La
discusión nuclear continúa levantando ampollas. Los planes energéticos van reduciendo,
paulatinamente, sus previsiones de consumo y el porcentaje de producción nuclear en la
totalidad de la energía primaria que se prevé producir en los años venideros. La
industria de bienes de equipo se lleva las manos a la cabeza argumentando que, con estos
planes, van directos a la crisis. Las luchas ecologistas van adquiriendo cada día más
importancia social y política. La Comisión trilateral apuesta a favor de un aumento en
el precio de¡ petróleo en espera de que se desarrollen los programas nucleares en los
países occidentales. El Club de Roma realiza un estudio dirigido por el científico
Thierry Montbrial -en el que se afirma que la verdadera crisis energética todavía no ha
empezado, y que la solución nuclear no es más que una falacia, a causa de los riesgos de
contaminación y de la incapacidad para eliminar los residuos radioactivos ...
Y la polémica está todavía en los inicios, porque lo que se pone en juego no son
simples programas económicos o administrativos, sino toda una serie de conceptos
fundamentales en el mundo de la economía, la tecnología y la función de la ciencia. Y
ya se sabe que la historia, sea política, económica o tecnológica la escriben siempre
los vencedores. En este caso, los vencedores forman parte de un amplio espectro social, un
«consenso» entre buena parte de la clase científica, técnica, administrativa y
política. Son los expertos, los nuevos brujos que procuran nuestra felicidad mediante la
imposición de una tecnología de consumo, sin importarles demasiado el futuro, porque lo
importante es vivir bien, hoy. Para el mañana los brujos futuros ya encontrarán
soluciones para sus problemas.
Un personaje también polémico -Ernesto Sábato-se refería a los especialistas. de la
«realidad» en estos términos:
«Si los «realistas» son los que devastan salvajemente la naturaleza, contaminan la
atmósfera, convierten los mares en tumbas de sus habitantes, provocan nuevas enfermedades
físicas, llevan al borde de la locura a la humanidad entera y, finalmente, pueden en
cualquier momento desencadenar el apocalipsis nuclear; si estos destructores de todo
género de realidad son los «realistas», entonces nada más utópico que esperar algo
sensato de ellos. Siempre esos hombres prácticos se han mofado de los imaginativos que
ven más allá de sus narices, y es curioso que sigan teniendo prestigio después de
haberse reído de la esferacidad de la Tierra, del heliocentrismo, de !os microbios de las
ondas hertzianas y hasta de la existencia de América.» («El ,Viejo Topo», pag. 67. )
La energía nuclear es irreversible
Hoy día, los conocimientos científicos están lo
suficientemente avanzados como para no dar pie a errores de bulto considerables en este
terreno. Pero como también señalaba muy acertadamente un prestigioso físico (Jean
Maríe Lévy-LebIond, «Le Monde-, 14-9-78.), las reacciones en cadena menos conocidas no
son precisamente las de la fisión nuclear, sino las de las transformaciones sociales. A
la revolución industrial le ha seguido la revolución de los mass-media, la publicidad,
la persuasión. Y con ella, la pérdida del sentido de¡ equilibrio, de lo justo, de la
cooperación, de la libertad. en suma. El problema de la energía ha sido, posiblemente,
el detonante que ha alertado el desarrollo desenfrenado dé este proceso. La energía
nuclear es polémica, entre otras cosas, porque es irreversible. No pueden instalarse
cien, mil centrales y, al cabo de unos años, cerrarlas si no convencen. Son demasiado
costosas e implican excesivas maniobras de intereses en las grandes multinacionales de la
industria y del militarismo. Tampoco pueden desmantelarse y destruirse como cualquier otra
instalación industrial. La radioactividad permanece y no se destruye más que por su
propio proceso de desintegración, muy largo, por cierto. La discusión debe ser previa al
desarrollo y a la generalización de lo nuclear. Si se hace después, tiene difícil
remedio.
Pero es que todavía hay más. A poco que se profundice en el tema se verá que hay un
punto previo a la discusión de lo nuclear: la energía en general. Se nos repite
machaconadamente que lo nuclear es necesario para atender a la creciente demanda de
energía. Esto ya es discutible, pero podríamos incluso aceptarlo. Pero hay otra
cuestión a responder: la energía que estamos consumiendo en la actualidad, ¿es
realmente necesaria?, ¿es útil?, ¿puede reducirse?
Desde la crisis petrolera del 73, todos los países industrializados revisaron sus
anteriores esquemas consumistas en lo referente a la energía, dado que el incremento de
precios forzaba buscar un máximo de economías en el consumo de la energía. Este consumo
se reduce considerablemente en la mayor parte de los países, y sin necesidad de abandonar
sus criterios productivistas, sin necesidad de desmontar el capitalismo, las
multinacionales y los ideales de confort, con lo que queda bien patente que existe un gran
derroche de la energía y que, por tanto, es posible economizarla sin excesivos problemas,
y sobre todo, sin necesidad de realizar profundos cambios en las estructuras
socio-económicas.
El meollo de la energía
De la misma forma que, a nivel popular, suele
producirse el error de identificar las guerras con el fusil -cuando nos encontramos en una
época en que hay un gran desarrollo en la guerra electrónica, química y nuclear-, el
gran público tiende a asimilar el consumo energético con las necesidades domésticas:
bombillas, televisor, nevera, etc. Cierto que todos estos productos consumen energía
eléctrica, pero todavía más cierto que no son estos productos los que se llevan la
mayor parte del consumo energético. Más de la mitad de la energía -52'7% en 1976- va
destinada a fines industriales. El resto se reparte en los usos domésticos, transportes y
alumbrado público. Es, pues, en cómo y dónde se consume la energía dentro de la
industria cómo podrá analizarse más fácilmente si es bien o mal empleada y, por tanto,
si se necesitará más o menos energía en el futuro.
El análisis de¡ consumo de energía en la industria nos muestra que hay seis grandes
sectores consumidores: las industrias básicas del hierro y acero, la metalurgia del
aluminio, la química inorgánica de base, la de transformados metálicos, la fabricación
de cemento artificial y la fabricación de pasta para papel y cartón. Entre ellas,
consumen el 45'5% del total de la energía eléctrica (caso de España). Es curioso
comprobar, también, que estos sectores son los que tienen igualmente el mayor porcentaje
de consumo de energía en relación al valor de la producción. Es decir, que para
producir un producto determinado tienen que consumir más energía eléctrica que los
otros sectores industriales. En concreto, consumen cinco veces más energía que el resto
de la industria. Para colmo son industrias con un índice de empleo -en relación a la
producción y a la energía empleada- muy bajo. Estas industrias consumen el 45% de la
electricidad, y sólo dan empleo al 4% de la población activa industrial.
Llegados a este punto es imprescindible cuestionar lo que fabrican estas industrias
derrochadoras de energía. El resultado no es menos significativo: aluminio (para los
automóviles), materias para producir plásticos y abonos nitrogenados (materiales no
reciclables, sustitutos de abonos naturales, etc.), cemento (para viviendas carísimas y
de mala calidad, para autopistas y obras gigantescas e innecesarias, etc.), papel y
cartón (para impresos inútiles, publicaciones absurdas, embalajes no recuperables,
etc.), etc., etc. Se trata, en suma, de productos para el consumismo, algunos de ellos no
necesarios, y otros sólo en menor cantidad. Varios estudios, algunos de ellos oficiales,
han señalado que adoptando una tecnología menos intensiva podría ahorrarse un 40% de la
energía actual, consiguiendo el mismo nivel de empleo y la misma renta nacional.
Las centrales nucleares, y vamos entrado ya en el meollo de la cuestión, servirán, en
todo caso, para perpetuar este tipo de producciones. Productos que necesitan mucha
energía para ser creados y que tienen un tiempo de vida muy corto. Así deberán ser
renovados rápidamene, y la industria podrá seguir su curso. Nucleares para fabricar más
vehículos que polucionen y consuman, por su parte, nueva energía. Nucleares para que
trabajemos en edificios de aluminio que requieren un gran gasto de calefacción en
invierno y de refrigeración en el verano. Nucleares para que comamos alimentos hijos de
los pesticidas. Nucleares para que continuemos consumiendo lo innecesario.
Entrar en la polémica nuclear y situarse a favor de la construcción de las centrales
implica, por tanto, situarse a favor del mantenimiento de¡ actual modelo de crecimiento
económico, de sus estructuras y de sus secuelas, presentes y futuras.
El desencanto económico
Razones económicas han retrasado los planes
nucleares en la mayor parte de los países. La ganga -en términos económicos- de las
centrales nucleares, ha dejado de serlo, si es que algún día lo fue en realidad. La
crisis nuclear es un hecho reconocido por los mismos vendedores de tecnología atómica.
La industria nuclear se había concebido como una plataforma indispensable para la
reorganización económica mundial, en la medida que constituía un importante instrumento
en la nueva fase de la acumulación de¡ capital: el desarrollo de nuevas ramas
industriales.
Pero la industria energético-nuclear está sufriendo profundos cambios. Francia y
Alemania son, hoy día, verdaderos rivales frente al tradicional dominio americano. Y la
rivalidad la canalizan através del desarrollo y exportación de los llamados
supergeneradores. Es una lucha para conquistar nuevos mercados a pesar de que la
mercancía a vender (los reactores) no esté con las suficientes garantías tecnológicas
de seguridad. Es el gran engaño de estos nuevos piratas, aunque no vayan en aventureros
veleros y no lleven patas de palo. Los nuevos piratas vuelan en flamantes jets y se reunen
en mafiosas sociedades, como el Club de Londres y la Trilateral.
El debate nuclear no debemos centrarlo, sin embargo, en la pura referencia tecnológica.
Está compuesto por múltiples parcelas desde las imposiciones de poder de los ingenieros
y tecnócratas, al cuestionamiento de los sistemas económicos que necesitan de¡
incremento de¡ consumo de la energía para su supervivencia, prescindiendo del tipo de
energía más conveniente a medio y largo plazo (no se olvide que los tipos de reactores
más utilizados son, precisamente, los más imperfectos, y ello debido a la necesidad de
amortizar los enormes gastos derivados del origen militar de esta tecnología) y de sus
consecuencias debidas a la proliferación de las armas nucleares.
El desencanto nuclear ha venido dado, en una gran parte, por la existencia de unos costes
adicionales no previstos como, por ejemplo, la contestación local, lo que ha obligado a
retardar gran número de proyectos. Se han tenido que reforzar los equipos de seguridad,
se ha tenido que hacer frente a los frecuentes costes de reparación, averías de varios
meses, etc. Todo ello incrementa considerablemente el coste de lo nuclear. Si a ello le
añadimos los efectos que lo nuclear acarrea en la globalidad de¡ proceso
socio-económico, el coste nuclear se dispara todavía más. El coste de las economías
externas negativas, de los costes sociales y ambientales, son abundantes y cuantiosos.
Además, el balance energético de un programa nuclear no resulta interesante más que a
largo plazo. En otras palabras: la energía consumida por una central para que pueda
entrar en funcionamiento (es decir, la energía consumida durante el ciclo) es equivalente
a la energía producida por esta misma central durante los 10-12 primeros años de
funcionamiento. Si trasladamos este esquema a un programa exponencia¡, es decir, a un
programa que prevea la continua instalación de centrales en un período determinado, el
balance final es todavía menos optimista, ya que la energía producida por las nuevas
centrales que van entrando en funcionamiento servirá sólo para amortizar la energía
consumida por las otras centrales que se están construyendo, por lo que el plan nuclear
sólo será rentable a largo plazo. Mientras, será un excelente consumidor de energía,
con lo que conseguirá lo contrario de lo propuesto.
Para pasar del mito al timo, sólo hay que cambiar el orden de las letras. La esperanza de
un debate sobre el tema nuclear es, precisamente, clarificar esta ordenación de
conceptos.
VICENÇ FISAS ARMENGOL
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