La
historia del Primero de Mayo es la historia del movimiento obrero mismo, en sus corrientes
más profundas, en sus esperanzas más sentidas, en sus luchas más combativas. Es una
historia viva porque la hace cada generación. Y la nuestra tiene que hacer su propio
Primero de Mayo.
En 1884, sindicatos obreros de Estados Unidos y Canadá, reunidos en el Congreso de
Chicago, decidieron que el Primero de Mayo de 1886 sería una fecha de lucha generalizada
por la jornada de ocho horas. La reivindicación de aquel primer sindicalismo americano,
nutrido de inmigrantes europeos, víctimas y al mismo tiempo agentes del nuevo
imperialismo, inconscientes peones del genocidio industrial contra el aborigen, era:
«Ocho horas de trabajo, ocho horas de descanso, ocho horas de educación.»
En los primeros meses de 1886, cientos de miles de trabajadores norteamericanos
participaron en huelgas, algunas victoriosas, por la jornada de ocho horas. El 1.º de
mayo, la policía dispara contra una muchedumbre desarmada ante la fábrica Mac Cormick,
de Chicago, donde se trabajan catorce horas, de cuatro de la mañana a ocho de la tarde.
Hay numerosos obreros muertos. Cuatro días después, en la plaza de Haymarket, de la
misma ciudad, tras otra carga policial contra un mitin sindical, estalla una bomba entre
los policías. La gran prensa burguesa se indigna ante el atentado, que atribuye a los
«agitadores anarquistas». Consigue así volver la opinión pública contra las
organizaciones obreras y la campaña por las ocho horas.
Hay muchos detenidos en los medios sindicalistas y anarquistas. Sin ninguna prueba de su
responsabilidad en los hechos, los obreros ácratas Parsons, Fischer, Engel y Spiess
fueron ahorcados en 1887. Lingg se suicidó en prisión. Otros son condenados a cadena
perpetua. Siete años después, una revisión del proceso probaría la inocencia de los
condenados.
una jornada por la revolución
La American Federation of Labour, en su congreso de
1888, en Saint-Louis, proclama el 1º de Mayo de 1890 como jornada de lucha por las ocho
horas en homenaje a los mártires de Chicago. El Congreso Obrero de París de 1889 adopta
la fecha del primero de mayo como «una gran manifestación internacional por la jornada
de ocho horas», y la decisión es rápidamente hecha suya por generaciones de
trabajadores del mundo entero, que irán ampliando su sentido a las reivindicaciones
emancipadoras del movimiento obrero.
En nuestro país, desde el 1.º de mayo de 1890, se han producido huelgas y
manifestaciones reivindicando la jornada de ocho horas que han ido forjando la conciencia
sindicalista en el proletariado español, así como su característica actitud
anti-autoritaria que encarnaría en la CNT. Medio siglo después del primer 1 de mayo,
cuando el secretario del comité nacional de la CNT se levanta para declarar abierto el
Congreso Confederal de Zaragoza (forjador de los principios del comunismo libertario y
último realizado por la organización hasta la fecha), advertía aquel histórico 1.º de
Mayo de 1936: «El primero de mayo en que tuvieron lugar los luctuosos sucesos de Chicago
es el mismo de la huelga general revolucionaria que se ha incorporado como táctica en los
medios de lucha del proletariado.»
En efecto, el Primero de Mayo legado por las tradiciones de lucha obrera no es una
folklórica fiesta campera utilizable para recaudar votos o afiliados y rifar «Seat» a
los asistentes; ni es tampoco una exhibición de poder con tanques y missiles al estilo
soviético; ni, desde luego, las fantochadas religiosas, o fascistas organizadas en el
Bernabéu bajo la advocación del «José Artesano»; ni siquiera una manifestación de
duelo solidaria con aquellos trabajadores trágicamente asesinados en Chicago por el
Estado. Para la tradición del sindicalismo revolucionario, el Primero de Mayo es una
reafirmación de la voluntad de acabar con la explotación capitalista y la opresión
autoritaria, y de instaurar una nueva sociedad libre y justa, en la que las colectividades
del comunismo libertario florezcan como lo hicieron efímeramente en las viejas tierras
ibéricas según la inspiración de aquel Congreso de Zaragoza.
trabajar, trabajar, ¿y para qué?
Este Primero de Mayo de 1978, el largo y sangrante
camino de combates obreros por la emancipación social, está abierto a la reflexión
sobre algunas de las más tradicionales bases del propio sindicalismo, como es la
exaltación del trabajo como instrumento emancipador. La perpetuación de nuestra
condición de asalariados a través de luchas estrictamente laborales y económicas no nos
liberará de la expoliación de nuestro trabajo por los propietarios de los medios de
producción y distribución. Sólo la lucha directa contra la explotación misma, contra
todas sus leyes protectoras del sacrosanto «derecho» a explotar el trabajo ajeno, sólo
la lucha por un mundo sin cerrojos, nóminas, fronteras, alambres de espino, tanques ni
cajas fuertes, un mundo sin capitalismo ni estados, sin burocracias permanentes ni
empresarios del sudor de los demás, emancipará a los trabajadores de la maldición
productivista que de la Biblia a los talmudes marxistas han arrojado sobre nosotros los
viejos o nuevos amos.
Hoy como hace un siglo, el 1º de mayo es una afirmación del derecho a vivir como seres
humanos, nacidos libres, pero todavía encadenados al banco de la galera asalariada,
deshumanizados por doquier. El primero de mayo es la primera fecha simbólica de un nuevo
calendario de la esperanza y de la lucha por una sociedad a la medida del hombre y no del
capital.
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