«¿De
qué puede ir el próximo AGORA?» -nos decíamos al empezar a pensar estas páginas que
ahora, lector amigo, lees llenas de palabras-. «Hay tantos temas urgentes, tantos asuntos
de los que es necesario decir otra cosa ... »
-«Yo, la verdad, estoy cansado. Siempre corriendo detrás de la realidad esa.»
-« Tampoco tengo yo alma para empezar a darle ahora vueltas a las municipales, a la cosa
organizativa ni a ningún otro tema "importante". Estoy harto.»
-Pues bien empezamos.. ., ¿no está nadie con ánimos?
-... (?) ..., (silencio, miradas...)
-¡Oye!, ¿y por qué no hablamos de ese desánimo?
Pues dicho y hecho. Lo que empezó siendo mesa de redacción vino a dar en tertulia para
acabar desenlazándose en una nube: confesiones, poemas, encuentros, toques de teléfono,
recuerdos, balbuceos, ... Y contando el desaliento, el aliento se recuperaba, volvía el
respirar; poder verbalizar el desencanto -narrarlo, poetizarlo o representarlo- conseguía
encantarlo, conjurarlo. Una actividad febril nacía de la fatiga. Fruto suyo son estas
páginas, aunque como tales páginas sólo nacieron al final, cuando caímos en que de tan
personales las palabras dichas hablaban a todos (eran publicables) ... porque hablaban de
todos.
No, hablar del desmayo no es urgente, ni siquiera necesario, quizá ni sea pertinente, ...
es incluso perfectamente impertinente. «Frena la combatividad de la gente» dirán los
inasequibles al desaliento, los que ya no se atreven a preguntarse ni por qué combaten,
ni quién es la gente. «¿Por qué no se guardarán la miseria para ellos?», rezongará
quien de tanto reservarse la suya ya no consigue ocultar el hedor. «Hay que plantear
temas objetivos, análisis y no poemas, consignas y no lamentos», esclarecerá quien con
sus marmóleos discursos objetivos sólo consigue exhibir su aniquilación como sujeto.
Como la mierda, el sexo o el hijo subnormal, el desánimo debe ocultarse a las visitas, y
hasta a los íntimos. Está prohibido mostrarlo, ¡cuanto no más solazarse en él!
Pero es que además el desánimo es objetivo, objetivo y generalizado, ya sea en forma de
chasco, desencanto, decepción o desaliento; ya como simple fastidio, desazón o
apocamiento. No hay más que quedar en casa y escucharse, o salir a la calle y mirar, o
leer el periódico, o charlar y oír. «En mi empresa éramos dos ácratas y nos comíamos
el mundo, ahora somos veinte y no sabemos qué hacer» ... «Ahora va uno viendo cómo lo
que parecía imposible era realmente imposible» .. . «Estamos jodidos porque nos lo
merecemos, es que la marcha ésta nos va cantidad: una panda de masocas todos» .. .
«¿Desilusionado yo? ¡Qué va! Sabía que iba a pasar esto, nunca me ilusioné con
nada» ... «No sé si habrá decepción general, me la suda mucho. ¿La mayor que he
tenido últimamente? Pues quedé con un tío y no vino»...
Ahora empiezo a verme cuando sea viejecita, con el cordelito al cuello y la mesa camilla»
...
Ciertamente también hay ilusiones, nuevas o eternas ilusiones. Las nuevas son ya más
modosas, las eternas se han hecho como de piedra. «Dos ilusiones tengo: una, no tener que
tomar más antibioticos; otra, llegar a saber lo que quiero» . . . «Que el tiempo pase
lo más despacio posible» ... «Construir un círculo de relaciones completas» . . .
«¡No es para tanto, hombre! Las ilusiones se mueren pero la Idea permanece» ...
Y no es derrotismo, no. Es, sencillamente, una derrota. La derrota más triste, eso sí,
la que se sufre ante nadie, porque nadie nos ha vencido. Se esfumó el enemigo y nuestras
pesadas cotas de malla bastaron para echarnos por tierra. Nos hemos vencido. Y así,
desvencijados, manoteamos entre el anonadamiento y la búsqueda del resorte.
¡Que lejos aquellos recientes tiempos de fe en las mayúsculas! «Cuando decíamos
P-O-E-S-I-A como quien infla un globo»; cuando la Revolución, el Futuro, o la sola Lucha
nos convocaban a todos a Grandes Empresas; cuando Todo era posible. Y con ese nuestro
propio totalitarismo hemos topado ahora, ese que se entremezcla hasta confundirse con la
otra cara del fascismo, la cara diminuta y cotidiana, el rostro gris de ese fascista que
todos llevamos dentro ... porque también somos hijos suyos. Hijos del vergonzante
ayuntamiento de Fascismo y Esperanza, de ellos mamamos ayer nuestra fuerza. Y hoy, cuando
con el primero también se rompió la segunda en mil pedazos, buscamos denodadamente
nuestra imagen entre la multitud de fragmentos dispersados.
Se imponía la vuelta a casa, a esa casa tanto tiempo descuidada. Allí nacieron las
actuales rupturas de «eternos compañeros»,. los suicidios de buenos amigos, el recurso
al sarcasmo, la vuelta al campo, el des-cubrimiento de la revolución en la vida habitual
-la revolución doméstica (que no necesariamente domesticada)-, la tensión entre la
resignación, el encuentro de un renovado voluntarismo y el re-aprendizaje del asombro o
del gozo en los pequeños detalles.
No es aquí nuestra intención sacar conclusiones, ni volver a caer en la trampa de
distribuir culpas, ni siquiera intentar balbucear una palabra de aliento con la que al
menos cerrar honrosamente esas líneas.
(Al acabar de escribirlas nos hemos sorprendido con una entre tímida y sorda alegría que
quería como romper aguas en medio del cieno)
Colectivo BICI de Madrid
Creer
Tantos años de buscar la Revolución ahí fuera..., a minas y
fábricas en busca de sustento y solidaridad, para encontrar cronómetros y aburrimiento
en cadena; en calles oscuras sembrando octavillas, corriendo de madrugada de las sombras
que nos aplastaban, sonrientes fuimos a las cárceles, y hasta en el disciplinario
desierto sahariano sintonizamos nocturnas emisoras en busca de la palabra fraterna . . .,
cuando los falsos profetas se quitaron pelucas y promesas y empuñaron, ellos también, el
látigo y el cinismo del explotador; cuando reuniones y actas ocuparon demasiado
ostensiblemente el lugar ya gastado de misas, sermones y colectas, cambiamos indignados
las banderas y empuñamos nuevos credos, última flor anárquica de nuestras soledades. .
., todo lo arrugó el tiempo, tiempo de injusticia reinante por doquier, y ahora volvemos,
descreídos, la mirada a nuestras raíces, al diario penar y gozar, aprendemos a luchar
contra el despertador, la nómina y el matrimonio; encontramos la difícil facilidad de
creer, a veces, en nosotros mismos, frente al riesgo constante respiramos el ritmo
tranquilo de nuestras venas, en el viento solano nos acercamos a la vieja libertad de las
montañas, que miden las vidas por milenios. Ni encinas ni pájaros, pero tampoco
máquinas ni borregos al matadero. Rebeldes, de todo decepcionados, nuestro sacrílego
desencanto es aprender a creer en nosotros mismos.
CHEMA |
Tengo más recuerdos que si tuviera mil años ...
la Esperanza, vencida, llora,
y la Angustia atroz, despótica, sobre mi cráneo abatido planta su negra bandera»
Baudelaire, «Spleen»
Al sol se están secando los kimonos
¡Ay, las pequeñas mangas
del niño muerto!
(hai-ku)
«La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no
somos los mismos...
Abandonado como los muelles en el alba,
sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.
¡Ah!, más allá de todo. ¡Ah!, más allá de todo.
Es la hora de partir. ¡Oh, abandonado!»
Pablo Neruda
«Mírate bien la palma de la mano: vacía»
Salinas
«Anoche un fresno
a punto de decirme
Algo - callóse»
Octavio Paz
«¡Oh eterno misterio, lo que somos
y buscamos, no podemos hallarlo,
lo que hallamos, no lo somos!»
Hölderlin
no es realmente
descender vertiginosamente
ni evocar un recuerdo
al que no perteneces
vivir en paz
no es acabar
con la osamenta, que te vertebra
ni prescindir
del olvido que te precede
Vivir en paz
no consiste en romper
un escenario
para interpretar el abandono
vivir en paz no es asistir
a tus funerales
ocho veces al día
vivir
es juntar la mirada
que te refleja
acompasar otro ritmo en tu cansancio
hasta prolongarte en otro cuerpo.
Tomás Lizcano.
Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron
compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los
erizos.
¿Qué queda de las alegrías y penas de¡ amor cuando éste desaparece? Nada, o peor que
nada; queda el recuerdo de un olvido. Y menos mal cuando no lo punza la sombra de aquellas
espinas; de aquellas espinas, ya sabéis.
Introducción a Donde habite el olvido
-La realidad y el deseo- Luis Cernuda
Comprendí que había envejecido cuando empece a sentir que la palabra «destrucción»
perdía su poder, que ya no me proporcionaba ese estremecimiento de triunfo y plenitud
cercano a la plegaria, a una plegaria agresiva ...
¿La liberación del hombre? Llegará el día en que, desembarazado de su preocupación
finalista, éste haya comprendido el accidente de su aparición y la gratuidad de sus
experiencias; el día en que nos agitaremos como un supliciado danzarín y docto, y en
que, para la chusma misma, la «vida» se reduzca a sus justas proporcíones: a una
hipótesis de trabajo.
CIORAN
LA DECEPCIÓN
El tema de la decepción alcanza toda su vigencia ante la imposibilidad de explicarnos una
serie de acontecimientos que vivimos cotidianamene. Del optimismo existente hasta Mayo del
68 se ha pasado en sólo una década a las desesperanzadas acciones del movimiento
italiano del año pasado, ya no hay objetivos y, lo que es más, ni siquiera tiene por
qué haberlos. Qué decir de la inmensa desmoralización que en sólo dos años ha
afectado a una gran cantidad de jóvenes que se vieron atraídos por aquello que
triunfalIstamente se llamó el resurgir del anarquismo en España.
Ahora bien, con este planteamiento sólo incidiríamos en un tipo de decepción, la
decepción política o por la acción, situaríamos la causa de nuestro hastío fuera de
nosotros y, de esta forma, olvidaríamos que quizás el foco más importante de decepción
es el existir mismo, por lo que tiene de proyecto incumplido, de inasequibilidad.
«Existir es un plagio» dice Ciorán.
En este sentido quizás deberíamos interrogarnos acerca de la acción. El que actúa se
supone que lo hace con un fin y, por lo tanto, se supone también, que tiene clara la
distinción entre lo bueno y lo malo, así como que cree dominar las posibles
consecuencias de sus actos. En definitiva actúa desde un determinado sistema que intenta
imponer, bien por la fuerza, bien por el ejemplo, bien por lo que sea. Bajo estos
parámetros se movería el actor convencido, el que podríamos denominar actor positivo.
No obstante, frente a este tipo de acción, se alza la de aquellos que intuyendo que la
vida consiste en la imposibilidad de abstenerse y sin embargo no queriendo caer en un
sistema, sea del tipo que ser, actúan de una forma que podemos llamar desesperanzada,
decepcionada, no pretenden cambiar nada porque no tienen claro que el cambio sea a mejor,
no se buscan seguridades ideológicas, simplemente renuncian a toda ideología, incluidas
las más estéticas. Este tipo de acción tiene el fin en sí misma, se actúa porque se
vive y se vive mientras se actúa.
Una tercera posibilidad sería la de no actuar en absoluto, la de caer en la inactividad
completa. Este camino, que sería el resultante de aplicar en toda su profundidad la duda,
se revela como imposible, no actuar significa disolverse, dejar de ser, y, en otro plano,
aunque pudiéramos llegar a ese extremo de inactividad total, no estaríamos por ello
dejando de ser cómplices de la marcha de las cosas.
Quizás nuestra única posibilidad sea la de actuar como locos frenéticos, aún sabiendo
que al final no seremos ni locos, ni frenéticos.
MARTIN
De como antaño los rebeldes eran los
garbanzos; de como ahora no son lo QUE eran, que me los han cambiado
Una de las cosas que graciosamente nos cedió el viejecito, a fuer de censura y malos
modos, fue la imaginación de las palabras; nuevos códigos lingüísticos que, como topos
entre rastrojos y catacumbas, nacían sonoros y misteriosos, reventaban en la ciudad gris
y nos llenaban la boca de guerra y de futuro. Pocas cosas nos regaló el viejito, pero una
muy importante: la imaginación rabiosa para salir de él, el humor negro y el compromiso.
Mirando hacia atrás sin ira y sin nostalgia, salen a relucir viejos trapos sucios, bragas
innobles de esquematismo y transcendencia, que dejan un gusto amargo y huérfano en la
boca: ¿Recordar, por ejemplo, nuestra identificación de táctica y estrategia, confundir
el todo por la parte, la manifestación de las ocho con la revolución social? ¿Recordar
nuestra adolescencia -adolecíamos de tantas cosas- en la que las reuniones de célula o
las buzonadas eran motivos innombrables para romper violentamente con las placentas
anteriores y acunarnos en palabras mayúsculas -¡Oh Revolución!- cargadas de futuro y
así dejar pasar de puntillas y sin respuesta toda la carretilla de excrementos:
compañero yo soy el más puro, yo soy el héroe, yo soy la historia, vete a hacer
puñetas con tu depresión de mierda, eres un Pequeño burgués, hortera que lees a
Proust, hazte una autocrítica?
Era nuestra mierda, sin embargo, una explosión fosforescente de toda nuestra rabia
contenida, nos hacíamos mayores a base de patadas en el estómago y de sueños.
Explotábamos, a veces nos quedábamos en el camino (pues el viejito era eficiente, no
sólo sus hormigas atómicas-brigadas antidisturbios-brigada político social, no, sino
también las organizaciones que miméticamente castraban nuestro nombre, nuestros gustos,
nuestros miedos), pero otras veces reventábamos como fuegos artificiales, una gran traca
de esperanza y compañerismo, iluminábamos -entre el humo y las pedradas- voces
agazapadas y solitarias, tímidos, abúlicos, mujeres que si no me caso qué hago.
Eramos como los garbanzos en el puchero, y el puchero, ya se sabe, es como la vida misma:
giran sus elementos al ritmo de¡ calor, se apelotonan de repente, se separan, se salen
del cazo, montan el gran cisco, son recogidos con la bayeta los más osados e
irremisiblemente despachados por el agujero de la pila, y, en fin, se come, se digiere y
se expulsa milagrosamente metamorfoseado. Un puchero estaba bien hecho cuando los
garbanzos (que, como las judías pintas son rebeldes) quedaban enteritos y blandos por
dentro, pero a menudo sucedía que, hartos de subir y de bajar, tropezando a cada momento
con una rodaja de zanahoria, un pedazo de patata o una pata de pollo, decidían un día de
pronto explotar y mandar a tomar el viento el prestigio de la cocinera, la armonía
familiar y la finura de su caldo. Las consecuencias eran varias, una, a saber, que a pesar
de tan dolorosa inmolación, el hecho de explotar -es decir, reventar, volar, salpicar-
traía algún consuelo, pues de su muerte quedaba constancia aunque sólo fuera en los
pañuelos perfumados de los bienpensantes que, sin previo aviso, se veían en la
desagradable tarea de limpiarse de la mejilla un pedazo de garbanzo o desenredarse de las
pestañas un hilo de apio que la onda expansiva había arrastrado consigo; otra y de
rechazo, que los susodichos bienpensantes retrocedían unos pasos.
Y en éstas se murió el viejito. De pronto nos quedamos sin futuro y encima nos
legalizaron, otro carnetito y hágale una foto al niño que está muy mono vestido de
marinero; y no te pongas nervioso que si no nos quedamos sin postre; y rellena la papela y
pon la póliza, oiga usted que es una manifestación legal a ver qué va a pasar, y no me
jorobes con tu impaciencia y fíjate qué divertido que hemos salido en los periódicos y
oye, ¿sabes qué te digo? que no sé qué coño hacer con la vida, me siento cansado,
terriblemente cansado; ¿de verdad somos tantos?, ¿por qué mi compañero está celoso,
por qué quiero salir en los papeles, por qué quiero tener un trabajo seguro, por qué
eres tan hijo puta, por qué me mientes, por qué me reclamas el libro que me prestaste,
por qué nos reconcomemos, nos machacamos, nos aburrimos tanto?
He aquí los garbanzos de antaño: reconcentrados en una pastilla avecrem, implotamos en
silencio, nos destruimos por dentro, deshacemos la vida en un molde imperturbable
convirtiéndonos en silueta, en molde de yeso, desesperadamente condenados a girar en
torno a nosotros mismos hasta desaparecer, hasta convertirnos en una pasta amorfa, opaca,
calenturienta, muerta, envuelta en papel de plata.
Antes nos faltaba el futuro; ahora nos sobra. No quiero sol mañana. Lo quiero ahora,
separar las nubes y vernos las caras. Ya no eres un nombre de guerra, ni un número de
teléfono, ni una consigna. Estás ahí y no nos conocemos.
PEPITA GRILLADA
Quisiera...
Utilizo el metro casi todos los días, circulo por las calles sin verme, sin sentirme,
y cada paso se me cierra sobre todos los rincones de mi cuerpo atacándome hasta el ahogo.
Quisiera reivindicar para mí, para ti, para todos el libre derecho al sueño, a la
fantasía, a la alucinación, a la desesperación, al juego ... Quisiera poder transcender
de la realidad en que vivo sumergida para comenzar a construir mi vida, nuestra vida, la
que deseamos, una vida en la que pudiéramos ser capaces de amar, de imaginar, de llegar
más allá de nuestra propia proyección. Pero, sin embargo, en cada momento me encuentro
con algo que yo no he creado, siendo yo dentro un utensilio más, controlados todos mis
movimientos y humillados mis sentimientos hasta la agonía de mi sonrisa. Pero, aún hoy,
me resta algo de fuerza para negar en mí cualquier concepto de moral de utilidad y para
intentar empujar hacía la abolición de la realidad que se nos presenta como única y
verdadera en la sociedad actual.
Sueño en la liberación total, me resisto a mi destrucción como persona e intento
aniquilar en mí la personalidad que se me impone a desarrollar como defensa, quiero decir
que renuncio a ser ese ser artificial para intentar recobrar con todos el mío propio,
reconquistando en nosotros la inocencia, la ternura, el amor ... ; quisiera dejar de dar
vueltas sobre mí misma habiendo perdido el contacto con la naturaleza, con el espacio,
con lo desconocido. .., sometida cada hora a la muerte lenta del trabajo, del tiempo,
envuelta en laberintos sin salida.
Pero todavía podemos decir que nuestro cuerpo y nuestros pensamientos son nuestros y
podemos burlarnos de ellos aunque nos acechen en cada esquina con sus caras de membrillo
apestosas. Podemos surcar el mar en busca de nuevos confines, podemos dar la vuelta con el
viento, asomarnos a todas las ventanas y hacer reír al invierno y en cualquier atardecer
sentir con todo el tiempo del mundo en nuestras manos el sonido y la luz de lo
desconocido. Porque a pesar de todo nosotros somos nosotros mismos; nuestros deseos y
nuestra agonía. Y ellos saben, como nosotros, que en Egipto las momias continúan en el
mismo sitio y es por eso que nos temen, temen nuestra mirada desvergonzada y nuestro
caminar por las calles vacías de sol, llenas de sueños a nuestro paso.
Pero (y esto es una advertencia), no creáis que hemos muerto, existimos aún, y existen
también nuestras lunas perdidas en el tiempo y somos portadores de una nueva historia de
misterio y aventura que dejamos translucir con cada sonrisa, con cada caricia, con cada
palabra ... en cualquier lugar ...
M. P |
He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste más triste que un tintero.
Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero.
He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste en las calles de mi raza.
He vuelto a estar más triste que un quinqué
más triste que una taza.
Estoy sentado ahora en un café
y mi alma late late
de sed de no sé qué
tal vez de chocolate.
No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor en una tarde
Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro cuando arde.
Carlos Edmundo de Ory
Todos estamos solos, porque todos somos dos. El extraño,
el otro
es nuestro doble. Una y otra vez intentamos asirlo.
Una y otra vez se nos escapa. No tiene rostro ni nombre,
pero está allí siempre, agazapado. Cada noche
por unas horas
vuelve a fundirse con nosotros.
Cada mañana se separa. ¿Somos su hueco, la huella
de su ausencia? Es una imagen? Pero no es el espejo,
sino el tiempo, el que lo multiplica.
Y es inútil huir, aturdirse,
enredarse en la maraña de las ocupaciones, los quehaceres,
los placeres. El otro está siempre ausente.
Ausente y presente. Hay un hueco, un hoyo a nuestros pies.
El hombre anda desaforado, angustiado,
buscando a ese otro que es él mismo.
Y nada puede volverlo en sí, excepto
el salto mortal: el amor, la imagen, la Aparición.
Octavio Paz
Inicial
- Índice |