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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 13

Más y más elecciones o la política para quien la trabaja

FERNANDO SAVATER

«Los discursos de los dos candidatos, si bien distintos entre sí en todos los sentidos, rendían un magno tributo al mérito ya la valía de los electores de Eatanswill. Ambos expresaban su opinión de que jamás había existido sobre la tierra un grupo de hombres más independientes, más cultos, más patriotas, más nobles ni más desinteresados que aquéllos que habían prometido votarte a él; cada uno de los oradores insinuó vagamente su sospecha de que los electores del bando contrario padecían ciertas groseras y embrutecedoras enfermedades que los incapacitaban para el cumplimiento de los importantes deberes que estaban llamados a cumplir. Fitzkin expresó hallarse dispuesto a hacer todo cuanto le pidiesen: Slumkey, su decisión de no dejar de hacer nada de cuanto te ordenasen. Los dos dijeron que los negocios, las fábricas, el comercio, la prosperidad de Eatanswill, habrían de ser siempre cosas más preciadas para su corazón que cualquier otro objeto terrenal, y cada uno de ellos se sintió facultado para decir, con la máxima confianza, que él era el hombre que habría de ser elegido.»

(Charles Dickens, El Club Pickwik)

Se acercan más y más elecciones, sufragios, comicios, votaciones, contiendas electorales, guerra de nervios en suma; ¡Oh!, a propósito de «sufragios», no viene mal recordar que el diccionario nos informa de que «sufragio» es un «acto piadoso aplicado a la redención de las almas del purgatorio (vid. Conmemoración de los difuntos, Dies Irae, Exequias, Funeral)», mientras que la voz «sufragar» remite descaradamente a cosas como «Costear, Subvenir, ej.: con lo que gana en horas extraordinarias sufraga sus vicios». De modo que ya saben: vamos a costear los vicios de los fieles difuntos pagando su redención con nuestras horas extraordinarias. Cosa piadosa donde las haya, pero que por otro lado encorcora un poco. Todo sea por los beneficios de la Comunión de los Santos y del Cuerpo (electoral) Místico,

El asunto, perdónenme la franqueza, no tiene nada que ver con votar o no votar. Votar o no votar, esa no es la cuestión. Habrá quien vote y vote y vote con frenesí dionisíaco, sin dejar por ello de ser antipolitiquero, republicano de los de antes y libertario ante los ojos del Señor que Todo Lo Puede; y habrá quien se abstenga concienzudamente y eso no le redimirá de ser electoralista, parlamentario del consenso y el chanchullo, senador en ciernes, quien sabe si ministro (ya ha pasado antes), un mal bicho, en suma. Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio, de las que organizan tus manuales y los caminos del Señor -incluso para ir contra el Señor hay que caminar hacia el Señor- son verdaderamente inescrutables. Si no fuera así, menudo aburrimiento.

La cosa tampoco consiste precisamente en ser o no ser puro, como supone la mala conciencia de quienes creen que no son puros por cuestiones ajenas a lo que les define. «No quieren mancharse las manos» (¡ay, Sartre, Sartre, cuántas votaciones se cometen en tu nombre!), «se escudan en el Todo angélico», «no se enfrentan con las duras exigencias de la realidad», «confían en que otros harán el trabajo sucio y les sacarán las castañas del fuego», etc. . . . Si el número de tontos no es infinito, qué duda cabe de que tiende a ello. Con fervor envidiable -hay que aggionarse, camarada- clama el secretario de las Juventudes Comunistas (contradicción en los términos), en pleno arrebato liberalizador: sé pasota (o sea, sé puro), pero vota. Maldita sea tu pureza, Madonna de los Siete Porros ... Nada, que no escarmientan.

Pero, ¿acaso no es cierto que las cosas van mejorando poco a poco? Ciertísimo, sí señora. Apoyemos al mal menor para evitar el mal mayor: Felipe mejor que Adolfo, como Adolfo es mejor que Suárez, Suárez mejor que Fraga, Fraga mejor que Arias,

Arias mejor que Carrero Blanco, Carrero mejor que Elías y su volador carro de fuego, Elías mejor que Franco, Franco mejor que Martínez Anido y que Hitler, lo mismo que Carrillo es mejor que Stalin y Ho-ché Chan-ro-mah mejor que el gran timonel Mao, Blas Piñar mejor que Blas Pérez y Wojtila mejor que Pío XII. Se progresa, se está más cómodo, más distendido, lo que no es moco de pavo: ¡que Dios no mande otra cosa! ¿Ah, sí?, pues sepa usted que todo eso se consigue a base de sufragios y más sufragios. Luego, entonces, nada: ¡benditas sean las ánimas del purgatorio!

Por otro lado, tampoco se puede echar en saco roto el muy notable amor que nos profesan los políticos. Nos quieren con dolorido y benévolo amor de madre, pero también con justa y educativa severidad de padre. Nos quieren como nadie nos ha querido y si de vez en cuando nos hacen llorar, eso corrobora que sin duda nos quieren bien. Se preocupan por nosotros o, para ser precisos, por nuestro Bien, que es Común, como el Mercado ese. ¿No seríamos injustos o despilfarradores si desaprovechásemos tanto amor y tanto mimo? Pensemos que los políticos se desviven por nosotros; aún llegan más lejos, pues hasta nos desviven a nosotros también, para vivir en nuestro lugar y decidir en nuestro nombre lo que en cada caso queremos y lo que más nos conviene. Se desviven por vivirnos, los muy vivos. Pero tienen que contar ante todo con nuestro permiso, faltaría más: necesitan nuestro interés periódico y reglamentado en su tenderete, necesitan nuestra anuencia en nuestro propio despojo, exigen de sus víctimas complicidad ... ¿Se la damos o no?

0 elecciones o dictadura, dice la ciencia política de los profesionales. 0 el pueblo elige sus representantes o algún Coco Guagua con dientes de obús se eligirá como representante del pueblo. Pero dejémonos de «pueblo», que es un mozo al que no tengo el gusto de conocer: o elijo a mi representante o un representante me eligirá como representado. De lo que no me libro es de padecer representación: ¡viva el teatro! 0 entrego mi poder propio -mi capacidad de acción y decisión- a quien yo quiera (más o menos, se entiende, pues el escaparate que se me ofrece no tiene demasiadas golosinas) o alguien se encargará de quitármelo por la fuerza; o sea que tengo que elegir entre el discreto carterista que después de robarme tendrá el detalle de devolverme el billetero y el carnet de conducir o el feroz atracador que me quitará la bolsa y la vida. En ambos casos, lo único que decido es mi renuncia a volver a decidir pues, y que ésto no se olvide, «decidir de verdad es decidir uno mismo, no decidir quién tiene que decidir» (Castoriadis).

Pero es que resulta que el mundo es ya demasiado complejo y sobrado de gente como para que se pueda renunciar a la representación política, nos dirán los sensatos. Hay mucho que organizar, mucho que coordinar, muchas decisiones conjuntas que tomar, muchos intereses que armonizar, muchos planes generales que trazar, muchos servicios imprescindibles que garantizar y todo ésto sin un poder delegado de forma estable sería imposible de llevar a cabo. Ahora bien: ¿quién determina la necesidad real de tales organizaciones, coordenaciones, planificaciones y servicios? Pues ni más ni menos que los políticos mismos (o quienes comparten la doctrina político-estatista que constituye algo así como el sentido común semi-inconsciente de nuestro tiempo). Luego los políticos y el sistema de la delegación estatal de poder son necesarios ... para que se cumplan los fines de los políticos que se alimentan de poder delegado. 0 Estado o Caos, nos dicen. Y no es así. Lo único cierto es que sin Estado, los fines del Estado entrarían lógicamente en bancarrota. . ., lo que no quiere decir que ya nada fuera realizable y todo fuese caos y crujir de dientes. Que la necesidad del Estado es la única y verdadera necesidad, es un dogma político del cual hay tantas razones para dudar como de cualquier otro dogma.

Pero vamos a dejarnos ya de grandes generalizaciones sobre política, Estado, etc ... Como ya hemos dicho, el asunto no consiste en votar o no votar, en ser puro o marrano ni en cosa parecida. ¿En qué consiste, pues? En una palabra y utilizando la terminología de Kierkegaard, se trata de que me dejen comportarme como un auténtico particular. En un libro significativamente titulado «Temor y Temblor» -¡buen lema para una campaña electoral catastrofista, como suelen serio todas! dice Kierkegaard:«Se teme que los hombres se desmanden y que pueda acabar ocurriendo lo peor si se le consiente al particular comportarse como tal. Y aún hay más: se supone que vivir como un particular es lo más sencillo del mundo, y que, en consecuencia, se debe forzar a la gente a permanecer en lo general.» Bueno, pues éste es el asunto: que le dejen a uno ser un particular en lugar de obligarle a ser una partícula. Que soporten esos puntos ciegos de lo general que son los particulares. No es tan fácil ser particular; no es tan fácil vivir sin delegar la fuerza propia y sin dejar que alguien se desviva por desvivirle a uno y vivir en su lugar. Y mucho más difícil aún es probar activamente, autónomamente, autogestionariamente, que sólo los particulares pueden encontrar el camino para esa solidaridad no coactiva llamada fraternidad. Pero de eso se trata, ni más ni menos; el resto son anécdotas, crucigramas y pasatiempos.

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