Hay
que combatir los prejuicios, sobre todo en política que pueden ser causa de mucho dolor y
mucha muerte. Y uno de los prejuicios más tenaces, escandalosos y atentadores contra la
verdad es el considerar al ácrata como irrealista. Cuando al que discute con un
anarquista se le acaban todos los argumentos suele blandir como el último y apabullante
un razonamiento como éste: "Todo eso está muy bien, demasiado bonito para ser
verdad, pero no nos engañemos, hay que ser realista..." Y sigue lo que se entiende
en (mala) política por eso de ser realista: que no se puede hacer nada sin orden y que no
hay orden sin autoridad, sin un rígido sistema de premios y castigos, sin jefes y
maestros, sin líderes y capitanes, sin policía y cárceles, sin enchufes y verdugos...
que el hombre es egoísta por naturaleza y está lleno de innobles apetitos (de mando y
posesión, de vanidad y lujo) y, en su indefensión, de necesidades (de afirmación y
seguridad ya desde niño)... que necesita ser o amo o esclavo (Hegel), o padre o hijo
(Freud), o sacerdote o fiel, o gurú o papanatas, etc. etc... y que ¡a política es el
arte de lo posible, de¡ pacto y del compromiso, del ten-con-ten y la maniobra, del tacto
y la táctica, de la estrategia, en fin, de la guerra en la paz como apunta Clausewitz y
de la "virtú" del Príncipe por encima del bien y del mal para sujetar a sus
súbditos por debajo del bien y por encima del mal -que es lo único que pisan- según
Maquiavelo avisa. Si así hablaran tan sólo los fascistas, no nos sorprendería lo más
mínimo Entender así la política es abogar por la Gran Solución: la Dictadura. Pero que
hablen así también izquierdistas, y no digamos ya revolucionarios, que hablen así los
que propugnan y pugnan por una sociedad mejor, es negarse a sí mismo como políticos.
Porque política no es arte de lo posible, sino de lo inminentemente necesario entendido
como universalmente conveniente y óptimo según consenso social. Que lo posible puede ser
igual positivo que negativo, malo que bueno, y aún derivandolo a su acepción vulgar y
polémica, el posibilismo, no deja de teñirse de sentido peyorativo, tánto que se acerca
a oportunismo. ¿0 es eso lo que nos quieren decir cuando nos hablan de realismo
político?
¿Qué es realismo? Hay un realismo conformista que se traduce en esa actitud de atenerse
a los hechos tal como son, sin aspirar a modificarlos y menos a violentarlos por medio de
los propios deseos; actitud práctica y comodona, norma, o conjunto de normas, para la
acción y pasión de una conducta integrada, adaptada a la situación, a la inercia de la
gran rueda de la fortuna en sociedad. Es el llamado, a veces realismo político, más o
menos impregnado del pesimismo y naturalismo maquiávelicos, pero con su versión más
gris: un realismo intranscedente, anodino y parasitario o anquilosado.
Realismo y falsedad
Hay, sin embargo, un realismo volitivo que acuña la
idea de realidad con el troquel de verdad. Y a este realismo "verdaderista" se
atiene al anarquista desde siempre. Es más: no hay reformador, innovador y renovador ni
revolucionario
que no entienda así, en el fondo, su realismo. Es decir, como un reconocimiento de lo
real al contraste de lo verdadero. Por consiguiente, todo político que lo sea para
reformar, innovar, renovar o revolucionar la comunidad en que vive, con el expreso y
confesado propósito de comprometerse en mejorarla, se adscribe ipso facto a ese realismo.
Porque, de lo contrario, sería tanto como aceptar la realidad tal cual, sin proyecto
alguno de majora o perfeccionamiento, sin empeño de cambio. Mas así no quiere pasar por
ser ningún hombre público, puesto que lo que mejor define de boquilla hasta ahora a todo
político es aquello de prometer siempre cosas buenas y aún mejores. Ahora, que "una
cosa es predicar y otra dar trigo", eso lo ha distinguido muy bien siempre el pueblo.
¿Por qué no decir, pues, las cosas por su nombre? Cuando un político -en ciernes o en
ejercicio, es igual- le reprocha a un anarquista el no ser realista, tendría que decir
otras cosas, como por ejemplo:
-Hay que ser logrero, como yo;
-hay que ser aprovechado, como yo;
-hay que ser pescador en rio revuelto, como yo;
-hay que ser oportunista y agiotista, como yo;
-hay que ser posibilitas y cuco, zancadillero y trapisonda, como yo;
-hay que ser manipulador y capitán-araña, como yo...
Porque, ¿qué es eso de querer ser justo y hacer que impere la justicia para todos, qué
es eso de querer ser libre y que todo el mundo lo sea, de querer igualar los derechos y
deberes entre todos y para todos, querer tratar los asuntos públicos en público y
directamente, sin trapicheos pingües de intermediarios y querer, en fin, que el pobre
pueblo ignaro decida de verdad sobre su modo de vivir su vida? Todo eso está muy bien
dicho pero no querido.
Resulta, pues, que todo ese realismo está basado en lo contrario de lo que todas las
filosofias han llamado verdad: en la falsedad. Sabido es que la verdad tiene dos
vertientes de contraste: frente a mentira, falsía mala fé, embuste, engaño, estafa,
fraude, escamoteo, etc. (Con su punto de aplicación teórico; logica, ciencia,
filosofía) por una parte; y frente a apariencia, ficción, ilusión, sueño, fantasía
irrealidad (con su punto de aplicación práctico: revolución, justicia social,
prosperidad común, bienestar y libertad) por otra.
Tanto si nos atenemos al realismo clásico de la "adaequatio re¡ et
intellectus", como al de las verdades de razón adecuadas a las verdades de hecho; o
aun al principio de verdad en Spinoza: el orden y la conexion de las ideas han de ser los
mismos que el orden y la conexión de la cosas; o en fin, como la
"verdad-descubrimiento" de Heidegger (para quien la esencia de la verdad es la
libertad, aunque una libertad que NO se tiene, sino que NOS tiene), siempre constatamos
que no se puede ser realista mintiendo, que la primerísima condición de la verdad es lo
real y de lo real lo verdadero; pero que sólo es verdadero lo real hacia el bien, si
queremos resumir en una breve fórmula a todas las filosofías de la verdad, desde
Aristóteles hasta Sartre, pasando por Willliam James y Wolff, Russell y Wittgenstein.
Sería ya hora de que la filosofía se definiese de
una vez cc mo "apta para transformar el mundo" y que acabara así co todas las
mentiras y supersticiones engendradas desde Sócra tes y Platón en torno al lenguaje
político.. Si algún interé tiene la misión de la filosofía hoy no puede ser más que
la d hacer realidad ese desideratum marxiano que Marx mismo no supo llevar a cabo por
incapacidad personal (y no filosófo ca): transformar el mundo transformando la idea que
ten( mos de la política, pésima idea que les podemos agradecer los platones y hégeles
clásicos y modernos. Lo que se impc ne, a filósofos o no, es ir al toro de la realidad,
siendo reafi., tas, y cogerlo por los cuernos de la verdad, siendo ácrata (siendo, no
llamándose, que se puede ser sin llamarse y al revés).
Acabemos con la Idea delpoder
Es curiosísimo que, hasta ahora, la inmensa mayoría
de lo filósofos hayan admitido el poder político como algo de cajón. Creo que si a
fines de¡ siglo XVIII empez6 a resquebrajarse el imperio teológico sobre la filosofía,
ahora, a fines del XX sería ya el momento de que en la filosofía se entrara a saco con
la "naturalista" idea del poder, y se quedara el poder filosóficamente solo,
incluso sin imaginación y otras zarandajas con que últimamente se le ha querido echar un
último cable. Porque, ¿c6mo puede casar esa premisa, peor aún: esa petición de
principio del poder, con la proclamación por unos de la libertad humana y por otros del
amor? ¿Cómo poder rimar poder con amor, ni con concordia o armonía, ni con desarrollo
personal, expansión del individuo y eclosión científica, filos6fica, artística y eso
que llaman "espiritual" en el etcétera. A este propósito sería hora de decir,
por ejemplo, que la verdadera negación del amor es el poder. Porque el odio es sólo la
otra cara o el reverso del amor, pero si el amor es la afirmación del tú, el poder es
incontes tablemente su negación. Sobre el mismo eje del amor podríamos pivotar lo que
tiene de posesión, y en cuanto tal posesión (o propiedad) hay cierta adhesión positiva
al amor, pero jamás podrá adherirse nada positivo en torno al amor que se llame poder.
Pues bien; ¿no es infinitamente más nocivo y criminal el apetito de poder que el de
propiedad o posesión? ¿0 no habría sido cien mil veces más revolucionario y liberador
hacer que privara la idea de Bakunin contra todo poder y contra el Estado, que la de Marx
contra el capital privado y la explotación económica, que de paso también, con el
Estado, quedaba eso suprimido, de haberse alcanzado el objetivo bakuniano? Que al fin y al
cabo, explotar económicamente a un obrero o campesino no es nunca tan grave como
encarcelarlo, torturarlo y matarlo. Que al fin y al cabo, no es el capital privado el que
nos hace gastar en armamento en todo el mundo unos 70 miliones de pesetas al minuto, sino
el poder; ni es otra cosa que el Estado (o la fatídica pugna entre los Estados) quien nos
aboca a la astronómica locura de la bomba atómica, peligro sin precedentes para el mundo
entero que puede desaparecer en un santiamén sin resurrección posible. Verdad es que,
como decimos en otro lugar, tener conciencia de su capacidad de suicidio podría ser el
momento a partir del cual la humanidad podría aprender a ser libre, pero no de ese modo,
o sea: no dependiendo de unos pocos que detentan el poder en su nombre y lugar. ¿No
bastan esos resultados monstruosos para repudiar y renegar definitivamente de su causa o
engendro: el Estado? ¿En qué cabeza cabe llamar realista a Truman y Stalin o a Carter y
Breznyef por disponer de centenares de bombas atómicas con que acabar con toda la
humanidad en peso? ¿No es este un genocidio en potencia ante el que los del Eje
nipo-nazi-fascista se quedan tamañitos?
El poder es el terror organizado y la entronizada violencia. De acuerdo. Son habas
contadas: si el hombre es y debe ser libre, todo poder es antihumano. Esta es la realidad.
Y la verdad que de esa realidad se infiere es ésta: que la autoridad es siempre una
brutal solución de facilidad.
Pues bien; como la ambición de poder ha existido siempre -dice el realista vulgar- no
podemos prescindir del poder. Lo mismo debería de decirse el esclavista hasta Lincoln:
como siempre ha habido esclavos, no podemos prescindir de ellos (incluso los más
"profundos" filósofos de Atenas razonaban así. Y hasta si se me apura, lo
mismo puede decir el antropófago o el caníbal en su comunidad: como siempre... 0 del
mismo modo podríamos excusarnos diciendo: como siempre han habido guerras... Y en cambio
todos estamos contra la esclavitud, la antropofagia y las guerras, y creemos que con
derecho y hasta con derecho a ser realistas.
Nos consta que en muchos países ha dejado de privar la privada propiedad, al menos en
cuanto sistema de explotación a través de los medios de producción y del truco viejo
como el mundo de la plusvalía. ¿Por qué no podría también darse una sociedad sin la
explotación -mucho mas grave del poder? El hecho de que el hombre se sienta impelido -por
instinto, por herencia, por ambientación (como las alergias) - a mandar, a imponerse
sobre los demás, no quiere decir que haya que consentir y menos propiciar semejantes
pulsiones, así como no por constarnos cuán egoístas somos todos vamos a cantar loas al
egoísmo. Y aquí podríamos abrir una larga e interesantísima disgresión sobre lo
aprovechable de lo negativo individual en la sociedad, pero aparte de que el lector ya
puede imaginarse a lo que me refiero, no vendría muy a cuento en este contexto.
Si hay algo hasta ahora que distinga, caracterice y tipifique al anarquismo de todos los
demás movimientos sociales y políticos, es su lucha contra el poder, contra todo
gobierno, contra todo lo impuesto desde arriba, contra toda cracia y autoridad. ¿Es esta
lucha irrealista? Sería como preguntarse si es irrealista la lucha contra la injusticia,
que es lo mismo que decir la lucha por la verdad y la libertad.
¿Qué es ser realista?
La conquista y mantenimiento del poder hacen cada
día innumerables víctimas en nuestro mundo. Mientras haya partidos y banderías cuya
máxima razón de ser sea hacerse con -o mantenerse en- el poder, no puede haber una
verdadera política, es decir: una actividad inteligente y concertada por el bien común.
Ahora mismo los ideales de todos los partidos son traicionados a cada instante por los
intereses de sus camarillas rectoras hacia afuera y hasta por los intereses encontrados
entre las posibles camarillas que pugnan por el poder dentro. A nivel de intereses no
puede haber paz ni armonía. De ahí que intervenga el poder para imponer el interés más
fuerte. ¿Es ser realista admitir semejante reñidero que tan fácilmente se resuelve en
martirologios sin dios y en carnicerías para la fosa y el muladar? Y, en general, ¿es
ser realista aceptar y participar en esa lucha por el poder, so pretexto de que el hombre
es ambicioso y dominador, consentir el crimen y el terror generalizados de¡ Estado porque
resulta que el hombre es el único animal que gusta de matar por matar?
Y entonces, ¿sería no ser realista combatir esa asesina tendencia del hombre como el
siquiatra combate las tendencias destructoras o autodestructivas del sádico y masoquista?
Porque en esto del poder bien puede hablarse de anomalías y aberraciones. Por lo general
(y por definición, casi podríamos decir) la gente no se interesa mayormente por el
poder. Solo a unos cuantos perturbados que pueden ir desde la neurosis a la sicosis, les
obsesiona más o menos el poder o deliran menos o más por él. Como bien dice Juan Benet:
"Quizá no sea inoportuno recordar que los hombres que buscan -lo consigan o no- el
poder son los menos y tal vez por eso una buena parte de ellos lo consigue; la gran
mayoría de la humanidad -afortunadamente- es mucho más modesta..."(1)
En cambio, sí que es ser realista (para toda el ala izquierdista-socialista) combatir el
apetito de posesión capitalista, de acumulación de propiedad privada. ¿Por qué esto si
y aquello no? En última instancia, la placa giratoria sobre la que se opera ese cambio de
trato del realismo político está ahí: entre socialismo económico y socialismo
político, o entre socialismo estatal y socialismo libertario. El ácrata está convencido
de que no se puede gozar verdaderamente de un socialismo económico sin el político y que
éste entraña el otro. Se dirá que es una opinión, bien, pero lo que importa por el
momento es que se acabe de decir la frase y se haga con sinceridad ... y que toda opinión
es respetable. Pero, en cuanto al asunto nuclear del poder, no deja de ser grande y
sublevante absurdo que, yendo con la verdad más clara, encima le digan al ácrata, los
que defienden la mentira y el mal, que ES UN IRREALISTA.
La traición de Marx
En aquel momento decisivo para la historia de la
clase obrera que significó la lidia ideológica entre Marx y Bakunin en el seno de la 1
Internacional, se optó en el lado marxista por la autoridad y por seguir al mundo
explotador en la vertiente no capitalista, en sus mecanismos políticos (Estado), llevando
a los países comunistas a imitar en todo lo político al 11 ancien régime"
literalmente corregido y aumentado: en desigualdad económica (salarial y de influencias),
en alienación de la clase trabajadora supeditada a la superclase burocrática y en la
malversación de los fondos de la naturaleza disponible (crimen ecológico a mánsalva),
con la agravante de necesitar de un Estado aún más represivo, sobre todo culturalmente
hablando, por no tener el pueblo las compensaciones de posesión y de ilusión
"feérica" que tiene en sociedades de libre empresa y democracia parlamentaria
con su avalancha de revistas adormideras y sus "gadgets" alimentadores del
espejismo de promoción clasista, entre otras cosas.
Es de creer que aquella opción la hizo Marx por profundas tendencias sicopatológicas.
Marx (como después Lenin, Sta¡in, Mao y Castro) racionalizó -corno dicen los Castro)
racionalizó -corno dicen los -sicoanalistas- sus pulsiones subconscientes y traicionó
subjetivamente- lo que la razón objetivamente le había dictado. Esta razón objetiva
(científica si se quiere) le había llevado a dos opciones fundamentales: a la necesaria
negación del Estado, por una parte, y a la promoción del proletariado al papel de
protagonistas de toda revolución y al-de agente único de autoemancipación. ¿No es la 1
Internacional mayormente obra suya, sobre todo en sus formulaciones de doctrina y
consignas de lucha? Y sin embargo, ese famosisimo lema internacionalista que dice:
"La emarricipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores
mismos", lo han negado y renegado los partidos que de él se reclaman porque han
renunciado previamente al otro principio del fin del Estado. ¿Y eso por qué? Porque es
más fácil mandar y que se haga pronto que dejar hacer a las "masas ignaras".
Si, que se haga pronto también, porque ahí se encierra la otra mitad racionalizadora del
revolucionario autoritario: la impaciencia, madre del terror y de la violación, del
allanamiento físico de todo obstáculo, aunque haya que pasar sobre cadáveres, y de la
liquidación de todo estorbo enemigo o rebelde al mandato del jefe visionario. Pero, ¿de
que vale precipitarse y FORZAR las cosas? Todo lo forzado no puede dar más que resultados
funestos. Bastaría tener esto en cuenta para tener la regla de oro del revolucionario y
del político. Porque si han fallado las revoluciones -y en principio han fallado todas-
ha sido por forzar las cosas, por hacer de la razón blanca (sobre el papel) una razón de
Estado. De ahí que con suprimir el Estado quede suprimida automáticamente esa funesta
razón que tantos millones de víctimas tiene en su conciencia.
Pero por encima de lo sicológico (o sicopático) está la mentalidad que recubre todo un
mundo a lo largo de milenios enteros. Y esta mentalidad del poder, de que sólo se salvan
algunos pueblos no contaminados por el derecho/deber de conquista, se apoya en dos
coartadas enormes que escapan a la consuetudinaria y fatalista noción del crimen
sistemático y multitudinario que es la política de ayer y de hoy.
Los Ilusos son ellos
So pretexto de que no se puede alcanzar con la mano
el ideal o realizar de inmediato la utopía, se niega lo uno y lo otro y, de paso, se
niega al ácrata que tiende a esa utopía porque se prejuicia que es radicalmente
partidario de un ideal de perfección social en estado absoluto. ¿Hay alguna razón
histórica para alimentar este prejuicio?
Frente al marxismo, pongamos por caso, que tiene raíces idealistas marcadísimas (Hegel),
el anarquismo portavoceado por Bakunin se apartó desde el principio de toda inspiración
idealista (de los grandes sistemas filosóficos del idealismo, seguramente responsables de
la deformación de nuestra mentalidad bajo el señuelo del Gran Espíritu, de la Idea
Absoluta y del Fin de la Historia, etc. etc.). Bakunin no puso fe más que en la prácti
ca revolucionaria y en la voluntad subversiva del pueblo (y no sólo del proletario que,
en cierto modo, es la negación del pueblo mismo). Desde el nihilismo hasta el
anarcosindicalismo, no hay rastros de actividad ilusionista, beatifica, ensoñada o
ingenua, entre los anarquistas: porque si los nihilistas eran idealistas angélicos que
baje dios y lo diga, y si los anarcosindicalistas hubieran tenido algo de soñadores o
ingenuos no habrían tenido la policía en un puño más de una vez ni habrían sabido
movilizar el movimiento popular más importante de la de la historia en sus cuadros
sindicales como ocurrió en la España de 1936. 0, sí no, que se lo digan a la patronal
española, que no pudo engatusar a los sindicatos únicos armados de su acción directa,
tan imposibles de embaucar y manipular, cosas que logran con los sindicatos más o menos
marxistas obligados a pactar con la patronal a más o menos arxistas obligados a pactar
con Id patronal através de los bonzos y líderes o a dejarse desbordar por su grey, que a
veces deja de ser ésta ingenua o mansa y arma una huelga de ésas que llaman
"salvaje" los paniaguados delegados a sueldo. En ese sentido, para los
políticos que tienen a los sindicatos por masa con que herir su pan de munición sí que
los anarcosindicalistas son utópicos y ucrónicos, claro, porque no se dejan coger en la
trampa.
Pero a lo que iba, sobre todo, era a denunciar ese juego de manos con que se presenta al
ácrata como revolucionario incómodo porque no quiere entrar en el llamado juego
político. En realidad, lo que no se puede soportar del ácrata es su radical sinceridad y
su actitud frontalista. Esa sinceridad radical le lleva inesquivablemente a hablar en
términos de realidad-verdad insobornable, aun a riesgo de parecer descarado e
irrespetuoso. Asi, si le parece evidente que el parlamentarismo se presta a la
manipulación y cree que explotar una representación falsificándola es peor que explotar
el trabajo de un obrero, lo dice y en paz. Entonces, todo el mundo se echa las manos a la
cabeza y se proclama en todos los tonos que el sistema de una democracia parlamentaria es
un mal menor.
Concedamos que la democracia es el régimen menos malo. Y prescindamos por ahora de la
razón que tiene Carlos P. Otero, más que un santo, cuando dice que ya la palabra
democracia encierra una absurda "contradictio in terminis" (porque si es posible
que mande el pueblo ya no hay cracia posible, ya no manda nadie y es lógico que se pase a
acracia) (2). Pero, ¿qué encierra ese truquito del "mal menor"? conformismo
puro. Y mentira. Conformismo porque lo parlamentario no entraña forzosamente democracia,
ni al revés. Y si vemos que el parlamentarismo no marcha, hay que darle la alternativa a
otro sistema. Ahora es mucho más fácil, contando con la electrónica y la cibernética
pulsar y sondear al dia a todo pueblo de cualquier nación. Es, pues, ese acatar el mal
menor una abdicación a la rutina. Y es además una mentira, porque en nuestros tiempos (y
sobre todo desde los movimientos contraculturalistas en E.E.U.U., los provos en Holanda,
el Mayo del 68 en Francia, el despertar de la conciencia ecológica y su formidable
secuela subsiguiente de reacción furibunda contra los planificadores que estragan los
recursos naturales, las centrales nucleares que emponzoñan el mundo habitable y contra
todos esos "autores omniscientes" de la novela política) tiene ya más
importancia la acción extraparlamentaria que la parlamentaria. Prueba de que el
parlamentarismo deja mucho que desear es que hayan brotado por todas partes, como hongos,
tantos y tantos comités de acción, comisiones de barrio, - colectivos de estudio, etc,
para abordar programas locales y hasta clubes de sabios alertando contra astronomicos
desastres en ciernes. Un caso extremo y superescandaloso para las buenas almas
capitalizadas y eurocomunizadas es el fenomeno español de COPEL, al parecer de cariz
bastante ácrata. Tambien es quijota, claro, empresa irrealista, de seguro. Sin embargo,
en toda Europa se habla hipocritamente de los estragos que provoca la carcel en el
delincuente que, en vez de desdelinquizarlo, lo redelinquiza, precisamente porque el mal
no se evita ni se cura con mas mal, sino con menos mal, si decididamente no se puede con
bien. De ahí que tampoco haya que conformarse al mal menor estabilizado y estabilizador,
sino que hay que tender a hacer cada vez mas menor el mal.
A la justicia no se puede ir por el poder
Y aqui viene a cuento denunciar mas claramente el
error del mundo para con el ácrata cuando se le toma como partidario de un absoluto de
libertad, mientras que ser-ácrata no es mas que tender a la mayor libertad posible, tanto
en filosofía como en praxis. Por eso el ácrata se opone al político manipulador, no sin
sacudir al mismo tiempo al hombre medio, al Pérez que obedece a la ley de la inercia y,
con ella, a todas las leyes. Por eso el ácrata se hace cruces de que los marxistas le
tengan tanto miedo al pueblo, a que se desmadre, cuando lo que hay que empujarle es a que
salga ¿e su rutina y conservadurismo ancestral, como depósito que es de las tradiciones
y valores étnicos y folklóricos y todo depósito es estancamiento y conservación. Los
autoritarios demófobos olvidan que toda sociedad cuenta con sus propios mecanismos de
seguridad (sobre el fondo del instinto de conservación individual y colectivo). De hecho,
las minorías "conscientes" no tienen más misión que ir desmontando
constantemente esos mecanismos de seguridad que tienen al pueblo anquilosado o tienden a
tenerlo.
En resumidas cuentas, el ácrata es el que va con la verdad por delante y no se preocupa
de los que te siguen pero sí de lo que puede seguir. El ácrata puro sería incluso el
que llevala verdad social a sus últimas consecuencias (lo que hace el santo, el héroe y
el genio con su verdad), pero como no creemos en la pureza ni en la perfección, habrá
que definir al ácrata como el que tiende a la 11 bertad máxima. Con eso se gana el
ácrata el sibilino reproche de "maximalista", que equivale de hecho a llamarle
sincero y recto. Y ese lenguaje de lo franco y directo si que lo entiende el pueblo. Por
eso cuando el pueblo habla de verdad y del todo lo hace en términos ácratas. Porque
entiende que no se puede ser realista más que remitiéndose a la verdad radical, sin
ambages ni contemplaciones. No se puede pactar con el mal y el error sin caer
irremisiblemente en uno y otro.
El mito de la justicia sin liberta ha estallado como el del fin del Estado por la
dictadura. A la justicia no se puede ir por el poder, porque el poder es la negación de
la libertad, y sin libertad no puede haber justicia. Quizá no se pueda prescindir nunca
del todo del poder, como, jamás será la humanidad completamente justa y libre, pero la
justicia y la libertad de la humanidad ha sido, es y será inversamente proporciona¡ a la
cantidad o concentración de poder, y directamente proporcional a la influencia de la
mentalidad ácrata en el mundo. El tiempo trabaja a favor de la anarquia. Cada dia aumenta
el número de anarquistas, aunque muchos no sepan que lo son. En general, todos los
trabajadores de todos los paises, cuando están a solas sin líderes y se confiesan
honrada y espontáneamente se sienten ácratas, aunque no se lo llamen, porque saben la
dura verdad hecha de realidades sin trampa de púlpito ni cartón de tribuno.
(1) J. Benet: "El angel del señor abandona a Tobías".
(2) C. P. Otero: En "Cuadernos de Ruedo
Ibérico" nº 58/60.
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