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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Núm. 16

Ágora: abolir el trabajo

«Hace doscientos años eran necesarios los proletarios porque había trabajo; hoy es necesario el trabajo porque hay proletarios.»

Qué significa abolir el capitalismo, sino la abolición de una determinada actividad?, y, ¿cuál es la actividad del capitalismo sino la de generar trabajo? ( Podemos dejar al cuidado de los estalinistas de turno, la distinción formal entre trabajo y trabajo asalariado, como lo hace un engañoso ideólogo del PCF en una introducción a la Ideología Alemana, al aseverar que, cuando Marx escribe «abolición del trabajo, quiere decir abolición del trabajo asalariado) La tentativa de crítica que desde hace algunos años se ha observado a partir de la contestación del trabajo -especialmente en Estados Unidos, Italia y Francia-, no tendrá quizá nada de «nuevo», pero no por eso deja de representar un «corte» -o tal vez mejor, la clarificación de un proceso abierto de ruptura- en la perspectiva de la revolución social de nuestro tiempo. Esta crítica crece entre los sectores que hacen suya la critica de la política de la política en la práctica de la lucha de clases.

Las huelgas salvajes, inicio de una ruptura Las llamadas «huelgas salvajes», parecen ser el origen visible de esta reflexión y de la crítica teórica que la acompaña; así, el origen de lo que algunos compañeros llaman «el nuevo movimiento» (Henry Simon,, O Novo Movimento. Editado por Contra a Corrente, Lisboa, 1976.), es incluso históricamente posible seguirlo desde su inicio, situado a partir de los años 60 y que desde entonces para acá no intenta sino volverse comprensible.

Las «huelgas salvajes» abrieron, en la práctica, por su propia dinámica, un espacio nuevo de subjetividad revolucionaria. Dicho esquemáticamente, al poner en cuestión equilibrios institucionales adquiridos, provenientes de lo que podríamos llamar «el viejo movimiento obrero» -los representados por las instancias sindicales, correas de transmisión del poder politico de oposición (o del mismo aparato de Estado)-, las «huelgas salvajes» permitieron, simplemente por su existencia, un nuevo y mecanismos institucionales de la evolución capitalista.

Quedó así pues claro que las tradicionales instituciones vio así, con frecuencia, claro que las tradicionales instituciones permanentes del movimiento obrero, y muy en particular las instancias de lucha, las centrales sindicales, no tienen como función atacar el modo de producción del capitalismo, sino preservarlo de eventuales ataques de los individuos proletarizados. Esto, aparentemente banal o sin mayor importancia (la crítica del sindicalismo viene de antiguo), se revela de un gran alcance práctico, porque, precisamente la institución sindicato corresponde a un conservadurismo «estructural» del proletariado en tanto que mano de obra, en tanto capital variable y en tanto elemento vivo del capital total.

Los sindicatos como defensores del capital

La actividad sindical, y especialmente en su dinámica, se presenta como una actividad defensiva: la de la defensa del salario real, que tiende normalmente a bajar. La defensa del salario (nos referimos, naturalmente, a la defensa necesaria, impuesta por una relación de fuerzas determinada en una coyuntura concreta), significa la defensa -aunque no representada como tal- de la actividad capitalista (asalariada), o lo que es lo mismo: del trabajo. No es ésto una denuncia indignada, es simplemente una constatación.

Por su origen y evolución, y por el hecho de constituir potencias integradoras en la dinámica progresiva del capital, las centrales sindicales no pueden ser la crítica real del capitalismo en cuanto actividad, sino tan sólo la del capitalismo en cuanto injusticia. Si lo combaten -y sin duda que aparentemente lo combaten- es para mejor aplicarlo y no para abolirlo.

Los nuevos comportamientos de ciertas fracciones de la población asalariada, y muy en particular del proletariado -comportamientos que han conducido a la realización de «huelgas salvajes»-, no revelan apenas una ausencia formal de encuadramiento político-sindical. Más que eso, revelan nuevas exigencias cualitativas, incluso cuando su resultado, necesariamente contradictorio, acaba por mostrarse cuantitativo, por ejemplo en aumentos salariales (lo que es inevitable, pues sólo la revolución del modelo de producción, que es un proceso, posibilitaría un cambio cualitativo).

Son estas nuevas exigencias, expresadas ya en el terreno de la realidad social (y por eso casi nunca con la limpieza con la que se formulan teóricamente), las que nos llevan a la problemática que nos interesa seguir: la «contestación del trabajo».

La presión de la normalidad (que es una presión en el sentido de la normalización de los individuos) -de una normalidad que se ha incrustado demasiado profundamente en nuestras mentalidades, y que normalmente nos conduce a obedecer la alienación, mucho más que a comprenderla y criticarla en nuestros actos-, representa el conjunto de fuerzas que nos atan en prácticamente todas las situaciones de nuestra vida. Es, sin duda, la miseria que nos ata, pero no esa miseria que visiblemente nos envuelve, «exterior», identificable en las potencias exteriores a nosotros y a las cuales debemos obedecer para sobrevivir. Nuestra miseria es también la que transportamos en nuestras mentes, que está dentro de nuestra incapacidad para comprender que estamos siendo inexorablemente obligados a no ser sino objetos manipulables, los semirobots que la utopía capitalista prevé para el futuro de nuestro presente, es decir, somos la mano de obra de nuestra propia destrucción.

Por eso, porque esa presión es tenaz y permanente y nos moldea a lo largo de nuestra vida, no es fácil encarar la vida sin el capital, es decir, sin la actividad productiva que le es propia, la actividad asalariada, el trabajo. Sólo que el hecho de ser difícil, por la normalización que sufrimos, encarar otra cosa que no sea la salarización mejorada, no significa que sea imposible liberarnos de la estructuración mental con la que somos conducidos a la práctica de la alienación y a su aceptación como derrota. No lo decimos como la expresión de un artículo de fe, de una creencia milenarista, sino con la fuerza de la experiencia práctica y del conocimiento teórico que dicha práctica faculta (Este punto en particular, merecerla una extensión documental que no es posible en un articulo de este tipo).

Los nuevos esclavos

Sin duda, no es interesante, basarnos en concepciones de la inevitabilidad histórica, tales como, según está consagrado en las biblias obreristas, «la victoria del proletariado es cierta». Nuestra única «ciencia» es la historia -la experiencia práctica-, y ella es la que nos provee el terreno material con base en el cual se presenta posible superar aquello que nos obligan a ser.

Lo que tenemos que ser para existir, aparece claro: somos esclavos. El que utilice su incredulidad para espantar una grosería como ésta, tal vez hiciese bien en seguir la acallada pro-puesta de un viejo: «Conócete a ti mismo». La realidad a que nos lleva aquella afirmación -«somos esclavos»- se encuentra explícita, sin más, en nuestra miseria inmediata, en el hecho, que de tan banalizado llega a confundirnos, y es que al final de vendernos cotidianamente para sobrevivir. ¿Qué vendemos? Apenas esto: el trabajo, nuestro trabajo individual.

Esta actividad que estamos forzados a realizar, y que llamamos trabajo, se ha sacralizado. Al sacralizarse, se ha autonomizado en relación a lo que comúnmente se designa por «capitalismo». El efecto de esto es que aun cuando la mayoría de los proletarios tienen hoy una imagen negativa del capitalismo: no sólo casi nunca lo elogiarán, sino incluso, y por ello mismo, cualquier nuevo gobierno o régimen no puede presentarse como declaradamente capitalista (de ahí el éxito, aunque precario de los gobiernos o regímenes «socialistas»); con el término «capitalismo» no designan, o raramente designan, el capitalismo en cuanto actividad, en cuanto su propia actividad personal. La realidad, sin embargo, se presenta como una realidad exterior a la del capitalista propiamente dicho y a la de ciertas instituciones del capitalismo (la administración de una empresa engloba además de quien la administra, a los objetos de esa administración, el conjunto de los asalariados).

Esta ambigüedad -si así se la quiere llamar- supone por tanto una debilidad: juzgar que el capitalismo no reside también en una dinámica interiorizada por aquellos que sólo sufren las consecuencias. Así, un proletario que produzca una determinada mercancía, o que la haga circular, normalmente no ve la acción y la dinámica capitalista en la producción o en la distribución de esa mercancía concreta que depende de él, pero sí la ve en el hecho de que para producir o hacer circular esa mercancía, no sea pagado «justa» o «suficientemente», o no alcance por virtud de tal actividad, mayores derechos de los que le están asignados.

La razón de tal proceso mental reside -creemos que reside- en un hecho aparentemente simple: el de considerar el trabajo, en sí mismo (pero, ¿qué es el trabajo en sí mismo?), no sólo como aceptable sino incluso como legítimo, lógico o natural. En estos términos, lo que está en cuestión no es propiamente la legalidad -la relación de fuerzas impuesta por la existencia del Estado-, que impone al proletario la ejecución de un trabajo (de cualquier trabajo); lo que se cuestiona es la suma mayor o menor de mercancías -del resultado, por tanto, de la producción capitalista- a la que tiene o no derecho.

Creemos que sólo cuando se trasciende la aceptación de esta legalidad productiva general, es cuando se empiezan a poner en cuestión los status sociales resultantes de la división social del trabajo o dicho de otro modo, sólo cuando se comienza a cuestionar la división social del trabajo, los status sociales resultan-tes aparecen no como naturales o legítimos sino como impuestos (impuestos por una relación de fuerzas de policía y por un consenso social). Es según creemos, a partir de aquí donde la noción de trabajo se modifica, pasando a surgir, para el individuo proletarizado, no como una actividad aceptable, legítima, lógica o natural, sino por el contrario como un sinónimo de esclavitud.

Abolir el capitalismo sin abolir el trabajo, ha sido y continuará siendo el proyecto (y la práctica) del movimiento obrero como movimiento de la fuerza de trabajo por su valorización. Ideológicamente, el capitalismo fue abolido en Rusia, en China, en Cuba o en Albania. Pero, esta afirmación legal no indica ninguna realidad práctica: en la URSS, en la China Popular, en la Cuba «socialista» o en la Albania «revolucionaria», el capitalismo no fue abolido por la simple razón de que no lo fue el proletariado, ni aquello que necesariamente supone la existencia del proletariado: el trabajo, la actividad asalariada.

Teóricamente, nada de ésto es nuevo: «Dejar subsistir el trabajo asalariado y al mismo tiempo suprimir el capital es. .. una reivindicación que se contradice a sí misma y que se autodestruye», decía Marx en 1851.

El trabajo, sacralizado

¿ Una querella terminológica, la problemática de la «contestación del trabajo»? Ella es la que nos desvela la realidad del capitalismo que finge no serlo ... Sin perder de vista la capacidad mistificadora de la ideología capitalista, especialmente cuando los medios de que se dota se refuerzan, a través de los instrumentos de persuasión de la tecnología masificadora moderna, cuya capacidad de control es sin ninguna duda considerable.

Abolir el capitalismo sin abolir lo que hace el capitalismo -el trabajo, la actividad asalariada, y su objeto el proletariado- puede ser una utopía, pero es sobre todo, en la realidad, una práctica política y social. De ahí que el trabajo constituya una religión que a cualquier precio. es preciso preservar. modernizándola conforme a las necesidades y a las modas. Actividad sacra, el trabajo se presenta simultáneamente como el ultimo dios y la última religión a defender de la corrupción y el evilecimiento, y ésto por todos los sacerdotes, ya sean antiguos o modernos, nuevos o viejos, de derecha o de izquierda, autoritarios o liberales, cuya función fundamental reside en la reconstrucción permanente de la única iglesia importante en la realidad: la de la alienación del individuo y su autodestrucción.

Si DESTRUIR EL CAPITAL PARA NO SER DESTRUIDOS POR EL, es la «consigna» de nuestra época, no dudemos para desvelar su razón de ser y la nuestra, en pisar el terreno movedizo de nuestras propias ilusiones humanas, y la primera es sin duda la de nuestra utilidad como objetos de trabajo.

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