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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 13

La natura: Información diarréica

En nuestra aparición anterior dimos traslado a una bellísima página de Miguel de Cervantes. Creemos que con ella nuestro rollo quedó centrado suficientemente, ya que además de ser una maravilla del lenguaje, contempla, con una perspectiva histórica atípica, la aspiración natural de ser natural en un ambiente natural.

Pero no, la nuestra no es aquella «edad de oro». Es la «edad del hambre». Hay que «comer» de todo, tragar de todo, tener los ojos dispuestos a masticar constelaciones de tetas turgentes, los oídos a deglutir chirridos horrísonos o monótonos, como en la Central Térmica de Foix, la nariz anhelante de olores pútridos amoniacales, la piel -sensible por la nivea, avón, margaret astor, etc.- absorbiendo en ósmosis inversa el nylón, el rayón, la viscosa, el dralón, el tervilor, el tergal . . ., el plástico puto.

Esta colectiva y universal hambre insaciable, invade todo. Solamente ligeros matices de graduación separan a los telefans de los émulos de aquellas criaturas fantásticas que atormentaron al padre Feijoó, y que comían celulosa entintada (1). En el fondo se trata de lo mismo: Insatisfación. Parece como si quiéramos empacharnos por ver si con ello podemos defecar nuestro stress. Vano intento. Padecemos estreñimiento crónico, estado por cierto no natural, que no es producido por manzanas con chocolate, sino ... por lo que a cada uno nos toca.

Según parece, para que puedan transmitirse conocimientos, se precisa armonizar al generador de mensajes con el elemento transmisor de los mismos, que a su vez ha de ser concordante con la vía de comunicación en cuyo extremo opuesto debe encontrarse un receptor, el cual pueda hacer inteligibles las señales a su destinatario. Lector, haz la prueba, verás que las cosas resultan más o menos así. El que comunicarse sea tan naturalmente farragoso hace que en la recepción de un mensaje concurra un grado de incertidumbre muy alto, ¿qué hacer?, ¿reducir los mensajes, esclareciendo los pocos que queden hasta que sea inequívocos, o por el contrario reiterarlos tantas veces como nos parezca necesario o podamos, para estar seguros? Juzga tú, ¡oh! paciente lector. ¿Acaso no pasará como con los colectivos de seres vivos, que tienden a proliferar y perpetuarse? De sobra es sabido que la mera existencia de tales agrupaciones o de sus elementos parece ser en sí mismo, el fin deseado. Ahora bien, si la existencia de lo inaceptable viene justificada fácticamente por el regueldo de cebolla, el vómito vitivinícola y/o los pedos de leguminosas, solamente pudiera soportarse como llevadero, cuando su volumen y frecuencia no constituya un hecho relevante, al cual deban supeditarse las demás funciones.

Nosotros no deseamos perpetuarnos en una lucha por la supervivencia desmesurada que implique castigar a unos lectores - colaboradores - corresponsales, con el fárrago periódico del decir y exponer apostólico - ecuménico - biciclomensual.

También nos han dicho que hay seres cuya capacidad de información, codificada en su DNA, es enormemente repetitiva, hasta darse el caso de llegar al almacenamiento de un mismo mensaje millones de veces (parece increíble al «rey de la creación» que el sapo pueda tener mil veces más capacidad de información que él), sin embargo, esa inflación de conocimiento, ese despilfarro de bibliotecario genético anfibio, puede tener una explicación: la necesidad de responder en un intervalo ultracorto con la síntesis de un compuesto de alta concentración frente a determinados estímulos externos.

En los humanos esto no sucede. No hay genes repetidos miles o millones de veces, en cambio, sí hay circuitos de memoria, con transcripciones idénticas que reiteran el conocimiento. Aventuraremos una hipótesis a este hecho. Parece ser que los centros de placer del cerebro están relacionados con los centros de la memoria. De ser cierto, una consecuencia plausible del almacenamiento, o sea, de la reiteración del conocimiento, es que causen placer (2). Quizá leer todos los días las mismas noticias en idéntico formato, escritas por los mismos individuos, sea un placer fascinante. Quién sabe si repetir todas las jornadas los mismos gestos productivos a las órdenes de los mismos monitores - capataces, reconforte la tira. Seguramente otear a través del ventano electrónico, a las mismas horas, en igual postura, a los comecocos de moda: oyoviéndoles antes, hablar de las huelgas y las crisis de gobierno del extranjero, y ahora, de los crímenes de los otros y de lo buenos que son nuestros políticos; será voluptuoso, enervante, relajante, excitante, pensamos que secretor de babas, lágrimas, flujos, cerumen, semen, sudor, heces y líquidos intestinales. ¡Mearse de gusto vamos! ¡Oh, qué placer!

¡Lástima! Existe un problema. Nosotros no queremos tomar el tranvía sodomasoquista que tiene su terminal en el Ministerio de la Locura Social. Pasamos de la erudición que no sirve sino para llenar los vacíos que deja el raciocinio.

Pero desengañémonos. La moda imperante en el medio psicótico del devenir inmóvil es la repetición, la abundancia, la redundancia, la inflación. Cada día vale menos el intrínseco, a cada instante el pasado se aleja con más velocidad, así que es necesario informar: ¡INFORMAR! Claro está, ello sería complejo y comprometido. Entonces nada más fácil que recurrir al mito. ¡Vamos, no habernos dado cuenta antes! Han nacido la ¡INFORMATICA y la CIBERNETICA! ¡Ya no hay ciencias ocultas! ¡El mundo entero al alcance de todos los españoles! A continuación se construyen las máquinas prodigiosas con capacidad de miles de millones de «Bit» (binary digit), que permiten a la Seguridad Social esquematizar la VIDA de un hombre en tan sólo una cifra de ocho dígitos, y al ministro del palo conocer el color de los calzoncillos del ciudadano número (xxxxxxxxxxx) en tiempo real.

Los naturistas (a nuestro modo), no deseamos, pues, hablar si no es para decir, ni mirar si no es para ver, ni eyacular sin sentir ternura. Quizás ésta parezca una frase de macho esotérico, rechazado por los dioses y despreciado por las estructuras. Pero la cosa es más simple. Tan sólo deseamos poder hacer algo cuando haya algo que hacer, cuando sea necesario. Nos proponemos entre otras cosas escapar de la rutina informativa vacua y paranoica.

Deseamos que los aullidos que rompen el silencio de la nada exterior se pronuncien por los señoritos y príncipes ácratas simultaneándolos con el regodeo en su propia perfección, ante las jais del epitelio talámico. Dejemos paso al triunfa¡ desfile de los rebaños de afiliados de cuota módica, ante el mito-signo acaparador del alfabeto entero. Nada más sabio, bello y justo que una A desnuda en el altar circular. Adoremos al símbolo, utilicemos su brillo negro para el ascenso al poder y a la fama. No dudemos en aceptar un parloteo estéril, justificante para postergar la acción directa.

(1) Una lágrima de añoranza nos aflora del sobaco recordando los buenos tiempos en los, como dobla ser, el «MARCA» daba entera satisfacción en cuanto a pan intelectual de los fachobestias».
(2) Señores sacerdotes de todas las religiones. Vds. nos perdonarán por no respetar sus dogmas y que nos conformemos con explicarnos las cosas sin el auxilio de sus dioses.

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