Los militares han hecho de Uruguay, en los últimos cinco años, el país
del horror absoluto Según los datos recogidos por numerosos organismos internacionales se
estima, que en estos momentos, el uno por ciento de la población -entre los que se
encuentra un elevado número de mujeres- han pasado por las manos de los torturadores.
La tortura ha llegado en Uruguay, bajo la dirección de oficiales entrenados primero en
escuelas americanas y posteriormente en Brasil, a un grado de sofisticación desconocido,
después de las experiencias nazis. Entre los torturadores uruguayos, la muerte está
considerada como «un accidente técnico». Las víctimas deben «vivir». Mucho tiempo.
La tortura se practica bajo control médico. Hay doctores, psicológos y, en algunos
centros, psiquiatras de servicio, que saben colocar al «Sujeto» en condiciones de que la
tortura consiga el máximo efecto, sin sobrepasar la dosis fatal. Hacen sobre las
víctimas descubrimientos científicos» relativos a los grados de dolor, los niveles de
resistencia. Han establecido, por ejemplo, que un único polo de dolor conduce más
rápidamente a la muerte que varias torturas simultáneas, aplicadas en diferentes partes
del cuerpo. Los electrodos sobre las partes genitales, pertenecen ya a la prehistoria: en
Montevideo, se fijan al mismo tiempo en los labios, la boca y los ojos.
El médico encargado de vigilar las torturas interviene cuando el sujeto se encuentra al
borde del accidente cardíaco, a punto de morir de agotamiento -como esas víctimas que
deben permanecer días enteros sin comer, beber ni moverse-, o se está asfixiando en el
cubo de excrementos, en que se ha sumergido su cabeza, hasta que el cuerpo cae inanimado.
Los sujetos demasiado «estropeados» por las primeras fases de torturas violentas, con
las que los militares presumen de «romper» los individuos, son cuidados en un hospital y
puestos nuevamente en pie antes de hacerles regresar a la cámara de torturas. Antes de
una nueva «sesión», se acostumbra hacer escuchar a la víctima sus propios gritos
registrados en sesiones procedentes, al objeto de que se prepare para lo que le espera
nuevamente. Los «tratamientos» en un mismo prisionero, se prolongan en ocasiones durante
varios meses. Los cadáveres resultan demasiado molestos, sobre todo en el caso de los
prisioneros políticos que podrían suscitar una reacción en la opinión internacional.
Por eso, los militares tienen una doctrina: torturar no hasta la muerte, sino únicamente
hasta la locura.
Hoy en día, Uruguay es, con Indonesia, el país que tiene una mayor proporción de
prisioneros políticos, de todo el mundo. Es al mismo tiempo, el país en que la
población disminuye más rápidamente: alrededor de un quince por ciento de los uruguayos
han huido al extranjero. Bajo el efecto del terror absoluto que los militares han
impuesto, Montevideo se ha convertido en la ciudad más siniestra del cono sur de América
latina. No quedan, prácticamente, abogados para defender a los prisioneros políticos.
Cuarenta y cinco de ellos han sido hechos prisioneros, torturados, muertos o están en el
exilio. Uno de los últimos que quedaba ha huido este año. Los militares le habián
prevenido: si continuaba ocupándose de la defensa de los «políticos» le aplicarían
uno de sus «castigos» favoritos: la castración...
LOS MILITARES TORTURAN
Según un Informe de Amnistía Internacional, fechado
el 27 de febrero último, basado en testimonios de un ex-teniente del ejército uruguayo,
el 90% de los oficiales del país están implicados. El ex-oficial Julio César Cooper, de
35 años, presentó su testimonio durante una conferencia de prensa, celebrada en Ginebra
y organizado por la Sección Suiza de A.I.
Cooper dijo en sus declaraciones: «En nuestra unidad existía un cuadro de dos jefes y
trece oficiales. De esos 15, puedo afirmar que solamente dos no intervinieron en la
tortura». Cooper afirmó también que, de acuerdo con los datos que él posee, ningún
militar responsable de torturar presos ha sido castigado en Uruguay, y que el personal
militar que rehusa torturar, o que trata de impedir que otros torturen, es perseguido y
procesado.
El testimonio escrito de Julio César Cooper incluye los nombres de 21 víctimas de
torturas, y de 17 oficiales involucrados en esta práctica, o responsables de arrestos
ilegales y secuestros.
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