"El poder corrompe; el poder absoluto corrompe absolutamente". En
tomo a la no por manida menos clara frase de lord Acton -al margen de que éste la suaviza
con un "tiende a"- los afanes revolucionarios han venido orientándose en dos
sentidos fundamentales, a menudo antagónicos: la conquista del poder para después usarlo
en favor de otros (eventualmente todos) y la lucha sin dilaciones contra toda forma de
poder. La primera opción caracteriza los movimientos y revoluciones socialistas de signo
habitualmente marxista o leninista; ese "después" no llega nunca; su triunfo
viene siendo, efectivamene, el de la corrupción absoluta. La segunda define la ética
anarquista; su triunfo... su triunfo nunca ha pasado de ser una agonía, un constante
debatir entre el ser y el no ser. Bien porque el rechazo absoluto del poder dejase
inermes, impotentes, a quienes así actuaban, bien porque la paradoja del "poder
anarquista" -ministerios en la República, avidez de comités en la CNT actual... -
viniese a repetir la opción primera.
Los anarquistas, sí, se atrevieron a pensar el poder como impulso fundamental que mueve a
los individuos y a la Historia. A su intuitiva lucidez no sólo deben aciertos donde
análisis científicos erraron, sino que también gracias a ella pueden enseñar manos
limpias donde otros las cierran llenas de dinero y cárceles. Limpias, sí, pero bastantes
vacías. El pensamiento anarquista sobre e! poder, como sobre tantas otras cosas, ha sido
incapaz, a nuestro juicio de seguir profundizando y actualizando sus originales aciertos.
Los aparatos de poder se han perfeccionado en los últimos veinte años hasta límites que
no hubiera podido soñar el déspota más imaginativo: bombas satélites, cibernética,
empresas multinacionales, medios de comunicación Y los anarquistas -ant ¡autoritarios,
libertarios o como cada cual quiera llamarse, si es que lo quiere- seguimos repitiendo
fórmulas; bellas y nobles, sí, pero fórmulas Fórmulas que no valen ni para analizar -y
menos destruir- los actuales sistemas de poder, ni para construir otras formas -o ninguna-
de poder, ni para preguntarnos por el significado de nuestro propio poder sobre otros, ni
para -lo que tal vez sea más lamentable- acusar la represión y la impotencia que
nuestros propios compañeros viven en el interior de nuestros propios grupos y
organizaciones.
Hay que volver a sentarse -y sentarse juntos, juntos con todos- a pensar el poder. Y
pensarlo otra vez, desde el principio. El poder, ¿cómo es posible?, ¿por qué atrae
tánto ejererlo?, ¿por qué se acepta tan sumisamente el padecerlo?, dónde se da y
dónde no?, ¿qué diferencias hay -si las hayentre una carga de policía, un examen en la
escuela, la ley de mayorías y la autoridad paterno-marital?...
El poder, primera constatación, está instituido. Se quiera o no, es un dato, ahí
-aquí- está, impregnando todas las relaciones sociales e individuales. Volverle las
espaldas, pasar de él, es abandonarse ciegamente en sus manos, convertirse en no menos
títeres suyos que quienes con tantos trabajos y afanes los persiguen.
El poder, segunda reflexión, es polimorfo, multidimensional. Ya se piense como político,
económico, cultural o anclando sus raíces en las mismas vísceras de los individuos, si
se privilegia la atención a una de sus facetas sobre los demás, puede asegurarse de
antemano que por sus caras descuidadas se colará de lleno. Cualquier análisis o acción
sobre el poder, necesariamente parcial, ha de inscribirse en un planteamiento global, que
asuma todas sus implicaciones. De ahí que el tema se este AGORA sea "el poder---, a
huevos, sin más, sin ninguna preposición que lo limite (él mismo no se pone límites),
aún a riesgo de que el grado de abstracción que este tratamiento requiere desanime tal
vez a más de uno.
Frente al poder, tercera prevención, no caben la condena o aceptación sin más. El poder
es una realidad compleja, con frecuencia paradójica, que parece lo que no es y es lo que
no parece. A ello hace referencia ese «No más poder / no poder más» de Moría. Una
realidad compleja y cotidiana, como el amor y la muerte a los que tan indisolublemente se
une. El poder como incapacidad de satisfacción del deseo, la satisfacción del deseo como
muerte, la muerte y la división como corolarios del poder, son algunas de las
preocupaciones que rondan a Baldelli en su «Poder y deseo», genuino exponente del mejor
clasicismo ácrata.
El poder, cuarta sugerencia, no es, con todo, universal ni necesario. Al menos, entendido
como dominio de unos sobre otros. Hay toda una concepción del poder como energía, como
potencial que -en la medida en que existe- contrarresta las respectivas presiones
coercitivas del poder impuesto. Hay también formas de contra-poder o anti-poder
colectivas, y ahí están las diferentes revoluciones llenas de ejemplos. Hay, incluso,
espacios sin poder, vacíos de poder o, si se quiere, con un poder tan disperso que impide
su acaparamiento por una instancia particular, bloqueando la aparición de ese monstruo de
poder que es el Estado. Eso al menos muestran ciertas investigaciones antropológicas
sobre sociedades actuales, de cuyo interés da una idea «La sociedad contra el Estado»
que describe Pierre Clastres. Hay, por último, una esterilizante confusión entre poder y
funcionalidad: no, por cierto, ésa que justifica la impotencia general por el
"hecho" de que ciertos conocimientos técnicos son, por su propia exigencia de
especialización, sólo alcanzables a unos pocos, en cuyas manos hemos de rendirnos los
ignorantes; sino aquella otra confusión que no reconoce la particular función que los
individuos pueden cumplir para su grupo, aportando a su dinámica ciertas habilidades
personales sin cuyo concurso el grupo pasa a carecer de algo útil para él mismo. Es este
"poder horizontal" el que reinvindica la "Sociedad de amigos del poder
compartido" en esa «Crítica de la critica del poder» dónde también se sale al
paso de un célebre y lúcido panfleto sobre el tema.
En este AGORA -reunión, asamblea o plaza pública que quisiéramos fueran para todos
estas páginas- no aspiramos, por supuesto, a agotar "el poder"; por hoy basta
con suscitarlo, provocarlo, incitar -otra vez- a su discusión. Os invitamos a perseverar
en ello, a que os sentéis en la plaza y sigáis destripándole. 0, a falta de otro
espacio, a que traigais por aquí vuestro cuerpo o vuestra palabra; palabra que maldita la
falta que hace que coincida con la nuestra, basta con que no sea palabra vacía. Los
próximos asuntos a tratar son "la familia" y "el municipio", sin
coña.
Colectivo Bicicleta de Madrid
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