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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 7 Junio-julio 1978

Macondo: la caída de los austeros

Durante el pasado mes la prensa de todo el inundo ha celebrado con no disimulado regocijo el décimo aniversario de la muerte del «mayo francés» allá por 1968. Celebrarle era el mejor modo de matarle un poco más. Ni una línea sobre la rabia que sacudió a Italia hace ahora un año, entre otras cosas porque la sigue sacudiendo. Y no sólo a Italia. Por aquellas fechas circulaba este cuentecito, difundido por uno de los periódicos del «movimento».

En el país de Macondo, en 1983, trabajaban 1.000 obreros, divididos en 10 secciones de 100 obreros, que producían, en la única fábrica existente, 8.000 automóviles al año. Había además 500 parados que intentaban encontrar trabajo en la fábrica; esperaban que finalmente llegase la «reanudación productiva» gracias acaso al «nuevo modelo de desarrollo» (un extraño acontecimiento del que hablaba la secta de los «austeros», potente y amenazadora en aquella época).

Para realizar la producción, en realidad, bastaba con 800 obreros. Por lo general, hay 800 obreros presentes en la fábrica que trabajan ocho horas diarias por doscientos días laborales al año. En consecuencia, hacen cada día 40 automóviles vendibles (3 ó 4 coches son descartados porque se da el caso de algunos obreros que les meten extraños objetos o hacen «saltar» las soldaduras; por el hecho de que salten ya habréis comprendido que se trata de indios y gente de esta calaña).

Llega por fin la reanudación productiva. Para el año 1984 se piden 12.000 automóviles. Nos hablan del hecho de una forma muy mesurada. Los patrones no dejan de lamentarse, el gobierno de hablar de inflación (otro extraño acontecimiento acerca de cual tendremos la posibilidad de decir alguna cosa más, pues hemos podido consultar todos los documentos de la época). Los sindicalistas hablaban de «responsabilidad». Los austeros, resulta inútil decirlo, de «austeridad». Y todos al mismo tiempo pedían «sacrificios».

Los parados, de todas maneras, puesto que no leían mucho los periódicos y se habían enterado de que eran necesarios 4.000 automóviles más, se mostraban felices; si para hacer 8.000 coches eran necesarios 1.000 obreros, se decían, para construir 12.000 serán necesarios 1.500. «Nos admitirán a todos» exclamaban entre sí. Patrones, gobierno y sindicatos decidieron, pues, sentarse alrededor de una mesa redonda (la triangular, tradicionalmente usada, había sido sustituida desde hacía tiempo, en concreto, desde la época en que los «austeros», que tenían el control del sindicato, habían olfateado la posibilidad de entrar a formar parte del gobierno: «Todos somos de Macondo -habían dicho- y la mesa triangular exaspera las divisiones nacionales; es mejor redonda», y la cambiaron). Una vez sentados empiezan a comer (poco porque habían descubierto, «bajo la piel de la historia», la austeridad, gracias sobre todo a los «austeros»), fuman (en pipa), hablan mal de los «indios» (una raza presente no sólo entre los obreros, sino más que nada entre los parados) y de otros grupos étnicos (provocadores autónomos», «nuevos fascistas» y «nuevas formas de anticomunismo»), pero por encima de todo discuten acerca de los problemas del país y de la fábrica. Nadie sabe lo que allí se dijo. Se sabe, por el contrario, por las circunstancias que veremos al final, a qué clase de conclusiones prácticas llegaron.

Helas aquí:

1) Serán abolidos 25 días festivos, aumentando los días de trabajo a 225. De manera que en estos 25 se podrán construir 1.000 automóviles más (40x25).

2) Serán despedidos 80 absentistas habituales (provenientes de los grupos étnicos «autónomos» e «indíos») y serán sustituidos por 80 trabajadores ortodoxos seguidores de la secta de los «austeros» procedentes de un pueblo vecino, que no se ausentan nunca del puesto de trabajo. Los despedidos y sus sustitutos lo indicará el sindicato, el cual se servirá de los delegados, que los conocen bien a todos, para hacer la criba. Estos despedidos y sustituciones deberán permanecer en secreto. Los periódicos no dirán ni una palabra de ellos. Estos, por el contrarío, lanzarán una gran campaña (sobre todo la prensa «austera») para relanzar la «ética del trabajo»; los magistrados que absuelven y hacen readmitir a los absentistas y los médicos complacientes serán llamados a volver al orden por los «austeros» (quienes, por otra parte, en materia de orden y principalmente público, eran expertos y contaban entre sus filas con insignes teóricoss, operadores).

De esta manera se podrá obtener que cada día estén presentes en la fábrica no 800, sino 900 obreros. Y, por consiguiente, no se harán 40, sino 45 automóviles al día (5 más); anualmente serán 1.125 coches más (5 por 225 días de trabajo).

En realidad, después de algunos días de experiencia, según dicen los historiadores más prolijos, se dieron cuenta de que no aumentaba la producción, porque, por ejemplo, mientras que en la sección A había 90 obreros, en la sección B había 100 (en su mayoría «austeros» ortodoxos) y en la C 80 (pese a los despedidos aún quedaban autónomos e indios). Y así sucesivamente. Para poder hacer 45 coches era preciso que los obreros fuesen 90 en todas las secciones, en caso contrario se hacen 50 carburantes en la sección B y 40 diferenciales en la C.

Entonces decidieron en reuniones sucesivas lanzar una gran campaña mediante la prensa de la patronal en contra de la «rigidez de la fuerza de trabajo»; acompañada de otra campaña (modesta) de la prensa sindical contra la « ... salvaje»: en este caso, sin embargo, el sindicato no se había referido a los autónomos y a los indios, pues de ellos procedía el término «huelga salvaje», sino a los patrones, a los que el sindicato de una manera confidencial decía: «ha pasado, si es que alguna vez ha existido, la época de los burdeles del trabajo esclavizado; hoy las cosas hay que hacerlas bien, de una manera científica mediante gráficos y técnicos, los parámetros y las curvas, las matrices y las ecuaciones, las
paredes blancas y, las lámparas de neón (a lo Ulrike Meinhof, para entendernos, N. del R.). La movilidad debe ser programada científicamente; dado que el sindicato no es ni lúdico, ni faccioso, ni salvaje, cuando una cosa es científica no la rechaza. ¿Acaso hemos rechazado alguna vez los cronometradores y analizadores de los tiempos? Bien, programadla movilización y nosotros la aceptaremos. Pero en silencio, sin demasiado ruido. Hagamos una negociación nacional, visible; no muchas concesiones Y todas en nombre de la responsabilidad nacional.

A partir de aquel momento, de buen grado o a la fuerza, los obreros que excedieron a los noventa se transferían a las secciones en las que no llegaban a los 90. Los delegados aun cuando pertenecieran a la tribu de los grupusculares (tribu que en un tiempo había sido moderadamente combativa y que luego se fue amansando y degenerando a raíz de los múltiples acoplamientos e intercambios comerciales con los austeros), no pueden sino aceptar la mala jugada. De modo que si no la aceptan son dimitidos del sindicato y revocados por el mismo, o sin más despedidos como absentistas o amigos de los autónomos. Los problemas fueron superados y los 45 coches al día fueron producidos.

3) Otra de las conclusiones de aquella histórica reunión hacía referencia al horario de trabajo. Todos convinieron que era injusto que los obreros trabajasen sólo ocho horas y que podían muy bien hacer una hora extraordinaria cada día. Al objetó (se piensa que fue un sindicalista estúpido, ex católico y amigo de los grupusculares) que tal decisión estaba en contra de los contratos de trabajo, pero todos le respondieron, a coro: «¿Y quién se da cuenta?» Una vez más era necesario hacer las cosas en silencio, dijeron los austeros. Todos asintieron y la propuesta pasó. Con una hora de trabajo más se produjeron 4,5 automóviles más por día, en consecuencia, 1.012 más al año.

4) «Pero todavía no se ha llegado a los 4.000 coches más necesarios», había graznado uno de los patrones después de la decisión de las tres primeras medidas. «No hay que tener miedo», le respondió uno de los sindicalistas austeros (fumaba en pipa y era un tibetano purasangre). «Debemos aumentar la densidad del trabajo, como dice Marx en el primer Libro del Capital a propósito de la plusvalía relativa, debemos condensarlo.» «¿Y eso qué es?», preguntaron a coro patrones, autoridades políticas y una gran parte de los sindicalistas (que no entendían de quién y de qué se hablaba). «Esto significa -respondió sereno el austero- aumentar los ritmos y las cadencias.» Y ante los rostros ya más tranquilos de los presentes, prosiguió: «Los tiempos del gran "otoño caliente" han pasado y no volverán. Es el momento de pensar en el país. También Togliatti (al parecer fue uno de los grandes jefes de los austeros, muerto ya por esta época, N. del R.), en 1953, hablando de la ley estafa, dijo haberse conmovido pensando en Víctor Manuel (gobernante difunto de Macondo, N. del R.). La patria está en peligro. El hombre ha nacido para trabajar. Y en realidad si hoy se está corrompiendo es porque trabaja poco. Tenemos el deber moral de hacerle trabajar más... en silencio.»

Pasado el primer y momentáneo estupor se entabló una rápida discusión que condujo a la siguiente conclusión: desde aquel momento en adelante los 900 obreros en el transcurso de nueve horas diarias de trabajo no produjeron ya 49,5 coches al día, sino 60; gracias además al hecho de que al despedir a todos los indios y autónomos el índice de coches descartados por los «saltos» y las introducciones de objetos extraños, bajó de una manera visible. Por consiguiente, el número de coches más por día sería de 10,5=2.363 al año (10,5x225).

Durante los días sucesivos siguieron reuniéndose para proseguir el curso de las operaciones. Se llegó así al mes de febrero de 1984, fecha en la que se dieron cuenta, observando los resultados y haciendo cálculos, que habían producido 5.300 coches de más al año. En una reunión expresamente convocada, algunos dijeron que eran demasiados con respecto a los 4.000 necesarios. «No hay ningún problema -dijo, levantándose para hablar, uno de los patrones de la raza de los "corderos", raza muy similar, hecha excepción del color del manto, a la de los "llamas"-. Nos encontramos con 1.300 coches de más. Ahora bien, 300 los regalaremos, pintados de azul, a los ministerios y a los ministros -insinuó, sonriendo maliciosamente- para dar las gracias al gobierno por su colaboración en estos negocios "redondos". Con respecto a los 1.000 restantes, los iremos almacenando hasta el momento en que ya no podremos más y entonces diremos públicamente que hemos "superado los niveles fisiológicos de existencias". Llegados a este punto reduciremos la plantilla de 1.000 obreros a 900, sin que nadie se dé cuenta, precisamente en el momento que el país discute acerca de nuestra comprensión social. En efecto, no sustituiremos con nuevos contratos a los que se marchan porque han alcanzado la edad del retiro, porque no resisten más o porque... los hemos despedido por absentismo. Nadie se dará cuenta. Sea como fuere, en aras a evitar imprevistos, lanzaremos una ensordecedora campaña sobre el coste del trabajo. Los sindicatos se sentarán a la mesa con nosotros. Se mostrarán rígidos y harán concesiones limitadas con respecto a las cosas que les pedimos. Harán alguna que otra huelga demostrativa. Y nosotros cederemos en parte. De este modo, mientras el país piensa en el coste del trabajo, nosotros reduciremos los puestos de trabajo, aumentaremos la producción y, sobre todo, la productividad.»

«¿Y qué haremos con los parados? De este modo no daremos trabajo a ninguno, ni ahora ni nunca. Los puestos de trabajo no sólo no aumentarán, sino que disminuirán», objetó tímidamente un sindicalista no austero. «Reivindicaréis con fuerza, y nosotros os concederemos las 'Informaciones acerca de las inversiones". Las informaciones no nos cuestan nada y las promesas tampoco. Os prometeremos de una manera general, en el transcurso de los próximos años, efectuar inversiones. Entendámonos bien: esto no quíere decir que llevemos a la práctica dichas inversiones. No nos sirven porque podemos aumentar la producción sin introducir nueva maquinaria y sin la necesidad de crear nuevos puestos de trabajo, sino simplemente aumentando lo que vosotros, sobre todo antes, llamabais "explotación". Así es que nada de inversiones. Pero esto no importa. Vosotros hablaréis en vuestra prensa de las "victorias" sobre la cuestión de las inversiones. Nosotros nos mostraremos probados por las "derrotas" sufridas después de una resistencia que ya encontraremos la manera de hacerla lo más larga posible y que parezca muy dura. Luego, en el momento previsto, diremos que es el mercado el que manda, que hay crisis, etc.»

«¿Y si los parados promueven agitaciones, como ya han empezado a hacer?», objetó una vez más el sindicalista no austero. «Los tacharemos de neo-fascistas y de neo-anticomunistas, mostrándoles al menosprecio de la opinión pública. Juntos controlamos toda la prensa. Además no olvidemos que... existe la policía, que dentro de poco será también sindicalizada», intervino, seco, el austero, con pipa y gris impecable. La respuesta satisfizo a todos y aplacó las últimas ansiedades. La reunión acabó. Todos se fueron a dormir tranquilos y satisfechos. Pero...

... al otro lado de la puerta había un provocador autónomo y un indio que en aquella reunión como en las otras habían escuchado todo lo que allí se decía y corrieron a contarlo a sus tribus y a los otros parados para preparar, para la mañana siguiente, la revuelta contra los programas de la patronal y de los austeros.

ERA EL 16 DE FEBRERO DE 1984.

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