bicicleta

REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 15

Impunidad y revancha

02.jpg (13270 bytes)Cada vez que un movimiento sublevatorio trastoca violentamente la relación de poderes en un Estado -proceso que suele ser calificado abusivamente de «revolucionario», en lugar de reservar este calificativo enfático para aquellos posibles o imposibles atentados a la existencia del Estado mismo se repiten los actos cruentos de venganza contra los testaferros del régimen depuesto. Fusilamiento de generales, linchamiento de policías, masacre de mamelucos y funcionarios de bajo o alto rango: en Irán tenemos actualmente un ejemplo de esta vindicación sanguinaria. Leemos la reseña de estos hechos con un movimiento de civilizado horror; las personas de orden no ocultan su simpatía hacia las autoridades martirizadas por la canalla, mientras los progresistas más radicales hablan -quizá con secreto escalofrío sadomasoquista- de la justicia popular. Y entre tanto las víctimas desde las fotografías de la prensa, repiten insistentemente la opaca demanda de sus ojos vendados, aciaga pregunta que ya nadie puede contestar.

Me repugnan hasta la médula quienes ante la muerte violenta no encuentran mejor comentario que el de repetir que son crímenes políticamente inútiles. Prueba ésto su disposición estatal a cometer todo tipo de crímenes útiles cuando les parezca oportuno. Pero además se equivocan, porque no hay nada más útil que la muerte, nada tan políticamente imprescindible; quizá eso sea lo peor de la muerte, lo de que sirve para todo, como los cuchillos de los excursionistas suizos. Todo en la muerte es aprovechable, como en el cerdo: todo es lección, todo puede leerse, todo ilustra ejemplarmente la más profunda realidad de¡ Estado que la funda y la administra. Los hombres de Estado reprochan la violencia espontánea de terroristas y tribunales del pueblo con los mismos argumentos que tiene el profesional para desdeñar al aficionado: planeamiento defectuoso, improvisación técnica, desperdicio y exceso de fervor. Pero este suficiente desdén de expertos les impide quizá aprovechar convenientemente el mensaje que les envían esas erupciones mortíferas: y, sin embargo, la lección va a ellos dedicada, no a los de ésta o aquella ideología, sino a todos los gestores de la coacción que la sociedad estatal impone.

Por decirlo en una palabra: la revancha popular es el reverso directo y simétrico de la impunidad de los funcionarios de la violencia establecida. Aunque la racionalización moderna del Estado exige que la coacción y la represión que se ejerce esté plenamente legitimada según derecho, es evidente -y hasta tópica- la impunidad con que sayones, verdugos y mandarines la ejecutan a su cruel arbitrio cotidianamente. Cuando la violación de la ley es inocultable o la razón de Estado exige una apariencia de «purificación» administrativa, los criminales «de oficio» tropiezan con una reprimenda, un discreto traslado o una degradación. Nunca con un castigo semejante al que hubieran padecido de haber ejercido sus habilidades víctimarías título particular y privado. El Estado reconoce a los suyos y les agradece los servicios prestados, aunque su propia forma exige reprimir periódicamente los brotes de amateurismo que se insinúan en sus filas. Las matanzas rituales que acompañan a las sublevaciones y las ejecuciones que los terroristas llevan a cabo compensan a su modo el desequilibrio vigente favorable a los arropados por la seguridad del «bien público». Cuanto más inmune se es por la función, más vulnerable se llega a ser como persona: un pistoletazo en la noche o una bomba salvan de inmediato la distancia infinita entre el hombre y su cargo.

Los funcionarios más lúcidos aquéllos que han aprendido a leer las lecciones múltiples de la muerte, deberían esforzarse al máximo por evitar esa evidencia de impunidad que reclama provocativamente la revancha sangrienta de los hoy manipulados. Escribo estas líneas cuando se cumple el aniversario -hace un año-, del brutal asesinato de Agustín Rueda a manos de funcionarios de la prisión de Carabanchel. No sé cómo avanza el proceso de esclarecimiento de los hechos, pero lo cierto es que los presuntos verdugos han sido puestos recientemente en libertad provisional. Miles de presos esperan en cárceles españolas la libertad provisional, acusados de delitos mucho menos graves que el de homicidio: ¿habrá forma de convencerles de que es justo que ellos permanezcan en prisión para que los ciudadanos honrados no se contaminen y pongan en peligro al rozarse con estafadores, ladrones o proxenetas, mientras que ningún mal hay en que campen por sus respetos asesinos cuya cobarde sevicia se emboscó en el uniforme, el abuso de autoridad y la superioridad numérica? No vendría mal que meditasen sobre estos extremos quienes desbarran diariamente sobre el «terrorismo como mal de nuestro tiempo» o predican contra la «crueldad animal de las masas desenfrenadas». Así como también es significativo que todos nuestros futuros funcionarios de izquierda hayan olvidado ya el asesinato de Agustín Rueda, confirmando lo que hace poco decía André Gorz: que la izquierda ha dimitido hoy de su función rebelde y crítica, para dedicarse de lleno al adoctrinamiento formador de buenos ciudadanos, huéspedes sumisos del Estado que espera pronto administrar.

Inicial - Índice