básicas del internacionalismo español, sin cuyo desarrollo por medio de la autoconciencia, el debate, la formación integral, la reflexión sobre la sociedad, el análisis sobre las más variadas materias ... se consideraba inviable el logro de la autogestión revolucionaria, y hasta la propia supervivencia como movimiento por encima de siglas que la represión hacía desaparecer una y otra vez. Esta es una de las vertientes del anarquismo andaluz que destaca certeramente T. Kaplan, llegando a la conclusión de que lo que lo mantuvo vivo tras tantas eliminaciones sucesivas y «ejecuciones de cabecillas» fue precisamente su arraigo en un contexto amplio de cultura popular, de ateneos, bibliotecas, escuelas laicas, acción entre las mujeres trabajadoras, etc. (T. Kaplan, op. cit., pág. 102.), el movimiento internacionalista era pues algo con una dimensión «global» que incidía en múltiples aspectos más allá de la pura reivindicación economicista. Papel revolucionario JUNTO a los aspectos reivindicativo y pedagógico, era la misión básica de la organización internacionalista, desde que en 1870 queda estructurada en sus Federaciones y Secciones. Con rotunda sencillez describe A. Lorenzo la organización internacionalista y su finalidad: «Aquel hermoso engranaje de Secciones y Federaciones en que los trabajadores, después de luchar por su emancipación y obtener completo triunfo, habían de fundar la sociedad futura, arma de guerra y organización de paz, todo en una misma pieza (...). Toda aquella vida intelectual y de acción capaz, de ser bien practicada, de efectuar no sólo la revolución social en breve plazo, sino de organizar por su propio funcionamiento, la sociedad del futuro» (Anselmo Lorenzo, op. cit., vol. I. pág. 190.). Juan Gómez, cuya obra histórica emergió durante muchos años entre el piélago de la historiografía burguesa y las deformaciones de los autoritarios, destaca así la ponencia de organización aprobada en el Congreso de 1870 y su vertiente autogestora: «Un asombroso trabajo de arquitectura social, que sería clásico en todos los esquemas posteriores del anarcosindicalismo. (...) En el esquema se resumía ya la pretensión del anarcosindicalismo y sindicalismo revolucionario de todas las épocas de «prefigurar la sociedad del porvenir» (Juan Gómez Casas, La Primera Internacional en España, Ed. ZYX, Madrid, 1974, pág. 18.). Repasando los textos de la época aparece claro que en las formulaciones organizativas de los internacionalistas, y sobre todo en la misión autogestora y revolucionaria que le asignan, están contenidas, junto a unas formas de lucha avanzadas y globalizadoras muy difíciles de integrar en el sistema (como ha sucedido con los demás sindicalismos), el esbozo de una organizaciónfutura, planificada en base a las organizaciones de trabajo y de consumo en sus aspectos económicos, que arrumba con todos los tópicos que han hecho aparecer a los internacionalistas como destructores e incendiarios (historia burguesa), o como seguidores inconscientes y pre-científicos de los aparatos políticos de la burguesía avanzada e industrializadora (historia marxista). En «La Revista Social» (1 - Agosto - 1873), se definía así la misión revolucionaria de la organización internacionalista con vistas a la futura autogestión: «En la sociedad del porvenir, una vez destruidos la explotación, los privilegios y los monopolios, tendrán las Federaciones de Oficio probablemente por objeto: ^ Garantizar el derecho al trabajo y al goce equitativo de sus frutos a todos los ciudadanos. ^ Establecer de común acuerdo con las demás colectividades obreras el valor del trabajo. ^ Cambiar productos con productos. ^ Estudiar constantemente por medio de la estadística los medios para progresar más, produciendo con los menores esfuerzos posibles, perfeccionando los productos, extendiendo la aplicación de la maquinaria, etc.»
INFLUENCIA DEL INTERNACIONALISMO IBÉRICO CON los esquemas esbozados de organización y revolución, debatidos y puestos en práctica ya en la península, acude Anselmo Lorenzo a la Conferencia Internacional de Londres (1871), sin que allí se tengan demasiado en cuenta sus aspiraciones, que sólo logran una especie de «mención honorífica» en medio de la pugna de Marx y sus seguidores por aplastar a Bakunin y al sector libertario de la Internacional. Así relata el propio Lorenzo su impresión, a su regreso, un tanto desmoralizado y convencido de que lo único «verdaderamente internacionalista y emancipador» que allí se había formulado eran las propuestas de la región española: «Ante los delegados de naciones tan industriales como Inglaterra, Alemania y Bélgica, avezadas en las luchas económicas, causó gran efecto aquel engranaje de sociedades y federaciones de todos los oficios, de oficios similares y de oficio único, con sus comisiones de propaganda y correspondencia, sus estadísticas, sus congresos, sus cajas de resistencia y toda aquella vida intelectual y de acción(...) trabajo perdido: el Consejo General y la mayoría de los delegados no estaban para eso, lo que les preocupaba sobre todo era la jefatura ...» (Anselmo Lorenzo. op. cit., vol. I. pág. 190.). Así pues, si un antecedente de la autogestión ha de buscarse en el Movimiento Obrero del siglo XIX se ha de pasar forzosamente por el internacionalismo ibérico. Más adelante, consumada la escisión en el movimiento internacional, en la Conferencia de Ginebra de 1873, se recomiendan explícitamente en el apartado «organización del trabajo» las formas de acción y organización que han adoptado en la península ibérica desde el Congreso de Barcelona. Pero ya varias décadas después, cuando se estudia el inicio del sindicalismo moderno, alguna de cuyas ve-tientes más libertarias, y en particular la primera CGT francesa, suele citarse también como antecedente de las organizaciones hacia la autogestión, con la famosa Carta de Amiens, no suele mencionarse la relación evidente de sus postulados más autogestores, con las formulaciones que habían construido y llevado ala práctica los internacionalistas españoles más de treinta años antes. Invitamos a los interesados en el tema a comparar la famosa «Carta» con las ponencias sobre organización desde el Congreso de 1870, de Barcelona. Y no es nada casual (aunque tampoco debe serlo la unanimidad por no tocar el tema). En 1907, en un artículo de fondo en «Tierra y Libertad» (núm. 33) detalla Lorenzo la influencia española en la constitución de la CGT francesa, y más concretamente de militantes catalanes, por ejemplo a través de la correspondencia mantenida entre «El Productor» y «Acracia» con «Le Revolté» y «Les Temps Nouveaux». En 1908 en otros artículos, así como en el prólogo a la obra de Prat «La burguesía y el proletariado» (1910) vuelve a referirse Lorenzo a la influencia concreta en el desarrollo del sindicalismo autogestionario francés de los viejos internacionalistas españoles. Así, cuando a partir de la primera década de este siglo, los trabajadores españoles empiezan a poner las bases de la etapa más importante del movimiento obrero revolucionario peninsular con «Solidaridad Obrera» primero y CNT después, no importan sus bases organizativas en «barriles de cerveza» (como denuncia algún «puro» mal informado), ni copian las formas de organizarse de sus hermanos franceses. Recogen simplemente los elementos más vigorosos y válidos de su propio patrimonio histórico, que una y otra vez se intenta secuestrar. No es casualidad pues que durante las colectividades industriales agrícolas de 1936 (una de las experiencias más importantes de práctica autogestora como es universalmente reconocido), los trabajadores retomen los temas básicos de la autogestión (organización, propiedad, formas de relación personal, distribución, pedagogía...) en el lugar donde los habían dejado los viejos internacionalistas, y hasta que, en algún caso, caigan en los mismos errores que aquellos anunciaran. R. F. |