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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 16 |
Fernando Sánchez Dragó: habla el autor de la historia mágica de España |
| Con Fernando Sánchez Dragó hacía tiempo que queríamos hablar (antes de gastarnos los muchísimos duros que cuesta su libro). La idea no podía ser más sugestiva: un libertario dándole la vuelta a la historia de los pueblos de España, a la historia de la plebe inapresable, resistente una y otra vez a los propósitos estatalizadores y estatistas. Algo que debía hacer saltar los goznes de toda la historiografía (la oficial y la otra). Fernando confiesa cierta sorpresa por no haber recibido aún las esperadas críticas de los sectores marxistas y oficial (unos como tienen tanto lío con sus cosas y sus partidos, no tienen tiempo ni ideas), los otros dicen: «los treinta últimos años de historia están fatales, pero en lo demás no nos atrevemos a meternos porque no sabemos nada.» «Pueden integrar el libro, pero contra lo que no podrán es contra el milenio... estamos en pleno milenio..., todos los días aparecen noticias milenarias en los periódicos... y esa es una de las claves de mi libro..., construyamos arcas para el diluvio —dentro de cada uno, claro—..., el sistema se va a tomar por culo...» Cinco años trabajando contra el castellano empobrecido, buscando en oriente el saber de occidente. Cinco años tratando de hallar las claves de nuestra historia más auténtica, una y otra vez pisoteada por los bárbaros de la unidad y la represión, al modo de los Reyes Católicos: «fueron nefastos, se inventaron la guardia civil, el servicio militar, la unidad de España, adiós andalusíes, sefarditas, moriscos... la fecunda promiscuidad va a resolverse en onanismo de cristianos viejos en realidad España es una mujer eternamente frustrada en su coito ...» Sin embargo con los Austrias todo cambió: «los locos, la imaginación, al poder, así vivimos ese mayo español que es nuestro siglo de Oro». Pero de todas formas el momento en que le gustaría vivir a Fernando es el de los Reinos de Taifas. Allí valdría la pena volver, ahora que nos han montado desde el poder «la farsa y danza de las nacionalidades: «propongo el regreso de los Taifas, acentuar las diferencias... hasta el individuo, aquello era la anarquía funcionante en perfecta armonía, canalizada sólo por los cauces del sentido común. Es cuando surge la poesía arábigo-andaluza, uno de los momentos más felices de la historia ...» Sánchez Dragó es un torrente imparable de ideas, de imágenes, de situaciones recreadas..., tanto es así que las páginas que siguen, no son más que una parte de su respuesta a la primera pregunta que le hicimos, aquella en la que le pedíamos que nos explicara como había llegado a escribir su «Historia mágica». Y es que la conversación, como la peripecia vital de Fernando se asemejan a aquel pájaro de Borges que tango gusta citar, el que: «construye el nido al revés y vuela para atrás, porque no le importa donde va, sino donde estuvo». El libro nació de varias iluminaciones, por así decirlo,. progresivas. La primera de esas iluminaciones se produjo en la India, a orillas del Ganges. Yo me había tenido que exiliar, mejor dicho optado por exiliarme —porque el exilio fue siempre buena cosa— y estuve siete años exiliado. Prácticamente, la primera parte de este exilio la viví en Italia; había salido de Málaga para entrar en Malagón, porque resulta que allí, como era exiliado, no me dejaban salir. Después de salir de España, dramáticamente, llego a Italia y no dejan salir, y tres años y medio encerrado con la desesperación que os podéis imaginar. Conseguí salir de aquella situación, porque, a través del Partido Socialista Italiano, moviendo Roma con San Pedro, conseguí que me dieran un título de viaje para extranjeros, válido para un solo viaje. Lo calculé todo perfectamente, me fui para Atenas el 1 de agosto sospechando, con razón como pude comprobar, que todos los diplomáticos se habrían ido de veraneo, y me presenté en el Consulado donde sólo quedaba un viejo pope atontado, que hacía las veces de Canciller, y le dije lo primero que se me ocurrió: que se me había caído el pasaporte del bolsillo de la camisa, al asomarme al mar, viniendo de Creta a Atenas. Ante mi estupor se lo creyó, me dijo que si tenia carnet de identidad, y me dio un pasaporte válido para todo el mundo, un pasaporte normal, de ciudadano corriente y moliente. Me habían ofrecido un puesto en la Universidad de Tokio y lo acepté. Me fui parando en el viaje y acabé en muchos lugares de Asia y del Tercer Mundo, y sobre todo en la India. Allí, a orillas del Ganges, una mañana al amanecer, cuando sale el sol, cuando la India se derrama allí, el vientre de la ballena universal se abre y llegan los leprosos y los príncipes abigarradamente mezclados hasta el Ganges para bañarse y hacer sus cosas —mezclada la vida y la muerte, la hermosura y la fealdad más horribles—, tuve mi caída del caballo y vi el pensamiento mágico y numinoso, ese que aquí en Europa no vemos nunca y que, por lo visto, tenemos que encontrar siempre allí. Descubri el pensamiento mágico, que es el que se rige, no por las leyes de causa y efecto, que son las que rigen la civilización, investigación y cultura occidental, sino por el principio de analogía, de resonancia, de sincronicidad, es decir, los principios del I Ching, para entendernos, que justifican el que arrojando seis monedas al aire, el dibujo casualmente formado provoque una serie de resonancias, de círculos concéntricos en el universo, mediante los cuales puedes averiguar tu destino, el destino de los hombres, y lo que les sucedió a los hombres en el pasado... Quedé verdaderamente fascinado por aquello, y durante muchos años me dediqué a viajar como podía; por todos los rincones he recorrido Asia entera y gran parte de Africa, en Land Rover, en camello, a golpe de calcetín, en auto-stop... Y durante todos esos años me esforzaba por adentrarme en estos mundos orienta-les y mágicos, pero con grandes dificulta-des, porque yo creo mucho en los talentos de cada pals, de cada cultura. Creo que un japonés nunca sabrá bien como se da un natural, de igual manera que un español nunca será capaz de enterarse si la Callas ha cantado bien o mal la Casta Diva. Por eso, moverme por este sistema extraño de referencias, lenguas que no dominaba, símbolos que nunca había visto, dioses cuyos nombres eran difíciles de pronunciar y desconocidos, me costaba mucho trabajo. Y me movía, de la única manera que uno se puede mover, como un viajero, como un curioso, como un erudito, pero nada más. Avanzaba con mucha dificuítad. Al cabo de siete años de exilio y de andanzas por todos estos sitios, después de esta primera iluminación del Ganges, pude volver a España, también de una forma bastante graciosa. La burocracia y la administración franquistas tenían de bueno que permítían grandes resquicios de libertad, de contrasentido, de irracionalidad y de absurdo, como ésto del pope que acabo de contar. De la misma manera pude yo volíver a España. Una noche de plenilunio romano en la que estaba preparando mi tercer viaje a la India (salía poco después, estaba haciendo el equipaje), me entró una nostalgia terrible. Yo había llegado a ese grado de desesperación y de estupidez que sólo un exiliado puede comprender, por el cual oía «La verbena de la Paloma» y se me saltaban las lágrimas, y había llegado al alucinante extremo de encargarle a un amigo mío que me llevara hasta Tokio una churrera, porque quería desayunar a la española. Estaba realmente desesperado, y se me ocurrió escribirle una carta al Mínistro de Justicia. Yo, por supuesto, había olvidado por completo, quién era este Ministro, dónde estaba el Ministerio de Justicia... Me tiré ocho horas para escribir dos folios que quizá son mi obra maestra, porque se trataba de escribir una carta que fuera pasando de mano en mano, que no la rompieran, y llegara al ministro, y además una carta digna: no se trataba de pedir perdón ni de arrepentirse, sino de decir que como broma ya estaba bien. Bueno, lo hice, la metí en el sobre, puse «Señor Ministro de Justicia. Ministerio de Justicia. Madrid. El tal ministro resultó que era Oriol y Urquijo. A los quince días recibí una carta de respuesta del señor Oriol diciendo que, efectivamente, yo tenía razón, y que él me iba a conseguir un indulto en el Consejo de Mínistros, pero que sólo se puede indultar a un hombre que está en la cárcel, así que tenia que regresar a España y reingresar en Carabanchel. Lo consulté al I-Ching, hice cálculos, dije: «Un ministro no me va a engañar», total, que opté por regresar. La gente cree que la magia no existe y que son invenciones, pero en esta historia sucedieron toda una serie de encadenamientos mágicos verdaderamente inexplicables. Por ejemplo, yo ignoraba quién era este señor, y la carta la recibió el día de su santo y fue lo primero que le trajeron por la mañana, con lo cual era su buena obra de boy-scout; y además, yo hablaba en la carta explicando un poco lo que eran mis posturas políticas en aquel momento: yo había militado en el Partido Comunista, había salido muchos años antes del PC, no sólo no era comunista sino que nunca había sido marxista, me había metido en el PC porque entonces era lo único que había (nunca porque fuera marxista; yo creo que «El Capital» no existe, que sólo existen las primeras cincuenta páginas, que es tan aburrido que nadie pasa de la página 50, y que por consiguiente se repite siempre y es un negocio editorial montado)... Decía en aquella carta, que toda democracia en España, para serlo, tendría que ser foral. Y resulta que el señor Oriol y Urquijo era carlista, con lo cual se quedó entusiasmado. Volví, me dejaron veinticuatro horas en libertad para ver a la familia y esas cosas, me metieron en la cárcel, y a los diez días motoristas desde el Pardo me trajeron el indulto. Indulto, además, por bemoles, porque para conceder un indulto el Consejo de Ministros tiene que informarla policía, el juez, etc., y si todos estos informes son negativos, se vota en contra. Pero parece ser que es facultativo del Ministro de Justicia, en condenas inferiores a tres años (y la mía era de dos años, cuatro meses y un día), informar del indulto sin necesidad del consenso ministerial. Y a pesar de que todos los informes fueron desastrosamente negativos, el tío por cojones me dio el indulto y salí. Así pude volver. No sé por qué, sentía una extraña deuda con este país, una oscura deuda con la Península Ibérica que no sé de dónde venía, a dónde iba, ni por qué la sentía, ni por qué precisamente yo y no otros. Ya el padre Mariana decía: «Los muchos años que viví fuera de España me convidaron a tener deseo de aprender las cosas de ella». Quizá fue el mismo impulso. Me vino la idea de escribir algo así como un breve manual de iniciación y esoterismo en la cultura española, que calculé que no tendría más de trescientas páginas. Me puse a investigar para escribir ese libro, y, ante mi sorpresa, se me vino encima una bibliografía caudalosa, de la cual he consultado cinco mil títulos pero podría haber consultado cincuenta mil (no hay día que entrando en un bar, no digo ya en una Universidad, Academia o Ateneo, que no encuentre a una persona desconocida, paleta o menestral, que conoce un título que yo no conozco), recorrí veinte mil kilómetros bajando a todas las cuevas, grutas, sacristías, burdeles y agujeros del país, y escribí un libro de cuatro volúmenes, que hubieran podido también ser cuarenta en lugar de cuatro, porque no es más un terreno en el que yo he puesto una bomba de relojería. Creo que los accesos quedan abiertos a través de este libro, pero otras personas tendrán que irse colando por él y roturando esos caminos. Es decir, se me vino a las manos, aparte de otras muchas cosas, nada menos que una reinterpretación de lo que había sido, no la historia de España, sino la historia de los pueblos españoles, una intrahistoria de los pueblos españoles, y una intrahistoria muy curiosa porque todo lo que yo iba buscando —no sé si desiderativamente- era también lo que iba encontrando. Al fin y al cabo uno sólo encuentra lo que busca, y los hallazgos avalaban la hipótesis de mi libro que es que eso que se llama peculiaridad española -que existe: los españoles somos gentes bastante rara, y cuando digo españoles estoy englobando a todos los distintos pueblos de la Peninsula Ibérica, que son muy diferentes entre sí, afortunadamente-, pero que yo, en su poso, creo percibir algo común, que es lo que a pesar de todas las vicisitudes, a pesar de moros, cristianos, reconquistas, francesadas, etc., en definitiva sigue manteniendo un hilo de unidad espiritual entre la gente que vive en esta Península. Frente a todas las teorías historiográficas habituales de que nosotros éramos muy romanos, muy europeos, o, en el mejor de los casos, muy moros y muy judíos, yo iba descubriendo otro tipo de españolía, que era una españolía totalmente irracional, totalmente mágica, totalmente numinosa, «loca» (entre comillas y en el buen sentido de la palabra), anarquizante hasta el máximo e inventora del anarquismo antes de que la anarquía se inventara... y que esa España aglutinaba, y era la que servía de hilo conductor, entre los moros, entre los judíos, entre los romanos, entre los cristianos, entre todos los que llegaban a esta Península como si el hecho de llegar a ella supusiera que un animalito extraterrestre les picara y transmitiera un virus vernáculo, por el cual el árabe al llegar aquí dejaba de ser árabe y se convertía en anadalusí (que al fin y al cabo significa español), o el judío dejara de ser judío y se convirtiera en sefardita (que significa español), y todos empezaban a participar de esta locura colectiva que ha sido este país y que lo sigue siendo. Porque incluso en una época tan poco dada a novedades como la actual, lo que está pasando en España es bastante original dentro del panorama mundial. La explicación que mi libro propone para ésto es que -yo soy muy junguiano, yo proclamo en el prólogo del libro que mis tres grandes maestros son Platón, Niestzche y Jung; de Platón lo que fundamentalmente he recibido pues es eso mismo que me transmitió la India, no creo en la realidad, creo en infinitos mundos platónicos, creo que todo lo que estamos viendo es ilusión de sentidos, no creo en las convenciones cronológicas, creo que el tiempo no existe, creo que el tiempo es una invención de los griegos que al inventarse la conjugación de los verbos se inventaron esa nefasta caperuza que es el tiempo. De Niestzche recibí el sí a la rebeldía y no a la revolución, porque toda revolución es reaccionaria en la medida en que se convierte en organización, en burocracia, y en cambio la rebeldía, es decir el gesto del individuo que se opone a algo, es donde está la verdadera revolución... De Niestzche recibí esta moral que también la India me iba a confirmar con el Tantra, que es la moral de oponerse siempre a lo que sea predominante en el medio en que te mueves. es decir si vives en la India que es un país casto lánzate a las orgías más desenfrenadas como hacen los tántricos, o si vives en Babilonia hazte anacoreta, sube al monte di mil jaculatorias al día; es decir, reacciona siempre contra el medio ambiente. De Jung, lo que fundamentalmente recibí fue la teoría del inconsciente colectivo y de los arquetipos. A mí me parece que los grandes corruptores del mundo contemporáneo son Marx, Freud, el automóvil por supuesto, y Darwin en menor medida. Lo que dice Freud fundamentalmente es cierto, evidentemente existe un inconsciente personal que se manifiesta a través de símbolos, pero lo malo de Freud es que pretende curar ese inconsciente. No hay que curar el inconsciente, lo único que se puede hacer es aceptarlo y vivir de acuerdo con él. Y lo que Jung me daba frente a Freud, era una profundidad de inconscientes que se iban remontando: primero desde el inconsciente individual al de tu clan, al de tu familia, al de tu tribu, al de tu etnia, al de tu raza, al de tu cultura, al de tu nación, e incluso ya remontándonos muy lejos a la guerra de los ángeles y los demonios y a los orígenes absolutos. Utilizando estas tres vías vine a descubrir que este país ha funcionado a lo largo de la prehistoria más prehistoria, es decir, a lo largo del momento en que se formaron los arquetipos, como una especie de vertedero ocultista del subconsciente occidental. Europa, la Europa central, cartesiana, francesa, alemana, italiana, todo lo que no comprendía lo iba expulsando a los extremos del Mediterráneo: a Creta, a la Peninsula Ibérica, al Asia Menor. Y entonces todo ésto se fue poblando de trasgos, de leyendas, de sirenas, de pigmeos, de atlántidas, de Hércules, de héroes primordiales, en primer lugar por esta tendencia del centro a arrojar hacia la periferia lo incomprensible y, en segundo, porque esto era el fin del mundo. Durante miles y miles de años, y precisamente en los años en que se forma la cultura greco-latina de la que todavía occidente sigue viviendo, España era el fin del mundo, que estaba en el Finisterre Atlántico, ahí terminaba la tierra conocida y empezaba el Hades. Y todos los hombres que querían iniciarse en el mundo antiguo -puesto que toda iniciación requiere una muerte y una resurrección- hacían lo que hace Dante en la Divina Comedia, Eneas en la Eneida o Ulises en la Odisea: bajar a los infiernos y volver a subir. Y el infierno estaba en Santiago de Compostela (mucho más tarde se inventarían los cultos jacobeos). Eso nos convertía en tierra especialmente propicia a todos estos fantasmas... Para colmo, pero esto ya se produce mucho más tarde, descubrimos América, y entonces nos convertimos, nosotros que habíamos sido zona de cruce entre Europa y Africa, en una encrucijada por donde va a llegar lo que se llama cultura moderna... Toda esta serie de chispazos van a provocar esa mezcla de magia, de misticismo, de anarquía, que forman el hilo conductor de nuestro ser. Por eso abro mi libro con una curiosísima cita de Tácito, que refiere un episodio de Termancia, donde tras la muerte de un pretor a manos de un pueblo que luego monta su fuenteovejuna solidario, es detenido un joven al que se tortura de forma prolongada. Cuando el torturador pregunta el motivo de aquella resistencia a hablar, esta es la respuesta del prisionero: «aquí existe todavía la España Antigua...» Es en ese inconsciente colectivo donde trato de adentrarme... |