FERNANDO
SAVATER
«Los discursos de los dos candidatos, si
bien distintos entre sí en todos los sentidos, rendían un magno tributo al mérito ya la
valía de los electores de Eatanswill. Ambos expresaban su opinión de que jamás había
existido sobre la tierra un grupo de hombres más independientes, más cultos, más
patriotas, más nobles ni más desinteresados que aquéllos que habían prometido votarte
a él; cada uno de los oradores insinuó vagamente su sospecha de que los electores del
bando contrario padecían ciertas groseras y embrutecedoras enfermedades que los
incapacitaban para el cumplimiento de los importantes deberes que estaban llamados a
cumplir. Fitzkin expresó hallarse dispuesto a hacer todo cuanto le pidiesen: Slumkey, su
decisión de no dejar de hacer nada de cuanto te ordenasen. Los dos dijeron que los
negocios, las fábricas, el comercio, la prosperidad de Eatanswill, habrían de ser
siempre cosas más preciadas para su corazón que cualquier otro objeto terrenal, y cada
uno de ellos se sintió facultado para decir, con la máxima confianza, que él era el
hombre que habría de ser elegido.»
(Charles Dickens, El Club Pickwik)
Se acercan más y más elecciones, sufragios,
comicios, votaciones, contiendas electorales, guerra de nervios en suma; ¡Oh!, a
propósito de «sufragios», no viene mal recordar que el diccionario nos informa de que
«sufragio» es un «acto piadoso aplicado a la redención de las almas del purgatorio
(vid. Conmemoración de los difuntos, Dies Irae, Exequias, Funeral)», mientras que la voz
«sufragar» remite descaradamente a cosas como «Costear, Subvenir, ej.: con lo que gana
en horas extraordinarias sufraga sus vicios». De modo que ya saben: vamos a costear los
vicios de los fieles difuntos pagando su redención con nuestras horas extraordinarias.
Cosa piadosa donde las haya, pero que por otro lado encorcora un poco. Todo sea por los
beneficios de la Comunión de los Santos y del Cuerpo (electoral) Místico,
El asunto, perdónenme la franqueza, no tiene nada que ver con votar o no votar. Votar o
no votar, esa no es la cuestión. Habrá quien vote y vote y vote con frenesí
dionisíaco, sin dejar por ello de ser antipolitiquero, republicano de los de antes y
libertario ante los ojos del Señor que Todo Lo Puede; y habrá quien se abstenga
concienzudamente y eso no le redimirá de ser electoralista, parlamentario del consenso y
el chanchullo, senador en ciernes, quien sabe si ministro (ya ha pasado antes), un mal
bicho, en suma. Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que organizan
tus manuales y los caminos del Señor -incluso para ir contra el Señor hay que caminar
hacia el Señor- son verdaderamente inescrutables. Si no fuera así, menudo aburrimiento.
La cosa tampoco consiste precisamente en ser o no ser puro, como supone la mala conciencia
de quienes creen que no son puros por cuestiones ajenas a lo que les define. «No quieren
mancharse las manos» (¡ay, Sartre, Sartre, cuántas votaciones se cometen en tu
nombre!), «se escudan en el Todo angélico», «no se enfrentan con las duras exigencias
de la realidad», «confían en que otros harán el trabajo sucio y les sacarán las
castañas del fuego», etc. . . . Si el número de tontos no es infinito, qué duda cabe
de que tiende a ello. Con fervor envidiable -hay que aggionarse, camarada- clama el
secretario de las Juventudes Comunistas (contradicción en los términos), en pleno
arrebato liberalizador: sé pasota (o sea, sé puro), pero vota. Maldita sea tu pureza,
Madonna de los Siete Porros ... Nada, que no escarmientan.
Pero, ¿acaso no es cierto que las cosas van mejorando poco a poco? Ciertísimo, sí
señora. Apoyemos al mal menor para evitar el mal mayor: Felipe mejor que Adolfo, como
Adolfo es mejor que Suárez, Suárez mejor que Fraga, Fraga mejor que Arias,
Arias mejor que Carrero Blanco, Carrero mejor que Elías y su volador carro de fuego,
Elías mejor que Franco, Franco mejor que Martínez Anido y que Hitler, lo mismo que
Carrillo es mejor que Stalin y Ho-ché Chan-ro-mah mejor que el gran timonel Mao, Blas
Piñar mejor que Blas Pérez y Wojtila mejor que Pío XII. Se progresa, se está más
cómodo, más distendido, lo que no es moco de pavo: ¡que Dios no mande otra cosa! ¿Ah,
sí?, pues sepa usted que todo eso se consigue a base de sufragios y más sufragios.
Luego, entonces, nada: ¡benditas sean las ánimas del purgatorio!
Por otro lado, tampoco se puede echar en saco roto el muy notable amor que nos profesan
los políticos. Nos quieren con dolorido y benévolo amor de madre, pero también con
justa y educativa severidad de padre. Nos quieren como nadie nos ha querido y si de vez en
cuando nos hacen llorar, eso corrobora que sin duda nos quieren bien. Se preocupan por
nosotros o, para ser precisos, por nuestro Bien, que es Común, como el Mercado ese. ¿No
seríamos injustos o despilfarradores si desaprovechásemos tanto amor y tanto mimo?
Pensemos que los políticos se desviven por nosotros; aún llegan más lejos, pues hasta
nos desviven a nosotros también, para vivir en nuestro lugar y decidir en nuestro nombre
lo que en cada caso queremos y lo que más nos conviene. Se desviven por vivirnos, los muy
vivos. Pero tienen que contar ante todo con nuestro permiso, faltaría más: necesitan
nuestro interés periódico y reglamentado en su tenderete, necesitan nuestra anuencia en
nuestro propio despojo, exigen de sus víctimas complicidad ... ¿Se la damos o no?
0 elecciones o dictadura, dice la ciencia política de los profesionales. 0 el pueblo
elige sus representantes o algún Coco Guagua con dientes de obús se eligirá como
representante del pueblo. Pero dejémonos de «pueblo», que es un mozo al que no tengo el
gusto de conocer: o elijo a mi representante o un representante me eligirá como
representado. De lo que no me libro es de padecer representación: ¡viva el teatro! 0
entrego mi poder propio -mi capacidad de acción y decisión- a quien yo quiera (más o
menos, se entiende, pues el escaparate que se me ofrece no tiene demasiadas golosinas) o
alguien se encargará de quitármelo por la fuerza; o sea que tengo que elegir entre el
discreto carterista que después de robarme tendrá el detalle de devolverme el billetero
y el carnet de conducir o el feroz atracador que me quitará la bolsa y la vida. En ambos
casos, lo único que decido es mi renuncia a volver a decidir pues, y que ésto no se
olvide, «decidir de verdad es decidir uno mismo, no decidir quién tiene que decidir»
(Castoriadis).
Pero es que resulta que el mundo es ya demasiado complejo y sobrado de gente como para que
se pueda renunciar a la representación política, nos dirán los sensatos. Hay mucho que
organizar, mucho que coordinar, muchas decisiones conjuntas que tomar, muchos intereses
que armonizar, muchos planes generales que trazar, muchos servicios imprescindibles que
garantizar y todo ésto sin un poder delegado de forma estable sería imposible de llevar
a cabo. Ahora bien: ¿quién determina la necesidad real de tales organizaciones,
coordenaciones, planificaciones y servicios? Pues ni más ni menos que los políticos
mismos (o quienes comparten la doctrina político-estatista que constituye algo así como
el sentido común semi-inconsciente de nuestro tiempo). Luego los políticos y el sistema
de la delegación estatal de poder son necesarios ... para que se cumplan los fines de los
políticos que se alimentan de poder delegado. 0 Estado o Caos, nos dicen. Y no es así.
Lo único cierto es que sin Estado, los fines del Estado entrarían lógicamente en
bancarrota. . ., lo que no quiere decir que ya nada fuera realizable y todo fuese caos y
crujir de dientes. Que la necesidad del Estado es la única y verdadera necesidad, es un
dogma político del cual hay tantas razones para dudar como de cualquier otro dogma.
Pero vamos a dejarnos ya de grandes generalizaciones sobre política, Estado, etc ... Como
ya hemos dicho, el asunto no consiste en votar o no votar, en ser puro o marrano ni en
cosa parecida. ¿En qué consiste, pues? En una palabra y utilizando la terminología de
Kierkegaard, se trata de que me dejen comportarme como un auténtico particular. En un
libro significativamente titulado «Temor y Temblor» -¡buen lema para una campaña
electoral catastrofista, como suelen serio todas! dice Kierkegaard:«Se teme que los
hombres se desmanden y que pueda acabar ocurriendo lo peor si se le consiente al
particular comportarse como tal. Y aún hay más: se supone que vivir como un particular
es lo más sencillo del mundo, y que, en consecuencia, se debe forzar a la gente a
permanecer en lo general.» Bueno, pues éste es el asunto: que le dejen a uno ser un
particular en lugar de obligarle a ser una partícula. Que soporten esos puntos ciegos de
lo general que son los particulares. No es tan fácil ser particular; no es tan fácil
vivir sin delegar la fuerza propia y sin dejar que alguien se desviva por desvivirle a uno
y vivir en su lugar. Y mucho más difícil aún es probar activamente, autónomamente,
autogestionariamente, que sólo los particulares pueden encontrar el camino para esa
solidaridad no coactiva llamada fraternidad. Pero de eso se trata, ni más ni menos; el
resto son anécdotas, crucigramas y pasatiempos.
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