Cuando
Safón empezó su trabajo no sospechaba que iba a descubrir que la pedagogía anarquista
sufrió durante la guerra civil el mismo problema que el de la autogestión: la
participación gubernamental con la mediatización de la base por una parte, y la lucha
por una escuela antiautoritaria sin tabues de ninguna especie, por otra.
Sin embargo, nada por el estilo parecía estar en la enseñanza ferrerista, aplicación de
principios anarquistas de Robin, compartidos por todos al final del siglo XIX. Tampoco
Peirats en su importante contribución «La C.N.T. en la revolución española» aludía a
nada semejante.
Pero antes de entrar de lleno en el problema, hay que recalcar que Safón no se limita al
problema anarquista, sino que aborda la enseñanza libertaria (con toda la imprecisión
que implica libertario: puro anarquismo para unos, cierta liberalización para otros).
Destaca el esfuerzo, la ayuda a la educación que fue más pujante, durante la guerra, o
sea cuando las condiciones eran más contrarias, que es una prueba más del entusiasmo
profundo que hubo.
Si los gobiernos de izquierdas crearon 10.786 escuelas y los de derechas 4.174, en plena
guerra hubo 7.578, de las cuales 2.185 en Cataluña (p.33). Se luchaba contra el
analfabetismo en el frente, donde maestros voluntarios enseñaban y daban charlas (una
cartilla de lectura fue tirada a 150.000 ejemplares p.60). En Cataluña, en Barcelona en
junio de 1936 había 30.000 inscritos y a partir de septiembre de 1936 había 125.000, que
fueron acogidos en su totalidad, 80.000 de ellos seguían clases en el CENU (Comité de la
Escuela Nueva Unificada), organismo creado el 27 de julio de 1936 y animado hasta el final
por el cenetista y conocido ferrerista Puig Elías, lo que hizo creer que el CENU era
anarquista.
De hecho, la impulsión docente que apareció durante la guerra -lo mismo en Cataluña,
con el CENU que en España fue de dos tipos: el deseo de salvar de la destrucción de la
guerra los tesoros artísticos y culturales (lo que no deja de ser gracioso cuando se
compra con la facilidad con que los republicanos dieron el oro del Banco de España a la
URSS), y el ansia de saber, con un fin clasista muy neto.
El resultado práctico fue el encuadramiento rígido y estricto de los niños. Así Puig
Elías declaraba «que en ninguna época del año anden los niños vagando por las calles
donde les acechan tantos peligros de orden físico y moral. Así este año hemos suprimido
las vacaciones»(p.100). En el diario de una escuela que Safón comenta (p.112-115) se lee
«Consejos que debemos seguir los niños de esta residencia: 1º- obedecer a los
profesores y personas mayores; 2º- obedecer las llamadas de los timbres; 3º - no correr
por los pasillos ( ... ), la clase pesadilla de los holgazanes, cárcel para los niños
enclenques, martirio del niño irreflexivo».
Es innegable que hubo un progreso increíble en el plano de la higiene, de la enseñanza
como comunicación del saber, en el trato con el alumnado (supresión general al parecer
de los castigos corporales), pero se mantenía una jerarquía, un utilitarismo riguroso.
La pauta parece claramente expresada: «El gobierno del Frente Popular ha creado miles de
becas para costear los estudios de todos los hijos del pueblo que acrediten su talento
...»(p.43);« ... no pueden abrirse las puertas de nuestras universidades a estudiantes
que sustenten ideologías políticas simpatizantes con la subversión» (p.50). Y basta
ver la utilización de tales criterios en los países del Este para ver el resultado:
estudio de los antepasados a nivel profesional y político para poderse matricular en
escuelas importantes, siendo compensadas las «mancillas y borrones» por la corrupción,
el enchufe. Con la disculpa de combatir el oscurantismo, se creaba otro: ya Góngora a los
veinte años fue molestado por tener una abuela judía convertida; a los 40 años se
repetía la encuenta de un abuelo campesino, o un tío emigrado ...
Pero aparte de esta desviación inevitable, de haber triunfado los republicanos, tanto los
republicanos, como el CENU de Puig Elías iban al «objetivo principal (de) alcanzar, por
un proceso dirigista un alto y válido nivel técnico e intelectual, algo semejante a una
suerte de jovellanismo estajanovista: supeditar a la producción el individuo. Además,
por socialista que sea la teoría de la fe en el trabajo y en la productividad, parece
más bien surgir de un residuo de la percepción capitalista del mundo, en el sentido más
extenso de la palabra». (p.163).
Frente a esta estatización de la enseñanza, más eficaz con los republicanos que con los
monárquicos, los anarquistas trataban de crear escuelas «racionalista», de tipo Ferrer,
al margen del Estado, puesto que «La Escuela Nueva Unificada no tiene parentesco alguno
con la Escuela Moderna. . .» (p. 151). Pero, que, más que en otras actividades, faltaban
maestros, y con las movilizaciones hubo todavía menos.
En un artículo sobre los maestros, reproducido íntegro, se lee: «La pedagogía,
considerada hasta hoy como ciencia, debe entenderse y sentirse como arte; debe apoyarse en
esta disposición íntima y creadora que se llama inspiración.» «El maestro inspirado
amará no sólo a los niños en abstracto; amará a cada niño, aprenderá de cada niño,
sabrá enseñar a cada niño» y lo principal, a mi modo de ver «Se evitarán estas
nefastas estimulaciones exteriores de recompensa y castigos, esta mezquina competición,
esta rivalidad de la pretendida emulación.
Un documento final hace una comparación de las soluciones revoluciones, ambiguas y
contrarrevolucionarias asociando 6 problemas: la guerra, la cultura, el orden público, la
economía, la vida local, las relaciones (económico-políticas), siendo el pueblo en
armas, la escuela racionalista, la socialización total (autogestión) y el municipio
libre los pilares de la revolución.
La obra de Safón nos restituye otro aspecto del anarquismo durante la guerra de España.
FRANK MINTZ
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