bicicleta

REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 13

Agora: el desaliento

«¿De qué puede ir el próximo AGORA?» -nos decíamos al empezar a pensar estas páginas que ahora, lector amigo, lees llenas de palabras-. «Hay tantos temas urgentes, tantos asuntos de los que es necesario decir otra cosa ... »

-«Yo, la verdad, estoy cansado. Siempre corriendo detrás de la realidad esa.»

-« Tampoco tengo yo alma para empezar a darle ahora vueltas a las municipales, a la cosa organizativa ni a ningún otro tema "importante". Estoy harto.»

-Pues bien empezamos.. ., ¿no está nadie con ánimos?

-... (?) ..., (silencio, miradas...)

-¡Oye!, ¿y por qué no hablamos de ese desánimo?

Pues dicho y hecho. Lo que empezó siendo mesa de redacción vino a dar en tertulia para acabar desenlazándose en una nube: confesiones, poemas, encuentros, toques de teléfono, recuerdos, balbuceos, ... Y contando el desaliento, el aliento se recuperaba, volvía el respirar; poder verbalizar el desencanto -narrarlo, poetizarlo o representarlo- conseguía encantarlo, conjurarlo. Una actividad febril nacía de la fatiga. Fruto suyo son estas páginas, aunque como tales páginas sólo nacieron al final, cuando caímos en que de tan personales las palabras dichas hablaban a todos (eran publicables) ... porque hablaban de todos.

No, hablar del desmayo no es urgente, ni siquiera necesario, quizá ni sea pertinente, ... es incluso perfectamente impertinente. «Frena la combatividad de la gente» dirán los inasequibles al desaliento, los que ya no se atreven a preguntarse ni por qué combaten, ni quién es la gente. «¿Por qué no se guardarán la miseria para ellos?», rezongará quien de tanto reservarse la suya ya no consigue ocultar el hedor. «Hay que plantear temas objetivos, análisis y no poemas, consignas y no lamentos», esclarecerá quien con sus marmóleos discursos objetivos sólo consigue exhibir su aniquilación como sujeto. Como la mierda, el sexo o el hijo subnormal, el desánimo debe ocultarse a las visitas, y hasta a los íntimos. Está prohibido mostrarlo, ¡cuanto no más solazarse en él!

Pero es que además el desánimo es objetivo, objetivo y generalizado, ya sea en forma de chasco, desencanto, decepción o desaliento; ya como simple fastidio, desazón o apocamiento. No hay más que quedar en casa y escucharse, o salir a la calle y mirar, o leer el periódico, o charlar y oír. «En mi empresa éramos dos ácratas y nos comíamos el mundo, ahora somos veinte y no sabemos qué hacer» ... «Ahora va uno viendo cómo lo que parecía imposible era realmente imposible» .. . «Estamos jodidos porque nos lo merecemos, es que la marcha ésta nos va cantidad: una panda de masocas todos» .. . «¿Desilusionado yo? ¡Qué va! Sabía que iba a pasar esto, nunca me ilusioné con nada» ... «No sé si habrá decepción general, me la suda mucho. ¿La mayor que he tenido últimamente? Pues quedé con un tío y no vino»...

Ahora empiezo a verme cuando sea viejecita, con el cordelito al cuello y la mesa camilla» ...

Ciertamente también hay ilusiones, nuevas o eternas ilusiones. Las nuevas son ya más modosas, las eternas se han hecho como de piedra. «Dos ilusiones tengo: una, no tener que tomar más antibioticos; otra, llegar a saber lo que quiero» . . . «Que el tiempo pase lo más despacio posible» ... «Construir un círculo de relaciones completas» . . . «¡No es para tanto, hombre! Las ilusiones se mueren pero la Idea permanece» ...

Y no es derrotismo, no. Es, sencillamente, una derrota. La derrota más triste, eso sí, la que se sufre ante nadie, porque nadie nos ha vencido. Se esfumó el enemigo y nuestras pesadas cotas de malla bastaron para echarnos por tierra. Nos hemos vencido. Y así, desvencijados, manoteamos entre el anonadamiento y la búsqueda del resorte.

¡Que lejos aquellos recientes tiempos de fe en las mayúsculas! «Cuando decíamos P-O-E-S-I-A como quien infla un globo»; cuando la Revolución, el Futuro, o la sola Lucha nos convocaban a todos a Grandes Empresas; cuando Todo era posible. Y con ese nuestro propio totalitarismo hemos topado ahora, ese que se entremezcla hasta confundirse con la otra cara del fascismo, la cara diminuta y cotidiana, el rostro gris de ese fascista que todos llevamos dentro ... porque también somos hijos suyos. Hijos del vergonzante ayuntamiento de Fascismo y Esperanza, de ellos mamamos ayer nuestra fuerza. Y hoy, cuando con el primero también se rompió la segunda en mil pedazos, buscamos denodadamente nuestra imagen entre la multitud de fragmentos dispersados.

Se imponía la vuelta a casa, a esa casa tanto tiempo descuidada. Allí nacieron las actuales rupturas de «eternos compañeros»,. los suicidios de buenos amigos, el recurso al sarcasmo, la vuelta al campo, el des-cubrimiento de la revolución en la vida habitual -la revolución doméstica (que no necesariamente domesticada)-, la tensión entre la resignación, el encuentro de un renovado voluntarismo y el re-aprendizaje del asombro o del gozo en los pequeños detalles.

No es aquí nuestra intención sacar conclusiones, ni volver a caer en la trampa de distribuir culpas, ni siquiera intentar balbucear una palabra de aliento con la que al menos cerrar honrosamente esas líneas.

(Al acabar de escribirlas nos hemos sorprendido con una entre tímida y sorda alegría que quería como romper aguas en medio del cieno)

Colectivo BICI de Madrid

Creer

Tantos años de buscar la Revolución ahí fuera..., a minas y fábricas en busca de sustento y solidaridad, para encontrar cronómetros y aburrimiento en cadena; en calles oscuras sembrando octavillas, corriendo de madrugada de las sombras que nos aplastaban, sonrientes fuimos a las cárceles, y hasta en el disciplinario desierto sahariano sintonizamos nocturnas emisoras en busca de la palabra fraterna . . ., cuando los falsos profetas se quitaron pelucas y promesas y empuñaron, ellos también, el látigo y el cinismo del explotador; cuando reuniones y actas ocuparon demasiado ostensiblemente el lugar ya gastado de misas, sermones y colectas, cambiamos indignados las banderas y empuñamos nuevos credos, última flor anárquica de nuestras soledades. . ., todo lo arrugó el tiempo, tiempo de injusticia reinante por doquier, y ahora volvemos, descreídos, la mirada a nuestras raíces, al diario penar y gozar, aprendemos a luchar contra el despertador, la nómina y el matrimonio; encontramos la difícil facilidad de creer, a veces, en nosotros mismos, frente al riesgo constante respiramos el ritmo tranquilo de nuestras venas, en el viento solano nos acercamos a la vieja libertad de las montañas, que miden las vidas por milenios. Ni encinas ni pájaros, pero tampoco máquinas ni borregos al matadero. Rebeldes, de todo decepcionados, nuestro sacrílego desencanto es aprender a creer en nosotros mismos.

CHEMA


Tengo más recuerdos que si tuviera mil años ...
la Esperanza, vencida, llora,
y la Angustia atroz, despótica, sobre mi cráneo abatido planta su negra bandera»

Baudelaire, «Spleen»

Al sol se están secando los kimonos
¡Ay, las pequeñas mangas
del niño muerto!

(hai-ku)


«La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos...

Abandonado como los muelles en el alba,
sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.
¡Ah!, más allá de todo. ¡Ah!, más allá de todo.
Es la hora de partir. ¡Oh, abandonado!»

Pablo Neruda

«Mírate bien la palma de la mano: vacía»

Salinas

«Anoche un fresno
a punto de decirme
Algo - callóse»

Octavio Paz

«¡Oh eterno misterio, lo que somos
y buscamos, no podemos hallarlo,
lo que hallamos, no lo somos!»

Hölderlin

no es realmente
descender vertiginosamente
ni evocar un recuerdo
al que no perteneces

vivir en paz
no es acabar
con la osamenta, que te vertebra
ni prescindir
del olvido que te precede

Vivir en paz
no consiste en romper
un escenario
para interpretar el abandono

vivir en paz no es asistir
a tus funerales
ocho veces al día

vivir
es juntar la mirada
que te refleja
acompasar otro ritmo en tu cansancio
hasta prolongarte en otro cuerpo.

Tomás Lizcano.

Como los erizos, ya sabéis, los hombres un día sintieron su frío. Y quisieron compartirlo. Entonces inventaron el amor. El resultado fue, ya sabéis, como en los erizos.

¿Qué queda de las alegrías y penas de¡ amor cuando éste desaparece? Nada, o peor que nada; queda el recuerdo de un olvido. Y menos mal cuando no lo punza la sombra de aquellas espinas; de aquellas espinas, ya sabéis.

Introducción a Donde habite el olvido
-La realidad y el deseo- Luis Cernuda

Comprendí que había envejecido cuando empece a sentir que la palabra «destrucción» perdía su poder, que ya no me proporcionaba ese estremecimiento de triunfo y plenitud cercano a la plegaria, a una plegaria agresiva ...

¿La liberación del hombre? Llegará el día en que, desembarazado de su preocupación finalista, éste haya comprendido el accidente de su aparición y la gratuidad de sus experiencias; el día en que nos agitaremos como un supliciado danzarín y docto, y en que, para la chusma misma, la «vida» se reduzca a sus justas proporcíones: a una hipótesis de trabajo.

CIORAN

LA DECEPCIÓN
El tema de la decepción alcanza toda su vigencia ante la imposibilidad de explicarnos una serie de acontecimientos que vivimos cotidianamene. Del optimismo existente hasta Mayo del 68 se ha pasado en sólo una década a las desesperanzadas acciones del movimiento italiano del año pasado, ya no hay objetivos y, lo que es más, ni siquiera tiene por qué haberlos. Qué decir de la inmensa desmoralización que en sólo dos años ha afectado a una gran cantidad de jóvenes que se vieron atraídos por aquello que triunfalIstamente se llamó el resurgir del anarquismo en España.

Ahora bien, con este planteamiento sólo incidiríamos en un tipo de decepción, la decepción política o por la acción, situaríamos la causa de nuestro hastío fuera de nosotros y, de esta forma, olvidaríamos que quizás el foco más importante de decepción es el existir mismo, por lo que tiene de proyecto incumplido, de inasequibilidad. «Existir es un plagio» dice Ciorán.

En este sentido quizás deberíamos interrogarnos acerca de la acción. El que actúa se supone que lo hace con un fin y, por lo tanto, se supone también, que tiene clara la distinción entre lo bueno y lo malo, así como que cree dominar las posibles consecuencias de sus actos. En definitiva actúa desde un determinado sistema que intenta imponer, bien por la fuerza, bien por el ejemplo, bien por lo que sea. Bajo estos parámetros se movería el actor convencido, el que podríamos denominar actor positivo.

No obstante, frente a este tipo de acción, se alza la de aquellos que intuyendo que la vida consiste en la imposibilidad de abstenerse y sin embargo no queriendo caer en un sistema, sea del tipo que ser, actúan de una forma que podemos llamar desesperanzada, decepcionada, no pretenden cambiar nada porque no tienen claro que el cambio sea a mejor, no se buscan seguridades ideológicas, simplemente renuncian a toda ideología, incluidas las más estéticas. Este tipo de acción tiene el fin en sí misma, se actúa porque se vive y se vive mientras se actúa.

Una tercera posibilidad sería la de no actuar en absoluto, la de caer en la inactividad completa. Este camino, que sería el resultante de aplicar en toda su profundidad la duda, se revela como imposible, no actuar significa disolverse, dejar de ser, y, en otro plano, aunque pudiéramos llegar a ese extremo de inactividad total, no estaríamos por ello dejando de ser cómplices de la marcha de las cosas.

Quizás nuestra única posibilidad sea la de actuar como locos frenéticos, aún sabiendo que al final no seremos ni locos, ni frenéticos.

MARTIN

De como antaño los rebeldes eran los garbanzos; de como ahora no son lo QUE eran, que me los han cambiado

Una de las cosas que graciosamente nos cedió el viejecito, a fuer de censura y malos modos, fue la imaginación de las palabras; nuevos códigos lingüísticos que, como topos entre rastrojos y catacumbas, nacían sonoros y misteriosos, reventaban en la ciudad gris y nos llenaban la boca de guerra y de futuro. Pocas cosas nos regaló el viejito, pero una muy importante: la imaginación rabiosa para salir de él, el humor negro y el compromiso. Mirando hacia atrás sin ira y sin nostalgia, salen a relucir viejos trapos sucios, bragas innobles de esquematismo y transcendencia, que dejan un gusto amargo y huérfano en la boca: ¿Recordar, por ejemplo, nuestra identificación de táctica y estrategia, confundir el todo por la parte, la manifestación de las ocho con la revolución social? ¿Recordar nuestra adolescencia -adolecíamos de tantas cosas- en la que las reuniones de célula o las buzonadas eran motivos innombrables para romper violentamente con las placentas anteriores y acunarnos en palabras mayúsculas -¡Oh Revolución!- cargadas de futuro y así dejar pasar de puntillas y sin respuesta toda la carretilla de excrementos: compañero yo soy el más puro, yo soy el héroe, yo soy la historia, vete a hacer puñetas con tu depresión de mierda, eres un Pequeño burgués, hortera que lees a Proust, hazte una autocrítica?

Era nuestra mierda, sin embargo, una explosión fosforescente de toda nuestra rabia contenida, nos hacíamos mayores a base de patadas en el estómago y de sueños. Explotábamos, a veces nos quedábamos en el camino (pues el viejito era eficiente, no sólo sus hormigas atómicas-brigadas antidisturbios-brigada político social, no, sino también las organizaciones que miméticamente castraban nuestro nombre, nuestros gustos, nuestros miedos), pero otras veces reventábamos como fuegos artificiales, una gran traca de esperanza y compañerismo, iluminábamos -entre el humo y las pedradas- voces agazapadas y solitarias, tímidos, abúlicos, mujeres que si no me caso qué hago.

Eramos como los garbanzos en el puchero, y el puchero, ya se sabe, es como la vida misma: giran sus elementos al ritmo de¡ calor, se apelotonan de repente, se separan, se salen del cazo, montan el gran cisco, son recogidos con la bayeta los más osados e irremisiblemente despachados por el agujero de la pila, y, en fin, se come, se digiere y se expulsa milagrosamente metamorfoseado. Un puchero estaba bien hecho cuando los garbanzos (que, como las judías pintas son rebeldes) quedaban enteritos y blandos por dentro, pero a menudo sucedía que, hartos de subir y de bajar, tropezando a cada momento con una rodaja de zanahoria, un pedazo de patata o una pata de pollo, decidían un día de pronto explotar y mandar a tomar el viento el prestigio de la cocinera, la armonía familiar y la finura de su caldo. Las consecuencias eran varias, una, a saber, que a pesar de tan dolorosa inmolación, el hecho de explotar -es decir, reventar, volar, salpicar- traía algún consuelo, pues de su muerte quedaba constancia aunque sólo fuera en los pañuelos perfumados de los bienpensantes que, sin previo aviso, se veían en la desagradable tarea de limpiarse de la mejilla un pedazo de garbanzo o desenredarse de las pestañas un hilo de apio que la onda expansiva había arrastrado consigo; otra y de rechazo, que los susodichos bienpensantes retrocedían unos pasos.

Y en éstas se murió el viejito. De pronto nos quedamos sin futuro y encima nos legalizaron, otro carnetito y hágale una foto al niño que está muy mono vestido de marinero; y no te pongas nervioso que si no nos quedamos sin postre; y rellena la papela y pon la póliza, oiga usted que es una manifestación legal a ver qué va a pasar, y no me jorobes con tu impaciencia y fíjate qué divertido que hemos salido en los periódicos y oye, ¿sabes qué te digo? que no sé qué coño hacer con la vida, me siento cansado, terriblemente cansado; ¿de verdad somos tantos?, ¿por qué mi compañero está celoso, por qué quiero salir en los papeles, por qué quiero tener un trabajo seguro, por qué eres tan hijo puta, por qué me mientes, por qué me reclamas el libro que me prestaste, por qué nos reconcomemos, nos machacamos, nos aburrimos tanto?

He aquí los garbanzos de antaño: reconcentrados en una pastilla avecrem, implotamos en silencio, nos destruimos por dentro, deshacemos la vida en un molde imperturbable convirtiéndonos en silueta, en molde de yeso, desesperadamente condenados a girar en torno a nosotros mismos hasta desaparecer, hasta convertirnos en una pasta amorfa, opaca, calenturienta, muerta, envuelta en papel de plata.

Antes nos faltaba el futuro; ahora nos sobra. No quiero sol mañana. Lo quiero ahora, separar las nubes y vernos las caras. Ya no eres un nombre de guerra, ni un número de teléfono, ni una consigna. Estás ahí y no nos conocemos.

PEPITA GRILLADA

Quisiera...

Utilizo el metro casi todos los días, circulo por las calles sin verme, sin sentirme, y cada paso se me cierra sobre todos los rincones de mi cuerpo atacándome hasta el ahogo. Quisiera reivindicar para mí, para ti, para todos el libre derecho al sueño, a la fantasía, a la alucinación, a la desesperación, al juego ... Quisiera poder transcender de la realidad en que vivo sumergida para comenzar a construir mi vida, nuestra vida, la que deseamos, una vida en la que pudiéramos ser capaces de amar, de imaginar, de llegar más allá de nuestra propia proyección. Pero, sin embargo, en cada momento me encuentro con algo que yo no he creado, siendo yo dentro un utensilio más, controlados todos mis movimientos y humillados mis sentimientos hasta la agonía de mi sonrisa. Pero, aún hoy, me resta algo de fuerza para negar en mí cualquier concepto de moral de utilidad y para intentar empujar hacía la abolición de la realidad que se nos presenta como única y verdadera en la sociedad actual.

Sueño en la liberación total, me resisto a mi destrucción como persona e intento aniquilar en mí la personalidad que se me impone a desarrollar como defensa, quiero decir que renuncio a ser ese ser artificial para intentar recobrar con todos el mío propio, reconquistando en nosotros la inocencia, la ternura, el amor ... ; quisiera dejar de dar vueltas sobre mí misma habiendo perdido el contacto con la naturaleza, con el espacio, con lo desconocido. .., sometida cada hora a la muerte lenta del trabajo, del tiempo, envuelta en laberintos sin salida.

Pero todavía podemos decir que nuestro cuerpo y nuestros pensamientos son nuestros y podemos burlarnos de ellos aunque nos acechen en cada esquina con sus caras de membrillo apestosas. Podemos surcar el mar en busca de nuevos confines, podemos dar la vuelta con el viento, asomarnos a todas las ventanas y hacer reír al invierno y en cualquier atardecer sentir con todo el tiempo del mundo en nuestras manos el sonido y la luz de lo desconocido. Porque a pesar de todo nosotros somos nosotros mismos; nuestros deseos y nuestra agonía. Y ellos saben, como nosotros, que en Egipto las momias continúan en el mismo sitio y es por eso que nos temen, temen nuestra mirada desvergonzada y nuestro caminar por las calles vacías de sol, llenas de sueños a nuestro paso.

Pero (y esto es una advertencia), no creáis que hemos muerto, existimos aún, y existen también nuestras lunas perdidas en el tiempo y somos portadores de una nueva historia de misterio y aventura que dejamos translucir con cada sonrisa, con cada caricia, con cada palabra ... en cualquier lugar ...

M. P




He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste más triste que un tintero.
Triste no soy o si lo soy no sé
la maldita razón porque no quiero.

He vuelto ahora sin saber por qué
a estar triste en las calles de mi raza.
He vuelto a estar más triste que un quinqué
más triste que una taza.

Estoy sentado ahora en un café
y mi alma late late
de sed de no sé qué
tal vez de chocolate.

No quiero esta tristeza medular
que nos da un golpe traidor en una tarde
Pide cerveza y basta de pensar
El cerebro está oscuro cuando arde.

Carlos Edmundo de Ory

Todos estamos solos, porque todos somos dos. El extraño,
el otro
es nuestro doble. Una y otra vez intentamos asirlo.
Una y otra vez se nos escapa. No tiene rostro ni nombre,
pero está allí siempre, agazapado. Cada noche
por unas horas
vuelve a fundirse con nosotros.
Cada mañana se separa. ¿Somos su hueco, la huella
de su ausencia? Es una imagen? Pero no es el espejo,
sino el tiempo, el que lo multiplica.
Y es inútil huir, aturdirse,
enredarse en la maraña de las ocupaciones, los quehaceres,
los placeres. El otro está siempre ausente.
Ausente y presente. Hay un hueco, un hoyo a nuestros pies.
El hombre anda desaforado, angustiado,
buscando a ese otro que es él mismo.
Y nada puede volverlo en sí, excepto
el salto mortal: el amor, la imagen, la Aparición.

Octavio Paz

Inicial - Índice