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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 12

Absténgase de abtenerse

Fernando Savater

Es sabido que los intelectuales no servimos para gran cosa, ni se puede esperar de nosotros soluciones eficaces para ningún problema o directrices demasiado prácticas que resuelvan los embrollos de la vida cotidiana. Lo más que se nos podría pedir es que contribuyésemos a aumentar la perplejidad ambiental: misión del intelectual (¡qué fórmula tan solemne!) podría sería de mostrar que nada se parece tanto a lo que parece como pudiera parecer. En la época del franquismo, uno podía ejercer esta paradójica misión dentro de lo que la prudencia recomendaba y ser jaleado con aprobación por público y crítica. pero héte aquí que ahora la gran misión del intelectual es consolidar y comprometerse con la regeneración del Estado: a algunos no nos sale, pese a nuestra buena voluntad, o nos sale decididamente al revés. Sin embargo, ahora ya no hay palmaditas en e/ hombro para los fomentadores de dudas y reservas, sino ferocidad tonante: pase que algún plumífero se sustraiga a su deber de cantar ante el referéndum loores al "SI", pero que encima se atreva a negarse a participar, y fomente las reservas contra la democracia inorgánica que apuntalan los aborrecibles partidarios de la orgánica ... eso ya es esteticismo irresponsable, cuando no colaboracionismo inconsciente con e/ fascio exterminador. He sabido que totalitarismos han sido propiciados, fundamentalmente por los escépticos, los abstencionistas y los utopistas qué querían el paraíso en la tierra; los referéndums a «yo o el Caos», las intrigas de los partidos políticos, el aborregamiento de los trabajadores, la exaltación de la disciplina cívico-policial y de la sagrada unidad de la patria, todo ésto, en cambio, es firme salvaguardia contra e/ triunfo de la bestia negra.

La democracia que se va vendiendo en Europa es de un modelo cada vez más curioso, como prueba, por ejemplo, el caso de Alemania Federal (por no hablar de la República Democrática). En España, antes del referéndum constitucional, había quien parecía no entender que todas las opcíones eran igualmente democráticas ... o ninguna lo era. El «Si» no tenía ningún monopolio democrático, ni tampoco era precisamente una opción de ruptura o desafío, como algunos racionalizadores de conductas progres pretendían hacer creer, sino la opción el recomendada con insistencia abrumadora desde el Poder. Y si no hubiera ganado el «Si», ¿qué habría pasado? Pues lógicamente, que también habría ganado la democracia... y lo mismo si la mayoría del país se abstiene esa mañana de votar. ¿No es maravilloso? Hiciéramos lo que hiciéramos, la democracia era inevitable ... ¡Ah, qué, sabia es la historia y qué rica la necesidad que arrastra su coyuntura! Ahora le toca al Estado ser democrático y ni Dios (ni don Marcelo González) pueden impedirlo. Sobraban pues los miedos de quienes imaginaban que de una votación democrática puede salir derrotada la democracia. Lo difícil sería ahora dejar de ser democráticos «a la referéndum» y empezar a serio de modo un poco menos pródigo en intermediarios ...

Los intelectuales del nuevo Estado nos dicen que hay que mancharse las manos y comprometerse con lo que ahora se cuece: santo y bueno. Pero que conste que muchos no dejamos de votar por pereza (a pesar de ser frecuentemente sabia esta madre de todos los vicios), sino por exceso de actividad. Los que se abstuvieron de abstenerse, esos sí que son ociosos, desocupados que necesitan que desde fuera les entretengan con gaitas políticas, los den contenidos sublimes o tareas históricas. Los que no votamos estábamos ocupados en todas esas otras cosas importantes que salen de uno sin esperar a ser inyectadas: y no votamos porque deseamos y esperamos que un día la cosa pública nos pille tan cerca como las pasiones que nuestros jefes no creen oportuno mandarnos tener.

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