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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS |
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Núm. 16 |
Tráfico de armas: los negocios son los negocios |
ALFONSO ALONSO BARCON El amigo Marqués lo explicaba claramente, con su singular estilo, en uno de los artículos más hermosos que le conozco: «...Armas para hacer muertos. No sé si ustedes saben cómo funciona esto: se apunta, se dispara, y se hacen muertos a partir de obre-ros, campesinos, protestas, chilenos, ilusiones, argentinos, hambre, nicaragüenses. Las armas, esas armas, van en barco, como si fueran marineros, recién casados, polizones. Engañan a las gaviotas. Desorientan a los delfines. Llegadas a tierra vomitan muerte en defensa de la muerte. Antes le dicen al mar que son pistolas de agua...»( El mar, la muerte, la internacional, en VALENCIA SEMANAL, núm. 46, 12/19 Nov., 1978. ). O ni siquiera. El «guardarropía» que se ha dispuesto es muy variado. Instrumentos musicales, botellas de coñac, pistachos. Son sólo algunos de los más frecuentes disfraces que se adoptan, para que las armas puedan llegar a su siniestro destino final a salvo de boicots, a cubierto de esas irracionales pataletas de la izquierda-izquierda (pues en esto se da la misma diferencia que entre el café, a secas, y el café-café; existen ya demasiados sucedáneos politicos patentados como productos genuinos, de modo que apenas hay una sola sigla que pueda presentar el correspondiente certificado de garantía. El fraude se va abriendo paso en los campos más variados). A la sombra del interior del container sellado en el que hacen la travesía, esas armas que tanto están dando que hablar pueden pasar por cualquier cosa. Una eventual «inspección» no abre casi nunca ese cajón metálico: suele contentarse con echar un vistazo a la documentación. Y si el Conocimiento de Embarque habla de «repuestos para maquinaria agrícola», ¿quién es el cretino que se atreverá a dudar de la certeza de esa declaración? El sistema de transporte en containers se extiende rápidamente. Sólo en el puerto de Valencia se mueven en la actualidad, al cabo del año, unas 55.000 unidades. Cabe imaginar el colapso que originaría una inspección exhaustiva de cada uno de ellos. Y sin embargo valdría la pena —a título de ensayo y aún a costa de paralizar las operaciones portuarias, cosa que, personalmente, me trae sin cuidado—, valdría la pena abrir uno por uno todos esos miles de enormes cajones, para ver lo que llevan dentro. Sin duda surgiría la sorpresa. Para unos, relativa. Para otros, en cambio, apabullante. Incluso habría quienes, en el colmo de la incredulidad que salta hecha pedazos, se sostendrían la cabeza con ambas manos y sufrirían lo indecible, ante esa constatada malevolencia del sistema de «economia de mercado», cuya honorabilidad ya sólo es puesta en duda por algunos locos. Pero esos afligidos no serían demasiados. Aparte de los conductores de «la máquina», solamente aquellos que, junto a su ignorancia secular, mantienen todavía la capacidad de asombro en su más puro estado virginal. El caso es que sobre el chollo este del tráfico de armas (ilegal o ilegal, oiga es una matización que me parece muy cercana al más sangrante cachondeo!), cada día sabemos más. Al revés de lo que nos pasa con otros sonados asuntos, que cada vez se nos antojan más oscuros. Desde que el «Allul» protagonizó su particular salto a la fama marinera más equivoca y el apellido Barreiros perdió casi por completo su incruenta asociación con aquéllos horribles (de feos) camiones autárquicos, para pasar a dirigir actividades de más altos vuelos, la tinta no ha dejado de correr. Más o menos al mismo ritmo que las exportaciones españolas de armamento, o la participación —un tanto camuflada— de empresas de acá en operaciones de las llamadas «triangulares», encaminadas a avituallar militarmente a los dictadores de ashá. Lo cierto es que vamos sabiendo más y más. Bueno, yo, no es que sepa mucho de este turbio asunto. Conste. Apenas sé más que lo que leo en los periódicos. Lo digo por si a algún preboste de los que explotan el filón le da por apuntar mi nombre (no tengo teléfono y, casi, ni dirección fija). Aún sabiéndome protegido por una organización internacional de fuertes tentáculos (el que avisa no es traidor pero sí, a veces, un farolero de tomo y lomo), si estuviera demasiado impuesto en el tema no escribiría sobre él ni una línea. Me habría enriquecido, asesorando discretamente a la Junta Interministerial de Exportación de Armamento, o bien me habría puesto a buen recaudo hace mucho tiempo. En la selva amazónica, probablemente. Disfrazado de analfabeto cultivador de marimbas, para que no me encontrara ni Salcedo (no Salvador, sino De la Quadra, Miguel). Tranquilos pues por ese lado los traficantes que, además de mi supino desconocimiento del rollo, me adorna una capacidad de comprensión infinita hacia el modo que tienen algunos de ganarse la vida. No soy, por tanto, una amenaza. Pero los periódicos si (quiero decir que sí deben saber cosas, puesto que las publican). La técnica de leer entre líneas —aprendida por narices desde que nacimos— nos da a mí y a otros sinvergüenzas la oportunidad de iniciarnos, simplemente, al nivel de cultura general. Por los periódicos, por ejemplo, me enteré de que, recién descubierto el alijo del «Allul» (caso todavía sin cerrar, por cierto), la exclusividad de la denuncia y posterior reacción boicoteadora de tanto desmán corrió a cargo del Sindicato Libre de la Marina Mercante, abanderado en este asunto de la antes aludida izquierda-izquierda («izquierda no descafeinada-, según un sector de la Doctrina). La cosa tiene su mérito, tratándose de un Sindicato que, además, reniega bastante de todo lo que no signifique autonomía e independencia. Pues bien. Ahora me entero (por la prensa) de que los marinos, ya que no fama y dinero, han conseguido que, al menos, se les trate en este aspecto con un poco más de respeto. Ya no son traficantes a la fuerza. El comercio de material de guerra sigue viento en popa, por su-puesto. Pero en evitación de posibles cabreos de la gente de mar nacionalizada en esta parte del mundo, el transporte es encomendado ahora a buques extranjeros que cargan sigilosamente en puertos minúsculos. En Motril, por ejemplo. Puertos en los que, por no haber, no hay ni local del S.L.M.M. Fina prudencia, la de estos prósperos exportadores. Dicen que hay navieros que, para curarse en salud y antes de proceder a su embarque, envían al Sindicato muestras de mercancía dudosa que esperan transportar –previo el visto bueno de esa organización tan intransigente– a Kenya, Africa del Sur, Argentina o Kuala Lumpur. De tal manera que las oficinas del Sindicato de los marinos en los distintos puertos parecen, más bien, almacenes de coloniales. En ellas se amontonan ya —sigue el rumor— desde trampas para cazar armadillos hasta sacacorchos de punta roma, pasando por cajas de costura, anzuelos, bates de baseball, postes de la luz y otros muchos útiles de los que no cabe descartar absolutamente su posible utilización bélica. Lástima que el S.L.M.M. se haya quedado solo en este asunto. Si las centrales sindicales y los partidos de algún peso hubieran olvidado, por esta vez, su ancestral temor a los poderes fácticos, a estas horas la industria armamentista española estaría orientada a mercados más acordes con nuestra reciente vocación de res-peto a los derechos de la doliente humanidad. ¿Cuál es el estado actual de la cuestión? Buena pregunta. Pues, ¿cuál va a ser? ¡Que la cosa sigue su marcha! Hasta tal punto que ya ni los containers van a ser suficientes. Porque, dígame usted, ¿cómo demonios nos lo montaríamos para introducir en uno de esos cajones a una flamante fragata? Complicado, ¿eh? ¡Y tanto! Lo cierto es que este chanchullo está prosperando en los últimos meses hasta un extremo tal que, al paso que vamos, pronto tendremos a los ministros Oreja y Sahagún participando con todo derecho en las conversaciones SALT. Lo que también tiene su mérito, desde luego. De momento es constatable la repentina y nutrida afluencia de dignatarios de Turquía, de Mauritania, del Beluchistán, de los emiratos del Golfo Pérsico ... Llegan en tropel a Barajas y luego se desperdigan por todo el territorio, conducidos diestramente por el señor Sahagún (¡qué sagacidad poner un capo de la industria al frente del Ministerio de Defensa!), que apenas perdona una sola fábrica de armamento, en el largo e instructivo vía-crucis-muestrario al que los somete. Han pasado por aquí casi todos. Ya sólo falta Jomeini. Y no tardará en servirse pues, al ritmo que lleva, pronto se le acabará la munición. Cuando escribo estas lineas se sabe ya que el I.N.I. invertirá próximamente 350 millones de pesetas en una sociedad que acaba de constituirse en Panamá, desde la que se encauzarán las exportaciones de armamento español a América Latina. Las operaciones consiguientes serán coordinadas por Defex, empresa estatal dedicada a temas de exportación militar, cuyo capital lo ostentan diversas firmas industriales dedicadas a la fabricación de material bélico. Es Defex la que dirige la exportación de dicho material fabricado por las empresas del grupo I.N.I. Y si ahora se ha decidido abrir una filial en Panamá, ello se debe precisamente a que la mayor parte de esas operaciones comerciales tienen como destino países del Cono Sur americano. El tema está siendo tratado con mimo, como se ve. Tanto mimo como el que emplean los recepto-res del armamento, a la hora de ponerlo a funcionar. Las denuncias, mientras tanto, llueven. De nuevo se ha vuelto a hablar del origen de las armas que viene empleando Tachito Somoza para emular, en eso de la perpetuación en el poder, a otros dictado-res militares de aquel y de este otro lado del charco. Sobre todo de éste. El made in Spain, dicen, sigue demostrando, también allí, que la expansión de nuestro mercado es un hecho. Por cierto que la Junta Interministerial de Exportación de Armamento ha desmentido el »rumor» con presteza, declarando que durante los últimos tres años y lo que va del presente no se han exportado armas españolas a Nicaragua, sino tan sólo pólvora y botes de gases lacrimógenos (sic). Parece que Tachito necesita ese material para fumigar su finca, aquejada últimamente de una plaga muy voraz que amenaza sus cosechas, a la que no ha podido eliminar con pesticidas tradicionales. Y mientras tanto, el Ministerio de Defensa sigue estudiando con especial atención el desarrollo de la industria armamentista española, sector en constante crecimiento, como lo demuestra la venta de cinco buques patrulleros a Videla, a construir en los astilleros de Bazán/Ferrol. Este acuerdo, al que se ha llegado recientemente, podría ser ampliado por otro similar con destino a la Armada de México. Ambos vendrían a unirse con un contrato muy ventajoso firmado con un pals del norte de Africa, para el suministro de varias corbetas tipo Descubierta, de diseño y construcción totalmente española, equipadas con dispositivos para el lanzamiento de misiles. Nihil obstat. Todas son noticias recientes, como puede verse. Parece como si uno de esos equipos de ejecutivos audaces, jóvenes y agresivos, con ganas de labrarse un sólido porvenir, se hubiera puesto a trabajar obsesivamente en el tema, de la noche ala mañana. Con éxito, por añadidura. Tras ellos, un equipo gubernamental decidido a inundar el tercer mundo y parte de los otros dos de armas españolas. ¡Quién lo iba a decir. El pasado día 10 de abril, en un espacio titulado Paz Armada que emite los martes el primer pro-grama de RNE, entre las 20,30 y las 21 horas, se tocó «a fondo» (en la grabación previa sí; en la emisión, no tanto) el tema del tráfico de armas. Invitados: Gabriel Peñaranda (director del I.N.I. para asuntos relacionados con la Defensa); Luis Solana (diputado del PSOE por Segovia y miembro de la Comisión de Defensa de ese Partido); Bartolomé Bonet (subdirector general de Exportaciones Industriales del Ministerio de Comercio y secretario de la Junta Interministerial que controla este asunto); Daniel Ferrer (jurista, juez decano de Madrid) y, aquí, el que suscribe (que, no sin sufrir cierto son-rojo, fue incluido entre tanto especia-lista). Apenas un par de detalles que resaltar de aquella mesa redonda, tal y como salió a antena. La afirmación de Bonet de que en el tiempo que él llevaba al frente de esta actividad (seis años), el Estado español había observado absolutos cuidado y pulcritud en todas las operaciones de exportación de armamento realizadas, y la alusión de Solana a unas palabras de Gutiérrez Mellado pronunciadas por el Ministro unas fechas antes: »España seguirá vendiendo armas al mejor postor». Lo dicho: business are business. Por cierto que, el amigo Solana, dejó también muy claro que esa frase de Gutiérrez Mellado la había leído en los periódicos. Chico inteligente. |