QUIERO
AGUA
No tengo estudios políticos. Pero sí humana
intuición. Y es suficiente para opinar sobre el asunto político en una época tan
superficial como la nuestra.
La política es una lucha por el poder. A veces, cruel; otras, pacífica. Pero siempre
inhumana.
Entre 1751 y 1765, se publicaron en Francia los diecisiete volúmenes de la
«Encyclopédia», «verdadero centro de una historia de las ideas en el siglo XVIII», al
decir de uno de los historiadores de¡ pensamiento francés del siglo que precedió a la
Revolución de 1789. Allí se puede leer que «el fundamento del poder es el
consentimiento de los hombres reunidos en sociedad ... el objetivo de todo gobierno es el
bien de la sociedad gobernada..., la imposibilidad de preveer todas las circunstancias en
que se encontraría la sociedad determinó a los pueblos a dar más o menos amplitud al
poder que concedían a aquellos a quienes encargaron de gobernarlos . . .», y otras
razones semejantes. Es legítimo deducir de los Enciclopedistas franceses que hoy nos
situamos en sus antípodas, sobre todo si, como ellos, se supone al poder como servicio al
pueblo.
Las elecciones de nuestra modernísima edad son un claro plagio de las antiguas
Olimpíadas griegas, con el agravante de que aquí nunca gana el mejor. La farsa electoral
que se viene montando en los últimos tiempos -y pueden serlo, además, apocalípticamente
hablando- no es otra cosa que el asentamiento democrático del vacío, apoyado en el
engañado consentimiento popular.
Salgamos a la calle; respiremos el aire de nuestras ciudades; preguntemos a los
universitarios médicos sobre la posibilidad de diagnosticar enfermedades por el minucioso
examen del iris de nuestro ojo; indaguemos -fuera de toda encuesta- las causas reales del
porqué de cada voto; desarrollemos algún tipo de teoría religiosa que no se incorpore
«in situ» a la impuesta por la iglesia oficial; hagamos caso al sol para marcar nuestras
horas; viajemos sin dinero, o realicemos alguna chiquillada de éstas y nos veremos
inexorablemente ante el vacío aludido, e, incluso, frente al comisario de turno.
La quintaesencia del hombre es el hombre mismo. Y, sin embargo, la hostilidad de la
política hacia el mamífero racional es evidente: cual toma y daca, como un traje de
quita y pon, trata así al hombre actual: «haz huelga»; «no la hagas»; «por favor,
apriétate el cinturón (para salvar la crisis económica producto de la economía de
mercado)»; «vota» o, simplemente, «no votes». Pero, siempre, «fastídiate».
Cierto que vivimos un momento de tránsito y evolución. Pero, ¿qué momento de la
Historia no lo ha sido? Además, ¿responsabilizamos, o mejor, pasamos el muerto a la Gran
Maestra?
En el transcurso de las dos últimas Eclípticas -para no decir siempre años-, la fe
política de nuestro ha mermado sensiblemente. Los cacareos parlamentarios no resuelven
-se ha visto, se ve, se verá-, los problemas reales del contribuyente.
Nuestras últimas Elecciones demuestran una vez más la necesidad de contar con todo el
mundo, por una parte, y por otra la negación de la elección en sí misma. Lo primero,
por lo que atañe a la entrada en escena de los partidos regionalistas; lo segundo, porque
tras la orgía demagógica de la campaña electoral, consumidos hasta el último céntimo
un montón de sabrosos millones, abrochada ya la bragueta de las fálicas mentiras el
Estado reposa. No hace falta haber leído los«Pronósticos» de Paracelso, ni ser un
lince, para asegurar que, en el mejor de los casos, las cosas seguirán poco más o menos.
Pero, para que nadie me tache de antipatriota, voy a trasladarme a la lejana Rusia, donde
se ha completado el fusco panorama de los comicios modernos. No habrán tenido que pensar
mucho los soviets, ciertamente, para emitir su voto: había un solo candidato. La
diferencia más sensible entre ellos y nosotros es que allí el porcentaje de votantes ha
rozado el 100% y, en nuestro caso, no hemos llegado al 70%. Hay, pues, más esperanzas de
recuperación en el suelo patrio.
A la vista de estos acontecimientos, de los logros y perezas que nos confirman como
humanos, y de la dura y larga lucha que aún nos queda por librar hasta conseguir la
auténtica libertad, frente al mundo que nos rodea y envuelve, en fin, nos quedan unos
cuantos caminos. 0 bien, nos acorderamos (que refleja mejor el sentimiento de cobardía
que acobardarse) y hacemos ley cotidiana del primer fotograma de «Tiempos modernos», que
es mucho más complejo desde el punto de vista puramente humano, pero lo mejor y más
fácil para el ente social; o nos refugiamos en un misticismo-idílico-invertido
saboreando a pleno pulmón todo el monóxido de carbono que nos echen, consumiendo todo lo
consumible -incluida nuestra vida-, y todo lo demás; o bien, empezamos de nuevo.
Hay otros remedios, naturalmente: al hombre nunca le faltan.
Sólo que cada uno tiene que buscar el suyo.
Lo único cierto es que aquí, como en cualquier otra entelequía política, aún te
pueden matar, aunque tengas catorce años, por el simple hecho de pedir agua
RAFAEL CLAUDIN
APOLOGIA DE LA INFELIDAD
Existe en ciertos medios libertarios una
efervescencia en el uso de conceptos, expresiones, frases tales como lo orgánico, lo que
marcan los estatutos, nuestros principios básicos (utilizo el adjetivo «básico» por
evitar las agrias connotaciones de la palabra «fundamentales»), lo establecido, hemos de
atenernos a lo que se dijo en el congreso de tal o de cual..., por citar algunas entre
otras muchas.
Expresiones que nunca han dejado de producirme un cierto asombro en la medida en que
entran en flagrante contradición con la vieja dialéctica ácrata fundamentada en los dos
polos: tesis y antítesis, repetidos, contrapuestos que jamás llegan a la armonización
hegeliana de la síntesis. La tesis y la antítesis libertaria no pueden permitir el
estancamiento ni en el tiempo, ni en el espacio; es la dialéctica del constante
experimentar, que negando lo establecido se proyecta hacia el futuro. Así lo orgánico,
los estatutos y todo lo que les sigue ... no puede dejar de desprender un cierto olor a
rancio inmovilismo: son como la negación de la capacidad creadora del presente.
Si hemos de ser capaces de cuestionarnos todo, el mundo, la sociedad, el Estado, el Hombre
tal y como se le concibe en la actualidad, no podemos anclarnos en la concepción y culto
a normas pasadas, no podemos observar la realidad desde el prisma de lo establecido. Está
claro que todo pensamiento crea un sistema, está claro que el nuestro, el ácrata, por
donde articula el suyo, que se diferencia por ser el sistema al margen de los demás
sistemas, que refuta su propia contradicción como tal, un sistema al borde de todos los
demás, capaz por su dinámica destructora y creativa de hundir a todos los demás en la
marcha arrolladora de su dialéctica incansable.
El anarquista, pues, no puede tener principios fijos; ésta es su esencia, su antídoto
frente al estancamiento, al inmovilismo, de estar dispuesto cuestionarse la realidad en
cada minuto de su existencia así como su relación con ella. Los nuestros serían más
bien los antiprincipios, aquéllos que se pueden cambiar, crear, destruir, siempre que
atenten de la forma más lúcida y rabiosa contra la estructura del Estado. ¡Que nadie
nos pida fidelidad! nuestra ideología consiste en ir más allá de las ideologías, y por
lo tanto camina hacia su propia destrucción, que es a la vez generación. Nietzsche
afirmó que: «El que consigue un ideal, por este mismo hecho lo supera.» Y unos años
más tarde, Ricardo Mella escribiría: «Más allá del ideal siempre habrá ideal.» Esa
es trascendencia del espiritu libertario que rechaza cualquier tipo de atadura sea moral,
física o social, que hace que nuestra libertad individual se erija por encima de todos
los principios y los dogmas, y cuya finalidad es afirmarse a sí misma, arrollando en ese
vital impulso todos los lastres de la opresión, la ética y la alineación de Poder.
Hemos de ser pues infieles con nuestros pensamientos, dispuestos a ceder a la exigencia de
tener que cambiar de opinión, de renovar constantemente nuestros puntos, de vista. Lo
demás es permanecer, estancarse, mientras el mundo camina, evoluciona hacia nuevas formas
de degradación capitalista. Nuestro pensamiento, padre de nuestra acción, porque no
existe espontaneidad sin conciencia, y acto sin idea, ha de galopar por encima del tiempo
hasta adelantar el de máquina del Estado y destrozarlo.
Es esa heterodoxia que nos confiera la infidelidad la
que nos hara volátiles inalcanzables, para los vivos tentáculos del poder que intenta
absorbernos, integrarnos, llevarnos mansamente al redil de su pestilente democracia.
La fuerza del Poder va a veces más allá de la estructura del Estado, se infiltra viscosa
en los reductos más íntimos de nuestra existencia, se convierte como decía Artaud en
poder escolar, en poder familiar, en poder falocrático en la pareja e incluso en el poder
represivo del super-yo, en el individuo, de los que sólo podremos liberarnos a través de
esa elevación autónoma de nuestro espíritu, guía de nuestra praxis, para no ser
consumidos reducidos a carbón.
La infidelidad es, pues, la enemiga del sentimiento de posesión, del fácil deseo
inmovilista, el acicate agil de nuestra mente que nos impulsa más allá de lo
convencional y normativo hacia nuestra propia libertad.
IDILIO LIZCANO
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