LUCIANO
PELLICANI
Ponencia en el Congreso Internacional
de Estudios sobre Bakunin. Traducido de "Interrogations", num. 9.
Uno de los fenómenos sociales más
relevantes de¡ siglo XX ha sido, sin duda, el acceso al pleno poder político de una
«Nueva clase» que los marxistas no preveyeron y que, en cambio, los anarquistas -sobre
todo Bakunin y Machjaski-«adivinaron» con sorprendente precisión, escavando en las
vísceras del movimiento obrero (1). El fenómeno, y la previsión de¡ mismo, todavía no
han conquistado el estadio de plena ciudadanía en la cultura contemporánea. Sucede que,
la difusión del marxismo y su hegemonía cultural, han deformado sensiblemente el sistema
de percepción de la mayoría, provocando una auténtica ceguera intelectual bastante
difícil de curar desde el momento que, quien la padece, está completamente convencido de
tener en su mano la clave para entender el significado real de todos los acontecimientos
pasados, presentes y futuros.
El asunto, sin embargo, no puede sorprender visto que ha sido precisamente el marxismo
quien ha proporcionado a esta «nueva clase» las armas ideológicas para conquistar, y
tener bien amarrado, el poder. Dicho de otra manera: el marxismo no sólo ha impedido la
rápida percepción de la revolución burocrático-managerial que ha llevado a lo más
alto de la jerarquía social a la oligarquía del saber y de la competencia
técnicoadministrativa, sino que la ha permitido o, al menos, consolidado, poniendo a
disposición de los «nuevos patrones» la fórmula política ideal para legitimar, ante
ellos mismos y ante el pueblo, su dominio de clase.
Antes que nada, debemos someter a discusión uno de los lugares comunes (tópicos) más
difundidos pero al mismo tiempo, más mixtificados, por el cual la naturaleza real del
comunismo continúa estando oculta o presentándose distorsionada. Este lugar común -que
en muchos ambientes políticamente «avanzados» se ha convertido en un verdadero test
para detectar rápidamente a los enemigos del socialismo-, es puede formular así: el
marxismo en la ideología («científica», naturalmente) del proletariado industrial, el
cual gracias a ella ha conquistado el poder en algunos países -bautizados arbitrariamente
como socialistas-, y hoy se presente en otros como el heredero histórico de la burguesía
capitalista.
TODO EL PODER PARA EL ESTADO-PARTIDO
Las cosas, naturalmente, son del todo distintas, de
forma que es puede decir que raramente una proposición estuvo más lejos de la realidad
que ésta, y por tanto es más mixtificadora de la identidad histórica entre marxismo y
clase obrera, entro alternativa comunista y emancipación de los trabajadores. Aquí, la
realidad está literalmente trastocada, como en una cámara oscura gracias a una
desviación que está considerada uno de los productos más estupefacientes del poder de
engaño , y autoengaño, de que el hombre dispone. La «desviación» dice que el marxismo
expresa puntualmente los intereses de la clase trabajadora; la historia, en cambio,
demuestra que las revoluciones comunistas han llevado el poder a una nueva oligarquía que
monopoliza las funciones directivos de la vida social, gracias al control de los recursos
intelectuales, cognoacitivos y técnicos (saber es poder). Este nueva clase dominante,
está conformada por burócratas, managers, técnicos y científicos, es decir, por un
mosaico de grupos bastante diferenciados, pero sin embargo, lo suficientemente homogéneos
en el monopolio del «conocimiento» que es la base de su supremacía social y política.
Por otra parte, esta oligarquía de¡ «conocimiento» ha podido establecer una forma de
dominio total en el momento en que las revoluciones hechas en nombre de la doctrina de
Marx han concentrado todo el poder en el Estado-Partido que, por sí mismo, se ha
convertido en el regulador de la vida social.
Desde el punto de vista del materialismo histórico, un fenómeno similar es inexplicable,
desde el momento que la existencia de las clases se hace coincidir con la existencia de la
propiedad privada. Y, en efecto, los marxistas ortodoxos, o niegan la existencia de la
nueva clase dominante en la llamada sociedad socialista, o se ven obligados a considerar
el dominio totalitario de la burocracia y de la inteligencia managerial, como una
degeneración o una excrecencia pasajera, destinada a desaparecer en el momento que el
proletariado se apropie del poder usurpado por los funcionarios del Partido comunista (2).
BAKUNIN SE ANTICIPO
Lo que pasa es que la «nueva clase», descrito en
términos más o menos análogos por Bruno Rizzi, James Burham, Max Sachtman y Milovan
Djilas (3), no sólo existe, sino que presenta una estabilidad tal que difícilmente su
conformación puede presentarse como una desviación de aquel tráfico en una sola
dirección que es, según los marxistas, la Historia. Además, la formación de una nueva
clase dominante en el seno de las organizaciones obreras hegemonizadas por los marxistas,
fue prevista, con bastante anticipación, por Bakunin que continuamente ponía en guardia
a los trabajadores europeos, acerca de la «burocracia roja». El mismo Bakunin intuyó
que a través de los sistemas autoritarios y centralistas de Marx no se podría verificar
la emancipación (prometida) de la clase obrera, sino, por el contrario, la instauración
de una nueva forma de dominio de clase basado, ya no en la propiedad privada de los medios
de producción, sino más bien en el monopolio del saber y en la estatalización integral
de la vida social. Vio, con notable antelación, que en el marxismo estaban todos los
«bacilos» que podrían, si no eran rápidamente identificados los anticuerpos,
«pervertir» las relaciones populares. De aquí, su constante polémica contra los
doctrinarios marxistas, en los cuales veía los «nuevos patronos» de la sociedad futura,
la oligarquía que, utilizando el movimiento obrero como trampolín, instauraría, sobre
los despojos del Estado popular, propia dictadura de clase.
Bakunin llegó a esta notabilísima anticipación del futuro desarrollo del comunismo,
analizando dos órdenes de fenómenos: la presencia, en el seno del movimiento obrero
europeo, de una plétora de intelectuales proletarizados en busca de poder, y la
particular naturaleza, autoritaria y doctrinario al tiempo, del marxismo. Sucesivamente,
fue relacionando estos dos fenómenos -inteligencia alienada o ideología marxista-, y vio
rápidamente el resultado político que, combinados, podían producir: la
«colonización» de la clase obrera por parte de los revolucionarios doctrinarios, a la
que seguiría, en donde se hubiera producido una revolución popular victoriosa, la
dictadura de los intelectuales sobre la masa proletaria.
II
¿Qué fue lo que permitió a Bakunin anticipar la
involución, en sentido oligárquico y clasista, de la revolución comunista? Sin duda,
una idea del poder mucho más realista que aquella sobre la que se apoya todo el imponente
edificio de la sociología marxiana. Según ésta, la única fuente del poder del hombre
sobre el hombre, es la propiedad privada que, convulsionando la solidaria y compacto
comunidad primitiva, ha desencadenado la guerra de clases, descrito por Engels en los
siguientes términos: «El Poder de la comunidad natural debía ser quebrantado, y, en
efecto, lo fue. Y fue quebrantado por influencias que aparecen, desde el principio, como
una degradación y una culpable caída de la simple altura de la comunidad gentilicio. Los
más bajos intereses -vulgar avidez, brutal concupiscencia de goces, sórdida avaricia,
rapiña egoísta de la propiedad común-, inauguraron la nueva sociedad incivilizado, la
sociedad de clases» (4). El agente histórico que desintegró la unidad intelectual y
moral de la humanidad primitiva fue, la propiedad privada que la teoría asume, por sí
misma, como origen del mal radical. Así, a la doctrina cristiana del pecado original que
encuentra en el corazón humano las raíces del mal radical, Marx y Engels contrapusieron
una versión «actualizada» de la doctrina gnóstica de la caída y la alienación. Una
doctrina exquisita e irremediablemente mítica, pero indispensable porque sin ella todo el
edificio teórico marxista se tambalea, y se tambalea, sobre todo, la esperanza
metastática de crear la sociedad sin clases y sin Estado a través de la supresión de la
propiedad privada.
SUPRIMIDA LA PROPIEDAD, SIGUE EL PODER
El razonamiento que está detrás de esta singular
concepción del poder tomado directamente de Rousseau, Morelly y Babeuf, es el siguiente:
el dominio del hombre por el hombre no tiene raíces psicológicas, sino económicas y
sociales. Y esto está estrechamente unido a la situación de penuria en que los hombres
se encuentran frente a la naturaleza y la institución de la propiedad privada. Removido
el primer obstáculo que es interpone entro la sociedad clasista y la sociedad sin clases
gracias a la revolución industrial -de aquí la exaltación mística de Marx por el
desarrollo de las fuerzas productivas en las que veía la condición sine qua non para
emancipar al hombre de la esclavitud y librarlo del mal-, ya no queda más que eliminar la
propiedad privado, es decir colectivizar todos los medios de producción.
Colocado en estos términos el problema de la edificación del socialismo es de una
simplicidad exaltante: basta suprimir los expropiadores y la humanidad antes o después.
Incluso a través de luchas intensas y dramáticas, encontrará su perdida unidad
original. A Marx y a los marxistas, la idea de que la dictadura de transición pudiera
llegar a transformarse en una nueva forma de dominio clasista, les parecía un auténtico
absurdo. ¿No era la propiedad privada la única fuente del poder? Entonces, ¿cómo iba a
ser posible la existencia del Estado y de las clases en una sociedad privada de la fuente
del mal radical? Como se sabe éste fue el razonamiento que hizo Trotsky frente a lo que,
con expresión reveladora, llamaba «usurpación burocrática» del poder en perjuicio de
la clase obrera; y éste continúa siendo el razonamiento, más o menos explícito, de los
marxistas, para los cuales, incluso cuando las sociedades comunistas recurren al terror,
al lavado de cerebro, a la persecución de disidentes y a la represión de cualquier forma
de protesta por parte de la clase obrera, conservan una superioridad moral indiscutible.
MISTICISMO ENMASCARADO COMO CIENCIA
Todo esto ocurre porque los marxistas están
convencidos de que el mal radical no es inherente a la naturaleza humana, sino el producto
de una institución -la propiedad privada- que ha pervertido cada cosa y que debe ser
sorprendida hasta devolver a la unidad lo que ella ha dividido. Sólo entonces, la
realidad volverá a ser lo que era en su origen: una totalidad perfectamente armónica.
Como se ve, nos encontramos frente a un verdadero dogma teológico, o artículo de fe, con
el cual el marxismo se identifica todo corde -tanto que está dispuesto a defenderlo con
todos los medios, sin excluir la persecución de los pocos creyentes o de los heréticos-,
ya que de él depende la posibilidad de la salvación de la humanidad. De hecho sólo
puede ser liberada redimida, sin ayuda de ninguna potencia externa, si el mal es externo a
la naturaleza humana. Estamos en plena soteriología gnóstica (6).
Este misticismo enmascarado hábilmente como ciencia, fue rápidamente denunciado por los
anarquistas que, contrapusieron a la teoría marxiana del poder la siguiente concepción:
«El Estado no es, de ningún modo, un producto orgánico de la sociedad, ni la
consecuencia de los antagonismos de clase, sino su causa ... El carácter insostenible de
la hipótesis del nacimiento del Estado, y sobre todo, el rechazo en la utopía marxista
de la «supresión» del Estado a través de¡ desarrollo dialéctico de¡ proceso de
producción, tienen, como consecuencia, una postura completamente distinta acerca de la
cuestión del camino al socialismo, o sea a una sociedad cualificada, de pleno derecho,
como sociedad sin clases y sin Estado. El socialismo anarquista considera como un hecho
adquirido que la historia es la historia de la lucha de clases y reconoce, con Marx, que
es deber del proletariado suprimir los antagonismos de clase llevando la lucha contra la
clase capitalista hasta el final abatiendo el monopolio de su potencia económica. Pero
este monopolio ha sido posible a través de un monopolio de¡ poder, es decir, con la
fuerza organizada como Estado que, en primer lugar, le ha hecho nacer y después, con este
monopolio, le ha permitido un desarrollo siempre mayor: de aquí la necesidad de destruir
tanto el monopolio del Estado político como el monopolio económico» (7).
Los marxistas, obviamente, han seguido una vía opuesta a la indicada por los anarquistas
y, en perfecta armonía con su concepción de la naturaleza y del origen del mal radical,
han instaurado, allí donde han triunfado, un Estado que suma el monopolio del poder
político y el monopolio del poder económico. De tal forma que se ha llegado no a la
supresión del Estado por parte de la sociedad, sino a todo lo contrario: la supresión de
la sociedad por parte del Estado, o lo que es igual la instauración de un sistema
totalitario gestionado por una oligarquía que monopoliza el know-how y controla todas las
manifestaciones de la vida social gracias a una omnipresente máquina
burocrático-managerial. Así un error técnico -la arbitraria identificación de poder y
propiedad privada- ha generado un proceso político que ha llevado a un resultado
completamente opuesto al prometido por los marxistas y previsto «científicamente» en la
doctrina.
Bakunin fue el primero en prever con extrema precisión la desembocadura
burocrático-totalitaria de la revolución marxista, precisamente porque comprendió que
la propiedad privada de los medios de producción no es, en absoluto, la única fuente del
poder y que, este último, puede surgir como producto espontáneo de la organización y
del monopolio del saber. Suprimiendo la propiedad privada sin desmantelar las estructuras
políticas -esta es en síntesis, su profecía (prognosis)- los marxistas automáticamente
«exaltarían» a los gestores de la máquina burocrática estatal y a los grupos sociales
en posesión de un patrimonio cognoscitivo superior al de los simples trabajadores. Esto
le permitió no sólo prever el final clasista de la instauración de la dictadura
revolucionaria, sino también individuar en el marxismo a la ideología de la inteligencia
marginal que aspiraba a instaurar su propio dominio de clase expropiando, en nombre del
pueblo, a los capitalistas.
III LA MENTIRA DE LA «DICTADURA PROVISIONAL»
Examinemos ahora más de cerca la fisonomía de la
interpretación bakuniniana del marxismo como ideología de clase de la inteligencia
proletarizada.
Las críticas de Bakunin se refieren en primer lugar a la concepción marxiana de la
dictadura de¡ proletariado. «Si el proletariado -escribe el gran anarquista ruso- se
convertirá en la casta dominante, ¿sobre quién dominará? Esto significa que quedará
todavía otro proletariado sometido a esta dominación, a este nuevo Estado. Este es el
caso, por ejemplo, de la masa campesina que, como se sabe, no goza de la benevolencia de
los marxistas y que, al encontrarse en el grado más bajo de cultura, será evidentemente
gobernada por el proletariado de la ciudad y de la fábrica; o quizá, si consideramos la
cuestión desde el punto de vista nacional, tomando a los eslavos con relación a los
alemanes, los primeros estarán con relación al proletariado alemán victorioso, bajo
idéntica sujeción que estos últimos se encontraban con relación a su burguesía. Donde
hay Estado hay inevitablemente dominación y, como consecuencia, esclavitud; el Estado sin
esclavitud, abierta o enmascarada, es inconcebible; por eso somos enemigos del Estado.
¿Qué quiere decir que el proletariado se ponga a la cabeza del gobierno? ¿Que todo el
pueblo gobierne y que no haya gobernados? En este caso, no habrá gobierno, no habrá
Estado; pero si hay Estado habrá gobernados, habrá esclavos» (8).
La objeción, como se ve, no es banal, y será repetida muchas veces por los anarquistas
contra los partidarios de la concepción estatocéntrica de la edificación del
socialismo. Pero lo que resulta más interesante e instructivo en el análisis bakuninista
de la teoría marxiana de la dictadura del proletariado es la individualización de los
peligros insertos en la transformación de la mentalidad de la élite revolucionaria,
apenas se habrá posesionado de la máquina estatal. Se sabe que en el marxismo las
variables psicológicas se borran, o más exactamente, se reducen a manifestaciones de la
corrupción de la humanidad generadas por la propiedad privada; con la consecuencia de que
la idea de que también en una sociedad privada de propiedad privada pueda formarse una
clase con intereses y mentalidad distinta de la masa de trabajadores, se descarta
desdeñosamente como un prejuicio burgués reaccionario y anticientífico. Bakunin, en
cambio, advierte rápidamente que las cosas son de forma diversa a como las imagina el
marxismo, es decir que la tendencia egoísta y autoritaria de la naturaleza humana no
deriva de la existencia de la propiedad privada. Y continúa: «Este dilema está resuelto
simplisimamente en la teoría marxiana. Por gobierno popular ellos entienden el gobierno
del pueblo por parte de un pequeño número de representantes elegidos por el pueblo, por
los llamados representantes del pueblo y los gobernantes del Estado; esta es la última
palabra de los marxistas al igual que de la escuela democrática, es una mentira que
esconde el despotismo de una minoría dirigente más peligrosa porque se presenta como la
expresión de la llamada voluntad del pueblo. Así, desde cualquier parte que se examine
esta posición, se llega siempre al mismo desagradable resultado: al gobierno de la
inmensa mayoría de las masas populares por parte de una minoría privilegiada. Pero esta
minoría, nos dicen los marxistas, será de trabajadores. Si, ciertamente, de ex
trabajadores que, apenas se conviertan en gobernantes o representantes de los
trabajadores, dejarán de ser trabajadores y mirarán al mundo del trabajo manual desde lo
alto del Estado; no representarán ya, desde aquel momento, al pueblo sino a sí mismos y
sus pretensiones de querer gobernar al pueblo. El que dude de esto no conoce nada de la
naturaleza humana» (9).
La teoría de la dictadura preparatoria se denuncia así como un sofisma tan peligroso
como de graves consecuencias en abierto conflicto con el fin último de¡ socialismo, que
es liberar al hombre. Y se critica de paso, con extrema precisión, la irreal concepción
de la naturaleza humana que sirve de fondo antropológico a tal doctrina. El Estado de
transición -dice Bakunin-, generará automáticamente una clase dominante en la que el
ejercicio del poder incidirá en la psicología de los ex trabajadores y de los
doctrinarios y los transformará en gobernantes, con todos los defectos típicos de las
clases privilegiadas. En este sentido, la tesis de Bakunin es extremadamente radical: o se
destruye el Estado o se tiene que aceptar «la mierda más vil y temible de nuestro siglo:
la burocracia roja» (10).
( 1 ) N. Berti: «Anticipación anarquista sobre "nuevos patronos"
(«Interrogations». Marzo-78).
(2) P. Naville: «Burocracia y revolución» (Jaca Book, Milán-1973) y D. Russet: «La
societé eclatée» (Grasset, París-1973.
(3) B. Rizzi: El Colectivismo burocrático (Galeati, Imola, 1969).
(4) F. Engels: El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. P. 100.
(6) L. Pellicani: «El revolucionario profesional» (Vallecchi, Florencia, 1975).
(7) A. Lehning: «Marxismo y anarquismo en la Revolución rusa» (Ed. Antístato, Cesena,
1973).
(8) M. Bakunin: «Estatismo y anarquía».
(9) Ibídem
(10) Correspondencia de M. Bakunin (Perrin et Cie. París, 1896).
Inicial
- Índice |