En
nuestra aparición anterior dimos traslado a una bellísima página de Miguel de
Cervantes. Creemos que con ella nuestro rollo quedó centrado suficientemente, ya que
además de ser una maravilla del lenguaje, contempla, con una perspectiva histórica
atípica, la aspiración natural de ser natural en un ambiente natural.
Pero no, la nuestra no es aquella «edad de oro». Es la «edad del hambre». Hay que
«comer» de todo, tragar de todo, tener los ojos dispuestos a masticar constelaciones de
tetas turgentes, los oídos a deglutir chirridos horrísonos o monótonos, como en la
Central Térmica de Foix, la nariz anhelante de olores pútridos amoniacales, la piel
-sensible por la nivea, avón, margaret astor, etc.- absorbiendo en ósmosis inversa el
nylón, el rayón, la viscosa, el dralón, el tervilor, el tergal . . ., el plástico
puto.
Esta colectiva y universal hambre insaciable, invade todo. Solamente ligeros matices de
graduación separan a los telefans de los émulos de aquellas criaturas fantásticas que
atormentaron al padre Feijoó, y que comían celulosa entintada (1). En el fondo se trata
de lo mismo: Insatisfación. Parece como si quiéramos empacharnos por ver si con ello
podemos defecar nuestro stress. Vano intento. Padecemos estreñimiento crónico, estado
por cierto no natural, que no es producido por manzanas con chocolate, sino ... por lo que
a cada uno nos toca.
Según parece, para que puedan transmitirse conocimientos, se precisa armonizar al
generador de mensajes con el elemento transmisor de los mismos, que a su vez ha de ser
concordante con la vía de comunicación en cuyo extremo opuesto debe encontrarse un
receptor, el cual pueda hacer inteligibles las señales a su destinatario. Lector, haz la
prueba, verás que las cosas resultan más o menos así. El que comunicarse sea tan
naturalmente farragoso hace que en la recepción de un mensaje concurra un grado de
incertidumbre muy alto, ¿qué hacer?, ¿reducir los mensajes, esclareciendo los pocos que
queden hasta que sea inequívocos, o por el contrario reiterarlos tantas veces como nos
parezca necesario o podamos, para estar seguros? Juzga tú, ¡oh! paciente lector. ¿Acaso
no pasará como con los colectivos de seres vivos, que tienden a proliferar y perpetuarse?
De sobra es sabido que la mera existencia de tales agrupaciones o de sus elementos parece
ser en sí mismo, el fin deseado. Ahora bien, si la existencia de lo inaceptable viene
justificada fácticamente por el regueldo de cebolla, el vómito vitivinícola y/o los
pedos de leguminosas, solamente pudiera soportarse como llevadero, cuando su volumen y
frecuencia no constituya un hecho relevante, al cual deban supeditarse las demás
funciones.
Nosotros no deseamos perpetuarnos en una lucha por la supervivencia desmesurada que
implique castigar a unos lectores - colaboradores - corresponsales, con el fárrago
periódico del decir y exponer apostólico - ecuménico - biciclomensual.
También nos han dicho que hay seres cuya capacidad de información, codificada en su DNA,
es enormemente repetitiva, hasta darse el caso de llegar al almacenamiento de un mismo
mensaje millones de veces (parece increíble al «rey de la creación» que el sapo pueda
tener mil veces más capacidad de información que él), sin embargo, esa inflación de
conocimiento, ese despilfarro de bibliotecario genético anfibio, puede tener una
explicación: la necesidad de responder en un intervalo ultracorto con la síntesis de un
compuesto de alta concentración frente a determinados estímulos externos.
En los humanos esto no sucede. No hay genes repetidos miles o millones de veces, en
cambio, sí hay circuitos de memoria, con transcripciones idénticas que reiteran el
conocimiento. Aventuraremos una hipótesis a este hecho. Parece ser que los centros de
placer del cerebro están relacionados con los centros de la memoria. De ser cierto, una
consecuencia plausible del almacenamiento, o sea, de la reiteración del conocimiento, es
que causen placer (2). Quizá leer todos los días las mismas noticias en idéntico
formato, escritas por los mismos individuos, sea un placer fascinante. Quién sabe si
repetir todas las jornadas los mismos gestos productivos a las órdenes de los mismos
monitores - capataces, reconforte la tira. Seguramente otear a través del ventano
electrónico, a las mismas horas, en igual postura, a los comecocos de moda: oyoviéndoles
antes, hablar de las huelgas y las crisis de gobierno del extranjero, y ahora, de los
crímenes de los otros y de lo buenos que son nuestros políticos; será voluptuoso,
enervante, relajante, excitante, pensamos que secretor de babas, lágrimas, flujos,
cerumen, semen, sudor, heces y líquidos intestinales. ¡Mearse de gusto vamos! ¡Oh, qué
placer!
¡Lástima! Existe un problema. Nosotros no queremos tomar el tranvía sodomasoquista que
tiene su terminal en el Ministerio de la Locura Social. Pasamos de la erudición que no
sirve sino para llenar los vacíos que deja el raciocinio.
Pero desengañémonos. La moda imperante en el medio psicótico del devenir inmóvil es la
repetición, la abundancia, la redundancia, la inflación. Cada día vale menos el
intrínseco, a cada instante el pasado se aleja con más velocidad, así que es necesario
informar: ¡INFORMAR! Claro está, ello sería complejo y comprometido. Entonces nada más
fácil que recurrir al mito. ¡Vamos, no habernos dado cuenta antes! Han nacido la
¡INFORMATICA y la CIBERNETICA! ¡Ya no hay ciencias ocultas! ¡El mundo entero al alcance
de todos los españoles! A continuación se construyen las máquinas prodigiosas con
capacidad de miles de millones de «Bit» (binary digit), que permiten a la Seguridad
Social esquematizar la VIDA de un hombre en tan sólo una cifra de ocho dígitos, y al
ministro del palo conocer el color de los calzoncillos del ciudadano número (xxxxxxxxxxx)
en tiempo real.
Los naturistas (a nuestro modo), no deseamos, pues, hablar si no es para decir, ni mirar
si no es para ver, ni eyacular sin sentir ternura. Quizás ésta parezca una frase de
macho esotérico, rechazado por los dioses y despreciado por las estructuras. Pero la cosa
es más simple. Tan sólo deseamos poder hacer algo cuando haya algo que hacer, cuando sea
necesario. Nos proponemos entre otras cosas escapar de la rutina informativa vacua y
paranoica.
Deseamos que los aullidos que rompen el silencio de la nada exterior se pronuncien por los
señoritos y príncipes ácratas simultaneándolos con el regodeo en su propia
perfección, ante las jais del epitelio talámico. Dejemos paso al triunfa¡ desfile de
los rebaños de afiliados de cuota módica, ante el mito-signo acaparador del alfabeto
entero. Nada más sabio, bello y justo que una A desnuda en el altar circular. Adoremos al
símbolo, utilicemos su brillo negro para el ascenso al poder y a la fama. No dudemos en
aceptar un parloteo estéril, justificante para postergar la acción directa.
(1) Una lágrima de añoranza nos aflora del sobaco recordando los buenos tiempos en los,
como dobla ser, el «MARCA» daba entera satisfacción en cuanto a pan intelectual de los
fachobestias».
(2) Señores sacerdotes de todas las religiones. Vds. nos perdonarán por no respetar sus
dogmas y que nos conformemos con explicarnos las cosas sin el auxilio de sus dioses.
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