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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 14

Educación en la España revolucionaria. Ramón Safón. Ed. La Piqueta (1978)

Cuando Safón empezó su trabajo no sospechaba que iba a descubrir que la pedagogía anarquista sufrió durante la guerra civil el mismo problema que el de la autogestión: la participación gubernamental con la mediatización de la base por una parte, y la lucha por una escuela antiautoritaria sin tabues de ninguna especie, por otra.

Sin embargo, nada por el estilo parecía estar en la enseñanza ferrerista, aplicación de principios anarquistas de Robin, compartidos por todos al final del siglo XIX. Tampoco Peirats en su importante contribución «La C.N.T. en la revolución española» aludía a nada semejante.

Pero antes de entrar de lleno en el problema, hay que recalcar que Safón no se limita al problema anarquista, sino que aborda la enseñanza libertaria (con toda la imprecisión que implica libertario: puro anarquismo para unos, cierta liberalización para otros).

Destaca el esfuerzo, la ayuda a la educación que fue más pujante, durante la guerra, o sea cuando las condiciones eran más contrarias, que es una prueba más del entusiasmo profundo que hubo.

Si los gobiernos de izquierdas crearon 10.786 escuelas y los de derechas 4.174, en plena guerra hubo 7.578, de las cuales 2.185 en Cataluña (p.33). Se luchaba contra el analfabetismo en el frente, donde maestros voluntarios enseñaban y daban charlas (una cartilla de lectura fue tirada a 150.000 ejemplares p.60). En Cataluña, en Barcelona en junio de 1936 había 30.000 inscritos y a partir de septiembre de 1936 había 125.000, que fueron acogidos en su totalidad, 80.000 de ellos seguían clases en el CENU (Comité de la Escuela Nueva Unificada), organismo creado el 27 de julio de 1936 y animado hasta el final por el cenetista y conocido ferrerista Puig Elías, lo que hizo creer que el CENU era anarquista.

De hecho, la impulsión docente que apareció durante la guerra -lo mismo en Cataluña, con el CENU que en España fue de dos tipos: el deseo de salvar de la destrucción de la guerra los tesoros artísticos y culturales (lo que no deja de ser gracioso cuando se compra con la facilidad con que los republicanos dieron el oro del Banco de España a la URSS), y el ansia de saber, con un fin clasista muy neto.

El resultado práctico fue el encuadramiento rígido y estricto de los niños. Así Puig Elías declaraba «que en ninguna época del año anden los niños vagando por las calles donde les acechan tantos peligros de orden físico y moral. Así este año hemos suprimido las vacaciones»(p.100). En el diario de una escuela que Safón comenta (p.112-115) se lee «Consejos que debemos seguir los niños de esta residencia: 1º- obedecer a los profesores y personas mayores; 2º- obedecer las llamadas de los timbres; 3º - no correr por los pasillos ( ... ), la clase pesadilla de los holgazanes, cárcel para los niños enclenques, martirio del niño irreflexivo».

Es innegable que hubo un progreso increíble en el plano de la higiene, de la enseñanza como comunicación del saber, en el trato con el alumnado (supresión general al parecer de los castigos corporales), pero se mantenía una jerarquía, un utilitarismo riguroso.

La pauta parece claramente expresada: «El gobierno del Frente Popular ha creado miles de becas para costear los estudios de todos los hijos del pueblo que acrediten su talento ...»(p.43);« ... no pueden abrirse las puertas de nuestras universidades a estudiantes que sustenten ideologías políticas simpatizantes con la subversión» (p.50). Y basta ver la utilización de tales criterios en los países del Este para ver el resultado: estudio de los antepasados a nivel profesional y político para poderse matricular en escuelas importantes, siendo compensadas las «mancillas y borrones» por la corrupción, el enchufe. Con la disculpa de combatir el oscurantismo, se creaba otro: ya Góngora a los veinte años fue molestado por tener una abuela judía convertida; a los 40 años se repetía la encuenta de un abuelo campesino, o un tío emigrado ...

Pero aparte de esta desviación inevitable, de haber triunfado los republicanos, tanto los republicanos, como el CENU de Puig Elías iban al «objetivo principal (de) alcanzar, por un proceso dirigista un alto y válido nivel técnico e intelectual, algo semejante a una suerte de jovellanismo estajanovista: supeditar a la producción el individuo. Además, por socialista que sea la teoría de la fe en el trabajo y en la productividad, parece más bien surgir de un residuo de la percepción capitalista del mundo, en el sentido más extenso de la palabra». (p.163).

Frente a esta estatización de la enseñanza, más eficaz con los republicanos que con los monárquicos, los anarquistas trataban de crear escuelas «racionalista», de tipo Ferrer, al margen del Estado, puesto que «La Escuela Nueva Unificada no tiene parentesco alguno con la Escuela Moderna. . .» (p. 151). Pero, que, más que en otras actividades, faltaban maestros, y con las movilizaciones hubo todavía menos.

En un artículo sobre los maestros, reproducido íntegro, se lee: «La pedagogía, considerada hasta hoy como ciencia, debe entenderse y sentirse como arte; debe apoyarse en esta disposición íntima y creadora que se llama inspiración.» «El maestro inspirado amará no sólo a los niños en abstracto; amará a cada niño, aprenderá de cada niño, sabrá enseñar a cada niño» y lo principal, a mi modo de ver «Se evitarán estas nefastas estimulaciones exteriores de recompensa y castigos, esta mezquina competición, esta rivalidad de la pretendida emulación.

Un documento final hace una comparación de las soluciones revoluciones, ambiguas y contrarrevolucionarias asociando 6 problemas: la guerra, la cultura, el orden público, la economía, la vida local, las relaciones (económico-políticas), siendo el pueblo en armas, la escuela racionalista, la socialización total (autogestión) y el municipio libre los pilares de la revolución.

La obra de Safón nos restituye otro aspecto del anarquismo durante la guerra de España.

FRANK MINTZ

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