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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 15

Ágora: Denuncia de la tortura de derecho e incitación al derecho a torcerse

Emmanuel Lizcano

¿Un mundo más justo? ¿Más justo aún? —protestaría un condiscípulo de Juan de Mairena— ¡Mejor sería tenerlo algo más holgado, siquiera para poder rebullirse!

Pero hasta tal punto nos han sorbido el seso (comido el coco, que se decía antes) y trocado los molinos en gigantes y los gigantes en molinos que, no bastándonos con requerir más apreturas, aún nos esforzamos por ajustar lo holgado, procurar las huelgas justas y sometido a justicia hasta el folgar.

Saber y poder, ya se sabe, van indisociablemente unidos. Hay, no obstante, una manera de saber —la que se reclama de la Ciencia— y un estilo de poder -el parapetado tras el Derecho—que llegan a hacer de esa unión un alarde de promiscuidad, especialmente cuando la Ciencia se quiere social y el Derecho busca su legitimación en la ley del número. Ciencia (en especial las llamadas humanas o sociales: sociología, economía, antropología, psicología, politología...) y Derecho han trastocado sus papeles entre sí hasta tal punto que la primera se ha convertido en un modo privilegiado de no-saber en tanto que el segundo, de modo de ejercer un poder, ocultándolo, ha venido a dar en expresión y edificación de la impotencia general.

De todos es sabido que, por ejemplo, las masas (humanas) o la sociedad son una invención histórica relativamente reciente. Y cabe preguntarse, ¿las inventaron los que después se llamarían científicos sociales para poder formular, a semejanza de como lo hacen con las masas físicas, leyes acerca de su comportamiento?; ¿fueron entonces los políticos y hombres de leyes quienes aprovecharon el inesperado regalo de tal descubrimiento para así poder fundar racionalmente el sujeto del Derecho: la masa igualitaria y atómica de ciudadanos intercambiables? ¿O más bien se debe este hallazgo a los revolucionarios ilustrados, padres del Derecho moderno, y fueron ellos quienes, tras introducirlo entre las gentes, pusieron en bandeja a los científicos la aplicación de sus viejos prejuicios a esa masa recién parida (comportamientos normales y anómicos, empuje de las masas, hombre medio, orientación de la Historia, aceleración de los procesos, etc.)?

Poco importa ahora el origen, pues es el caso que hoy Ciencia y Derecho viven en perfecto aconchabamiento; de su ominosa confabulación ha nacido ese ser monstruoso que el saber negativo ha llamado tecnoburocracia y al que la sabiduría popular no osa llamar sino Ellos. Su portentosa capacidad de fabular la realidad apenas permite ya distinguir entre lo que dicen que debe ser y lo que dicen que es, si es que ambas cosas no han venido por fin a dar en una sola y pretender a estas alturas distinguir entre la naturaleza de las leyes y las leyes de la naturaleza no es ya una cuestión vacía de sentido. Las leyes científicas refuerzan las jurídicas, dándoles justificación y objeto; al tiempo que éstas crean el sustrato material que hace posible las leyes científicas, al facilitar la materialización de códigos y pautas sociales que después el científico «descubre», objetiva y, por tanto, re-crea, consolidando un ciclo que así se retro-alimenta a perpetuidad. ¿Quién inventa? ¿Quién descubre? ¿Quién legisla? Poco importa. Lo único importante es el Orden. Que todo sea para mayor gloria de la Ley, mayor sabiduría del poderoso (reducido a gerente) y mayor poder del sabio (degenerado en especialista).

Como tan bien intuyeron —y con tan incontenida vehemencia desearon— los grandes profetas de la Muerte (Hegel, Weber, Marx . . .), todo parece indicar que se acerca ese punto ciego de la Historia donde todo queda congelado: un solo Señor, una sola Ley, que de todo da razón y hace todo razonable. El Político y el Científico ya no son sino Uno, y el que se aparezcan como muchos, e incluso el que aún hagan como que disputan sobre lo que es responsabilidad de cada uno (véase como muestra la polémica en torno a lo nuclear), lejos de manifestar antagonismo refuerza esa otra verdad de siempre sabida según la cual lo Uno sólo es apreciable como multiplicidad, de la que la dualidad es manifestación privilegiada. (Si el lector es más amigo de la figura trinitaria, complete el par Político-Científico con lo Militar, auténtico Padre en la sombra que a través del Espiritu de la Razón nos envió a este valle de lágrimas a su Hijo tan amado, el Político, sin cuya intercesión todos sucumbiríamos ante las iras del Todopoderoso.)

Derecho y Ciencia son pues dos modos de someter «el devenir loco y la anárquica diferencia» de que habla Foucault; dos maneras de avasallamiento que se reclaman mutuamente. Que el Científico recurra a la Estadística donde el Legislador prefiere la Sanción de cara al común objeto de hacer de la Media y de la Norma piedras de toque contra las que lo disperso se estrelle (se contraste, dirá el primero; se corrija, el segundo); que lo que el Científico declara improbable sirva al Legislador para considerarlo punible, y así esta acción normativa reduzca aún más la probabilidad de lo ya improbable, para mayor sosiego y fuerza del Científico; que la corrección la aplique el Científico al error y el Legislador a quien yerra, siendo así que el primero ajusta en tanto que el otro ajusticia; que, cuando la proliferación de excepciones llega a hacérseles intolerable, el Científico recurra a un nuevo paradigma formal allí donde el Legislador opta por una reforma constitucional, con el fin, en ambos propósitos, de sumergir lo antes irreductible en el pantano de un más extenso cuerpo de leyes; que la Ley, en su acepción científica, suela justificársenos como descubrimiento de la necesaria razón de las cosas, mientras que la Ley, en su versión jurídica, se nos presente más bien como re-cubrimiento de las cosas con la razón de que están necesitadas; que la Ciencia guste revestirse de atuendos femeninos para alumbrar lo que hasta entonces permanecía oculto, al par que el Derecho, tan rígido y erecto él, prefiera adornarse con atributos viriles en su tarea inseminadora de un orden nuevo; ...todo ello, queriendo velar su profunda co-incidencia, no alcanza sino a revelarla: necesidad compulsiva de Orden; sometimiento de lo irreductible e indecidible al imperio de la Ley (reducción y juicio); consagración de la monotonía y la repetición (de fenómenos, de conductas, ...) como máximos valores de Verdad y de Virtud; insaciable expansionismo que sólo en la sistemática persecución, acorralamiento y aniquilamiento de diferencias calma por un momento su ansia de todo legislarlo, todo arrasarlo, todo.

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¡Ay de lo insólito, rebelde o extravagante! Si no sucumbe bajo las leyes del Materialismo Dialéctico le acabarán aplicando la Ley de Seguridad Ciudadana, pero puede dar por sentado que una vez detectado ha terminado su vagar.

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Tal vez y como se están poniendo las cosas, sólo el derecho a no ser sujeto de Derecho parece ser derecho suficiente. Reclamaba Baudelaire el derecho a contradecirse, el derecho a marcharse, ... ¡Inadmisible! El Derecho sólo puede admitir los derechos del Derecho. Nuestros derechos no son nuestros sino suyos. Reclamemos alguno que merme su dominio: el derecho a no ser juzgado, el derecho a prescindir de ciertos derechos, el derecho a torcerse, el derecho a hacer caso omiso del despertador, el derecho a perderse, el derecho a no sentirse representado, el derecho a eliminar el DNI, el derecho a la irresponsabilidad, el derecho, en suma, a no compartir la superstición de quienes creen en el Derecho. Reclamémoslos y no tardaremos en oír los ladridos de sus perros guardianes. Y es que en verdad tan sólo un derecho merece llamarse tal: el derecho a delinquir.

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«Las leyes están contra la excepción; yo no amo más que la excepción.». Y bastó que Picabia encontrara las palabras justas para que el Estado ajustara las leyes. Entonces nacieron las leyes de excepción.

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Tomarse la justicia por su mano es signo de primitivismo y barbarie. Lo es de civilización y progreso el que las cosas de uno las ajusten manos extrañas.

Disposición adicional quinta a la Constitución Española: Queda abolido ese increíble principio según el cual «la ignorancia de las leyes no exime de su cumplimiento». Afanados en preciosas y urgentes minucias nuestros cortesanos pasaron por alto un axioma de tan neto corte franquista (por más que en él se funden los Estados llamados de Derecho). Comoquiera que su sin sentido ya había sido advertido por la mayoría de los ciudadanos españoles, que, imbuidos del nuevo espíritu democrático, lo han ya relegado, junto a los Principios y Leyes Fundamentales del Movimiento, al cajón de los recuerdos; y comoquiera que nunca fuera intención de nuestros prohombres mantener tamaña aberración vigente, queda declarada su nulidad a partir de la fecha de hoy. Rogamos disculpen las molestias.

Disposición transitoria: En tanto que los ciudadanos españoles se habitúan a la idea, tan natural por otra parte, de no tener que obedecer tantas órdenes como hay, cuyo contenido desconocen; y en orden a facilitar la tarea de olvido progresivo de cuantas leyes, normas, reglas, códigos, preceptos, resoluciones, ordenanzas, disposiciones, estatutos, mandatos, sanciones, decretos, edictos, dictados y bandos se hubieran visto obligados a memorizar, por la presente declaran cesados en sus funciones cuantos –abogados, notarios, jueces, letrados, fiscales, asesores, procuradores, juristas, ... picapleitos y tinterillos, en suma, como ya les ha bautizado el sano juicio popular– por su desordenado apetito legislador, por la impostura de su obsesivo hablar en nombre de otros, y por haber hecho de los conflictos entre las gentes fuente de beneficios personales y de casta, han sumido al país en el más absoluto desconcierto e indefensión ante la inextricable maraña de disposiciones legales acumula-das durante siglos. Defiéndase pues en adelante cada uno como pueda y no cumpla sino lo que él mismo así acuerde, para bien suyo y de la entera humanidad. Amén.

La más abominable criatura nacida del ayuntamiento entre Saber y Derecho es la Pedagogía: arte de propagar la ignorancia y la impotencia a base de borrarla distinción entre juicio sobre el (des-)conocimiento (calificación) y (des-)conocimiento acerca del juicio (es todo tan natural...).

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«Siquiera consista el verdadero progreso humano en emanciparse de toda ley, aún en el orden mismo de la Naturaleza. Pocas incitaciones tan seductoras y tan realistas como ésta de Ricardo Mella.»

Y siguiendo con Mella, cuando observa que «cada individuo, cada colectividad tiende a diferenciarse produciéndose de distinto modo, mientras que la ley trata de uniformarlos y obligarles a obrar y conducirse de una misma manera»; cuando anuncia que «frente al pretendido derecho social urge levantar muy alta la bandera de la individualidad libre, ¿no lo hace movido por el mismo resorte que impulsa a Ortega y Gasset a denunciar que «quien se irrita al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata sino plebeyo»? Quien ha dividido el mundo en izquierdas y derechas y se reclama de una de las dos mitades, está asfixiando toda una mitad de sí mismo.

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«Todos somos iguales ante la Ley». Sea, siquiera por un momento. Pero justo es reconocer que mientras la Ley sea siempre serán unos más iguales que otros. A la ley todos debemos ajustarnos, mas, ¿quién hace las leyes a que deben ajustarse los legisladores? (Si', señora, lo ha acertado: también las hacen ellos, ellos son los únicos en decidir a qué leyes han de someterse; pero, por favor, señora, no corra la voz: sería tan desmoralizador ...)

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¿Es casualidad que con la palabra Derecho vengan a coincidir precisamente ciertos términos o expresiones, y no sus contrarios u otros cualesquiera? ¿Es casualidad que sea el derecho el lado de lo correcto y el siniestro aquél al que se atribuyen todas las desgracias desde que el Padre Todopoderoso decidió sentar a su izquierda a los condenados al Fuego Eterno? ¿Es casualidad que el obrar conforme a derecho, la rectitud, evoque esa linealidad, ese en-derezamiento con que siempre se ha expresado lo masculino? ¿Es casualidad que la pretendida impersonalidad del Derecho traiga siempre de la mano a ese personaje hermano suyo –tanto filológico como político– que es el dirigente? ¿Es casualidad que el más formidable aparato de mediaciones elija por nombre el de «Derecho», siendo así que lo directo habla precisamente de inmediatez, de ausencia de mediación? ¿Es casualidad que a la natural fe derechista en el Derecho se haya sumado de un tiempo acá la fe izquierdista en ese Derecho que es, por definición, su opuesto? ¿Es casualidad que las madres aún sigan castigando en sus hijos la «mala costumbre» de ser zurdos? ¿Es casualidad que el «conjunto de derechos y deberes» se resuma en la mayusculización de uno solo de los dos términos y precisamente de ése, el Derecho, y no del otro: el Deber? Hay que recurrir al atavismo (literalmente «tendencia a la reaparición de los caracteres originarios») para encontrar una excepción a este abrumador sesgo derechista del lenguaje. Y es en la muy noble y atávica fiesta taurina donde para una buena faena instrumentada con la izquierda se habla de una faena por naturales (por más que sea el diestro quien la ejecute).

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El otro día me preguntaba Julia (reducida como estaba al estado de alumna): «¿Tiene el profesor el derecho de (sic) dejarnos discutirle las notas de los exámenes?» Alguien le había hablado de sus derechos ... y lo había entendido perfectamente.

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Dirán de uno que sufre paranoia, pero de todas las disputas entre políticos sólo saca en claro cómo los unos se tildan a los otros de dejar parcelas de realidad aún sin legislar. Prometer más leyes, conseguirlas, es una obsesión en la que, si cabe, la izquierda supera a la derecha. Y uno se pregunta si ninguno de ellos ha caído en que la progresiva abstención electoral de las cinco «consultas democráticas» (20%, 22'3%, 31'7%, 33'1%, y cerca del 40% en la última) posiblemente se frenara con sólo un grupo que, en lugar de amenazar con aumentar el número de las leyes, como es habitual, se propusiera algo tan simple como es ir aboliendo sistemáticamente las leyes ya existentes, hasta dejarlas reducidas, en un plazo prudencial, a un cuerpo que cualquier ciudadano pudiera leer en una o dos horas. (De ese cuerpo ya nos encargaríamos los demás; tampoco hay que pedir demasiado.)

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Del Derecho podría decirse lo que ya exclamara Pablo de Tarso: «¡No soy yo quien vivo, es él quien vive en mi!» Y no acierta menos cuando se lamenta de que «habiendo sido liberados del pecado, os habéis hecho esclavos de la justicia.

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Hubo un tiempo en que las gentes trataban unas con otras: establecían contratos. El que unos se fijaran por la fuerza y otros de mutuo acuerdo no afecta a lo que ahora nos ocupa: a ambos lados del contrato había partes contratantes. El contrato social, y con él el Estado de Derecho que en él se funda, tiene por principal característica el suprimir ambas partes: se trata de un pacto entre dos ausencias, un contrato entre nadie (la Sociedad) y nadie (el Estado) que a todos nos obliga. Sociedad y Estado no existen más que por el Derecho, al tiempo que éste reclama su fundamento en la existencia de aquéllos: una rueda enloquecida que nos ha pillado en medio. (No se extrañe, señora, ocurre tan a menudo.)

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Algunas de las páginas más lúcidas sobre el Derecho se deben a la pluma de Johann Gaspar Schmidt, más conocido por Max Stirner. Estas son algunas muestras.

«¡Libertad política! ¿Qué se debe entender por eso? ¿Sería la independencia del individuo frente al Estado y sus leyes? De ningún modo. Es, por el contrario, la sujeción del individuo al Estado y a las leyes del Estado.»

«Tienes el derecho a ser todo lo que Tú tienes poder de ser. Sólo de Mí deriva todo derecho y toda justicia: tengo el derecho de hacerlo todo, siempre que tenga poder para ello. (...) Posibilidad y realidad son inseparables. No se puede hacer lo que no se hace, como no se hace lo que no se puede hacer ...» (A Stirner le habría ayudado en esta ocasión escribir en lengua romance, pues entonces su observación hubiera resultado tautológica, evidente en sí: «Tú puedes (te está permitido) hacer todo lo que puedes (eres capaz de) hacer.»

«¿Y qué es, por ejemplo, ese desatinar que llena la mayor parte de nuestros periódicos, sino lenguaje de locos, a quienes hechiza una idea obsesiva de legalidad; locos que no parecen estar libres más que por la magnitud del patio en que tienen sus recreos?»

«En manos del Estado la fuerza se llama «derecho», en manos del individuo recibirá el nombre de crimen. Crimen significa el empleo de la fuerza por el individuo; sólo por el crimen puede el individuo destruir el poder del Estado, cuando considera que está por encima del Estado y no el Estado por encima de él.»

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