"El poder corrompe, sí; pero la falta de poder corrompe igualmente.
Conviene separar la intuición profunda libertaria, de su extrapolación demagógica.
Nuestra tesis es que sólo el poder no compartido es nocivo, y es necesario cuando se hace
solidario, cuando pasa a ser apoyo mutuo.
Defendemos con M.G. Smith que el poder es la capacidad de influir efectivamente sobre las
personas y las cosas, recurriendo a una gama de medios que van de la persuasión a la
coerción (para evitar otra coerción mayor) poder es consustancial a la vida social y se
manifiesta generando conformidad o disconformidad a la norma.
El poder aparece como un producto de la competición, y hay que hacer de él un medio para
transformarla horizontalmente. Todo es así poder o contrapoder. Quien predica la lucha
contra el poder, ejercita un poder a contrario sensu. El hombre es animal de poder,
poderoso o impotente; lo que no es poder es muerte.
Pero la muerte, como el poder descontrolado, son disimétricos, dice Balandier. Esperar la
pura simetría sería tan falaz como negar la aspiración a la simetría. La simetría ha
de sortear el sexo, la edad, la situación cultural, las cualidades personales, etc. y, en
definitiva, el Estado como condición de su manifestación.
Ahora bien, la disimetría se ha de tornar simetría posible. El poder sólo se justifica
si mantiene a todos en un estado de prosperidad y seguridad colectivas, pasando del poder
entendido como fuerza a entenderlo como auctoritas, capacidad de servicio y de aumento de
la curva vital de la colectividad. Esto implica de algún modo la renuncia del principio
de placer, en favor del principio de realidad, como dijo Freud.
Derivase de aquí una desconfianza radical frente a la exaltación de la libertad por la
libertad, la cual, en su límite, es de raíz insolidaria y autocéntrica. La misma
desconfianza que se da frente al hombre excepcional que, en razón de su extraordinario e
irrepetible carisma, o por la fuerza de su santidad, se nos presenta bajo la ejemplaridad
de los héroes. Derivase, por fin, de aquí la negativa a la mesocratización del gusto,
en favor de su ascenso a nivel más alto.
Los rituales de rebelión son buenos frente al poder espúreo. Lo que diferencia al poder
espúreo del poder compartido es ésto: Que mientras el poder intolerable no admite rival,
el poder útil a todos practica la autofagia, con la intención de solidarizarse.
Repetimos que el Poder, como la Libertad, como el Deseo, etcétera, tienen una doble
raíz. Una raíz insolidaria, expoliadora, y una razíz solidaria y de ayuda mutua, que
vive y puede hacer crecer y vivir en medio del amor.
En este sentido, la auténtica actitud ante el poder consistirá en devolver a la realidad
su poder, su carácter de potencia, de fuerza motora, frente al poderío que debilita y
hace enfermar.
Hay, en consecuencia, que dejar de jugar con las palabras, haciendo resaltar de una vez
por todas la polisemia de la palabra poder (que otros idiomas manifiestan con
transparencia, como por ejemplo el alemán, con su pluralismo -konen, mógen, vermógen,
etc---). Por encima y por debajo de la pluralidad, el único poder real, el único poder
que puede, es el poder compartido.
Poder y apoyo mutuo
Existe, en efecto, una dialéctica desventurada del
poder; pero también existe una venturosa dialéctica del poder, que ha de ser recuperada,
transpasando el poderío del Estado hacia la sociedad civil, es decir, dejando rodar a
Hegel sobre sus propios impulsos. Igualmente, frente al deseo perverso y autocéntrico del
poder, que infecciona a todo hombre, hay que crear un espacio de descentramiento, de
ex-centricidad, donde el otro esté presente como yo mísmo. Sólo en el tú, en
definitiva, encuentra el yo la autoconciencia recognoscitiva.
No estaría, en consecuencia, de más comenzar a practicar el precaverse de la actual e
ingenua nihilización que, tras urja aparatosa retórica, se goza con la supuesta
destrucción de todo poder, cuando en realidad en esa presunta destrucción destruye
también el poder horizontal y solidario preciso para llevar adelante la destrucción del
poderío encarnado en el Estado, incurriendo así de una forma más o menos inconsciente
en complicidad con ese Estado al que dice querer arruinar.
Rara evitar la logorrea sobre el poder que Hamlet estigmatizaba con el cáustico
"palabras, palabras, palabras", habrá que tomar en serio la tarea de
desenmascarar como larvadamente totalitaria cualquier pretensión del que niega todo Todo,
reconstruyendo nada menos que todo un Todo.
Es sabido que el espíritu del hombre, a poco que se descuide, tiende a la identidad y la
absorción de todas las contradicciones. Por eso, en el límite el Todo lógico y la Nada
antológica coinciden, y por ello atacar al Todo es atacar a la Nada: No es nada.
No vaya a ser que, negando radicalmente el poder, no seamos ya capaces de negar
radicalmente, enmarañados en la periferia de la negación, sin suelo nutricio alguno
desde el que negar, impotentes. No vaya a ser que sea preciso esperar a que todo cambie
para que todo continúe. No vaya a ser, en definitiva, que se olvide con la alegría
opiácea que omnis determinatio est negatio (toda determinación es negación) y que,
recíprocamente, toda negación es ya una determinación.
¿Qué credibilidad conceder a quien define el poder como resentimiento? ¿No es eso, a su
vez, resentimiento impotente? Una cosa es la critica al Estado como excrecencia
parasitaria de un poder solipsista, y otra muy distinta es la negación de todo poder.
Salir de tal extrapolación, propiciar devolución del poder a la comunidad. Urgente.
Sociedad de amigos del poder compartido.
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