bicicleta

REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 8 Septiembre 1978

Al margen de una polémica

«El obstáculo más formidable, con mucho, en el camino del desarrollo del proletariado es el constante renacimiento de la realidad capitalista en el seno del propio proletariado. »
Paul Cardan

1. Lo que en un principio pudo ser un instrumento de economía lingüística, la atribución necesaria y exclusiva de calificaciones «ideológicas» a individuos y/u organizaciones, es planteable hoy en día como una actitud intrínseca al sistema, que consigue así, no sólo limitar y cosificar a aquéllos, sino también crearles la obligación de «entenderse» en base a conceptos que en muy escasa medida son su creación. Lo que fue una forma elusiva de explicaciones previas y constantes sobre lo que se piensa Y hace, es ahora un método ideal para indicar lo que hay que pensar o hacer, dejando las atribuciones directoras de esto último al libre albedrío de los sabios, de los técnicos, de los teóricos. En el caso de que la «ideología» atribuida carezca de límites claros Y seguros, hay que recurrir a sus concreciones personales, a sus «creadores» por excelencia; de aquí procede la larga serie de términos derivados, con mayor o menor fortuna, de nombres propios (marx-ismo, bakunin-ismo, trotski-smo, lenin-ismo.

la «propiedad» de una denominación

También las « organizaciones » se ven obligadas a autocorregirse en tanto que portadoras ortodoxas de ideologías o derivados, propietarias y explotadoras de denominaciones de origen a las que se añade o quita algún adjetivo según criterios de selección que en sí mismos pueden constituirse en una nueva y «autónoma» ideología. En el caso nada infrecuente del despojamiento de la ortodoxia, del «robo de la ideología», es difícil evitar la tentación de espectacularizar los derechos sobre una y otra; se echa mano entonces de los triunfos, de las siglas, de los signos, de las banderas, de los mitos humanos y no-humanos y, si los hubiere, del prestigio y racionalidad de las manifestaciones intelectuales. Se echa mano, en una palabra, de la «Historia», de la experiencia pasada; y en el caso de que ésta no ofrezca las suficientes garantías, se revisa para poder extraer hasta la última gota de la apariencia, del prestigio, de la mercancía espectacular, y aludir así en lo posible lo que no es apariencia, lo que no es prestigio, lo que no es mercancía para el espectáculo, lo que no es mito.

el sistema crea la necesidad de su destrucción

2. Aunque haya que empezar parafraseando a Marx, convengamos que «es el ser social el que determina la conciencia». Y convengamos también que esa conciencia, a lo largo del tiempo, se ha vehiculado a través de formaciones ideológicas cuyo objetivo primario ha sido invertir los términos de la frase, demostrando que la «conciencia», la «ideología», es el elemento inductor de las acciones de los individuos, y más aún, es el elemento definidor de carácter revolucionario o norevolucionario.

Nuestra concepción no es otra que la que da en imaginar al «movimiento obrero» de los siglos xix y xx como la expresión de una necesidad profunda de subvertir el sistema de explotación. Y esa necesidad se deriva del mismo sistema de explotación y es por ello, al menos en principio, independiente de la actividad «propagandística» de los «ideólogos». Dicho de otra forma: el modo de producción capitalista genera por sí solo los suficientes elementos que inducen a pensar en su destrucción por parte de los sectores explotados; las ideologías de las que éstos se recubren se generan a su vez en el análisis a posteriori de esas sublevaciones «proletarias».

los trabajadores, los auténticos «teóricos»

Cuando estas últimas pasan al lenguaje normal identificadas con una ideología concreta (la «revolución rusa» como una «revolución marxista», la «revolución española» como una «revolución anarquista»), no se hace muy cuesta arriba el pensar que el adjetivo se ha tragado al sustantivo, que la ideología ha cercenado, hasta donde ha podido hacerlo, el impulso de esa sublevación nacida de las condiciones del «ser social». Es por lo anterior por lo que nos reservaremos el derecho de separar ideología y fenómeno revolucionario, de aplicar los términos «marxista» o «anarquista» (u otros) a este último, e incluso aventuraremos el riesgo de posible ideologización que se encubre en la asimilación de dos siglos de irrupciones revolucionarias en torno al término «autonomía obrera». Y por eso recordaremos a los señores ideólogos (que se resisten a contemplar la «evolución histórica» como algo distinto de la enumeración de citas y, aportaciones de un grupo de sabios con nombres de todos conocidos), bajando en el ejemplo al tema que nos ocupa, que es infinitamente más difícil delimitar la deuda que un Pannekoek pueda tener con un Bakunin, que delimitar la deuda que Pannekoek y Bakunin tienen para con las formas autónomas de organización de los trabajadores. Porque son, o deben ser, estos últimos los auténticos «teóricos»; y porque es su acción libre, y espontánea las más de las veces, la que crea las nuevas estructuras o las nuevas formas de lucha, sin necesidad de copiar modelos va establecidos.

consejistas y anarquistas una misma crítica al sistema sindical

3. Puede decirse que la crítica profunda que, desde posiciones «anarcosindicalistas» como desde posiciones «consejistas», ha sufrido la ideología sindical dominante en las democracias occidentales, implica una cierta reinodelación limitadora de los campos respectivos. Una confluencia tiende a producirse en la potenciación de estructuras de democracia directa, que por un desplazamiento semántico acaban en más de un sentido con el término «sindicato», que en su modalidad anarcosindicalista tiende a diferenciarse de otras estructuras que reciben el mismo nombre, afrontando un doble proceso de: a) autoconstitución como un «frente» de agrupaciones que no necesariamente comparten una misma ideología, o que carecen de ella, y abarcan de ordinario todos los aspectos (y no sólo el productivo) de la organización social, y b) adopción de una postura de respeto, apoyo y fomento de estructuras de democracia directa en los centros de producción, autónomas con respecto a cualquier tipo de dirección externa. Así se evita concebir al sindicato como una entidad formada por trabajadores que deciden Y discuten al margen de las estructuras de producción (en los locales sindicales) y ofrecen sus alternativas como una opción que el resto de los trabajadores debe apoyar o negar (en los centros de trabajo).

la lucha no alienada

El objetivo no es ya «defender los intereses de los trabajadores», sino que «los trabajadores defiendan sus intereses». El requisito podría ser la independencia con respecto a ideologías prefijadas: las formas autónomas no son ni «marxistas», ni «anarquistas», ni «consejistas» en sentido estricto; son la simple expresión de la necesidad de lucha permanente no alienada contra el sistema, de la necesidad de expresión autónoma.

los mitos ocultan la realidad

4. Aunque la automitificación es deplorable en sí misma, se hace tanto más cuestionable en cuanto los mitos demuestran ser gigantes con pies de barro. Así ya no es difícil sostener que la práctica del movimiento libertario durante la guerra civil no fue más que un proceso constante de claudicaciones, por un lado, y de ascención del culto a la organización, por otro. No será más que una continua justifica ción, una llamada constante a la consideración de la inevitabilidad de los acontecimientos, un equilibrio dificultoso entre dos modos de acción, el de la base y de los líderes. Pero lo más grave no es que la burocracia de la época tome a su cargo todas las decisiones. Lo grave es que había suficientes mecanismos para controlar, revocar y desplazar a esa burocracia. Lo grave es que los trabajadores apenas se ocuparon en cuestionar toda la dinámica; siguieron embebidos en el culto a las siglas y a los símbolos, en la obediencia a las jerarquías. Y éstas pusieron en circulación nuevas mercancías para el uso popular, nuevas apariencias que les permitieran reconocerse ante las otras burocracias y a la vez pagarles su tributo deshaciendo cualquier hipotética y espontánea sublevación popular. Los trabajadores fueron capaces de hacer una revolución pese a sus líderes; lo que no lograron fue hacerla, también, contra sus líderes. Y nada parece indicar que el fenómeno no puede volver a repetirse.

no existe una norma cerrada

5. La discusión sobre la idoneidad de las concepciones organizativas de «anarcosindicalismo» y «consejismo», parece bastante vacía. En mi opinión, las divergencias son mínimas. Y si existen, entran dentro de la competencia de las palabras finales del dictamen sobre «Concepto confederal del Comunismo Libertario»: «estimamos que debemos insistir... sobre el hecho de no suponer que ese dictamen deba ser algo definitivo que sirva de norma cerrada a las tareas constructivas del proletariado revolucionario ».

Las concepciones organizativas de la CNT «histórica» no han sido siempre las mismas. Oscilan entre el «Sindicato Unico», la «Federación Nacional de Industria» y posturas menos concretas como la del Congreso de Zararoza de mayo de 1936. En líneas generales, se conserva una misma estructura federat1va (federación local, comarcal, regional, etc.). Un análisis de estas concepciones no puede ser el mismo si se afronta desde la perspectiva de la lucha reivindicativa que si se contempla desde el punto de vista de la construcción revolucionaria.

un ejemplo: las federaciones de industria

La principal razón de la inoperancia de las Federaciones Nacionales de Industria radica en que son estructuras funcionales sólo en el caso de que la organización que las sostenga, o que se identifique con ellas, tenga un dominio directo y global sobre los medios de producción. Y ése no fue el caso de la CNT hasta 1936. A partir de ese año la organización confederal se amoldará (es verdad que el influjo también se da en sentido contrario) a las normas organizativas que dicta la Generalitat de Catalunya y, en menor medida, el gobierno republicano central. Como señala Gómez Casas, sólo en el Pleno Económico Ampliado de enero de 1938, la CNT «volvía a potenciar las Federaciones de Industria olvidadas desde el Congreso Confederal de 1931. La propia centralización impuesta por la guerra favorecía la admisión de las Federaciones de Industria». No hace falta decir que cualquier juicio sobre estas tardías federaciones queda muy relativizado por las circunstancias en que nacieron. Sería absurdo invertir los términos y hablar, por ejemplo, de fracasos absolutos.

No es difícil suponer que problemas similares han planteado las formas organizativas consejistas. Y el problema de la comparación no se da al nivel de la claridad o la coherencia. Se plantea como un problema de racionalidad económica, pero también como un problema del ejercicio de la democracia directa y del respeto a la autonomía de individuos y colectivos.

el modelo ideal, ¿existe?

6. De forma intencionada hemos dejado para el final la referencia a los' términos que en principio debieran ser claves en una polémica como ésta: «sindicato» y «consejo». Si antes hemos hablado de relativizar históricamente sus teorías respectivas, apenas es posible no hacer lo mismo con estos conceptos.

Las estructuras tipo consejos de fábrica, comités... son expresión directa de la autoorganización de los trabajadores. Plantean, y eso no puede ocultarse, los mismos problemas en cuanto a autonomía, democracia directa, no-dirigismo... que cualquier otra estructura organizativa semejante. Oscilan en torno a un modelo ideal que nunca alcanzan.

La estrategia de las burocracias sindicales viene a favorecer el desarrollo de organizaciones autónomas; su proliferación hace dificultoso el seguir sosteniendo que son típicas de una situación de carencia de libertades, de ignorancia, de «falta de contacto con estructuras sindicales». Su incidencia dejará de ser marginal en el momento en que estas formas organizativas se planteen como la negación radical de cualquier tipo de órgano externo de decisión (estatal, parlamentario, partidario, sindical o «consejista»); y esto sólo puede ser una consecuencia de una lucha permanente contra todo tipo de institución y apariencia, guerra a las instituciones

Poco importante puede llegar a ser el problema de la denominación de estos movimientos en cualquier caso, en la medida en que (definiendo desde un punto de vista negativo) esas estructuras vayan perdiendo, si los hubiera, los rasgos que caracterizan la ideología sindical dominante», en esa medida, irán perdiendo también las dificultades para definir su práctica con un término especifico y codificado, sea sindicato, sea consejo, o sea el que sea. Temer el desmembramiento de los Sindicatos (así, con mayúscula) en manos de estructuras autogestionarias Y autónomas es temer la revolución en sí; es temer la acción directa implacable de una lucha contra instituciones que con ese temor parecen querer ratificarse como tales, aun a costa de negar sus propios lemas. [En suma, lo importante es que los trabajadores no dejen de recordar que, fuera de su asamblea, no deben dejar espacio a ningún órgano externo de decisión (estatal, parlamentario, partidario, sindical o «consejista»); y que eso será una consecuencia directa de una lucha permanente contra todo tipo de institución y apariencia.]

la CNT y el movimiento autónomo

7. Lo que la CNT no puede ni debe ocultarse a sí misma, es la importancia que en su proceso de reconstrucción ha tenido y tiene su pasado, su tradición revolucionaria. Sé, y en eso disiento con Gómez Casas (o con un lapsus de Gómez Casas) que la CNT no es «el» movimiento obrero autónomo: es «una parte» del movimiento obrero autónomo (o puede serlo). Que el establecimiento de relaciones de exclusividad es, por un lado, un sueño de retorno a la mecánica del pasado, y, por otro, a la vez, una incoherencia teórica y una demostración de temor ante una hipotética pérdida de clientela. Y es un peligro, en cualquier sentido que se contemple, que la CNT deje de concebir la revolución así: sin adjetivos. Que sólo se ocupa de aquellas estructuras que propicien la revolución dirigida por y para la Confederación, y se empeñe en no homologar las formas de organización salvajes, a las que «se ve obligada» a calificar, a «codificar» con el título de «consejistas».

radicalismo o integración

En el presente, un sector importante de la Confederación parece no darse cuenta de que empuja a la CNT hacia un papel semejante al que afrontan las demás centrales sindicales. Un papel en el que, dicho sea de paso, sus posibilidades de competir con el aparato burocrático de CCOO y UGT son muy escasas. Este sindicalismo de integración, que emplearía, sin embargo, un lenguaje y una ideología «radicales» es algo en lo que ni los más optímístas profetas del tema podrían soñar.

la necesidad de unas siglas

Lo que se ha dado en llamar el «movimiento libertario español» se ha demostrado incapaz de superar el estado de división y de falta de importancia cuantitativa (que caracteriza, por ejemplo, a su homólogo francés) si no se sirve de toda una mitología revolucionaria encerrada en las tres letras mágicas: CNT (y en otras que, sin lugar a dudas, se irán rehabilitando). Es incapaz de proyectarse sobre un conjunto de formas organizativas antiautoritarias y autónomas si no utiliza espectacularmente la fuerza de su pasado. Suponiendo que hay «¡deologías buenas», los símbolos, los signos, las mercancías, las apariencias, son sus primeros enemigos: ocultan a la ideología y luego la sustituyen, recreándose después en sí mismos, haciéndose ornnipresentes.

¿competencia o polémica?

8. Lo que hasta aquí se ha hecho es exponer una serie de ideas que en todo caso son análisis de lo ya pasado, de lo histórico. Y eso puede llevar a olvidar que la «polémica anarcosindicalismo-consejismo» tiene una dimensión presente muy clara. Es preferible pensar que la búsqueda de la polémica, y la polémica en sí, no obedecen a motivos de «lucha por la supervivencia», de « competencias ». Unos y otros se concebirían entonces recíprocamente como rivales, reales o potenciales, que lanzarían sus ejércitos a la ocupación del campo de batalla.

Inicial - Índice