El
absentismo, el sabotaje, la chapuza, el rechazo del trabajo, son un fenómeno
generalizado. Los patronos se lamentan de las exigencias de los jóvenes: quieren ganar
mucho trabajando poco. Y además (¡horror y corrupción!),quieren un trabajo que les
guste. Ahí tocamos los límites de la impudicia obrera. Los jóvenes pasan de promoción
social. Desertan de los ascensores sociales. Quieren tiempo libre, tiempo libertado. Van
haciendo chapucillas, trabajos temporales, marginales, poco remunerados, pero también
poco restrictivos. Se toman grandes vacaciones, que duran varios años.
En el otro lado, los amos hacen como si creyeran que se trata de una moda efímera o de un
desajuste entre la oferta y la demanda de trabajo. Los patronos multiplican los contactos
con la enseñanza para armonizar el reclutamiento de esclavos diplomados. Pero, ¿qué
hacer de la mano de obra sobrante, de la multitud de temporeros de todo tipo? Aumentar el
sector terciario, triplicar las mecanógrafas, quintuplicar los funcionarios (más
guardias)... Bien está el movimiento que se inicia. Esperando la próxima guerra. Pero
dejemos al capital con sus contradicciones. Y profundicemos la brecha.
La abolición del trabajo asalariado parece una utopía. Lo que no es razón para no
reclamarlo. Los ecologistas han dado la vuelta a la dificultad cogiendo el problema por el
otro extremo. Ellos dicen: ¿qué es lo que necesitamos? Por reformista que parezca, el
famoso «slogan» ecologista «trabajar menos, consumir mejor» tiene una ventaja: libera
tiempo para la creación. Como la creación nunca es fastidiosa, sino que siempre está
ligada al juego, el trabajo no tiene futuro. Y aquel que ha probado la droga de la
creación reemprende con dificultad el camino del trabajo, hasta el día en que reduce sus
necesidades lo suficiente como para no trabajar nunca más. Ese día el hombre escapa
prácticamente del círculo de la mercancía, aunque en realidad nunca se escapa del todo.
La lucha de clases, su lucha de clases, se ha terminado. Estamos lejos de la mejor
justicia social que nos promete la izquierda. La izquierda quiere cambiar la vida del
esclavo conservando el mismo látigo. Los sindicatos se hinchan a hablar de «otro
trabajo», lo que no dice gran cosa. Pero el tiempo apremia. Sobre todo cuando se lo
quitan a uno.
El único modo de ser socialista hoy, si es que esta palabra tiene todavía algún
sentido, es reducir nuestras necesidades, o sea, reinventar nuestras necesidades reales.
Necesidades que pasan por el tiempo de crear y de jugar. Esta reivindicación trivial,
simples ganas de vivir, no pasa por el mantenimiento en su estado (o en el estado) de las
prisiones actuales. Se puede invertir el problema en todos los sentidos: es imposible
liberar a los hombres manteniéndoles encerrados. Aunque nacionalizadas, las fábricas
siguen siendo plantas de muerte lenta. Aunque socializados, los barrios siguen siendo
lúgubres y distantes del trabajo. Aunque climatizado, el metro sigue siendo un medio
donde se transporta el fastidio o se coagulan las fatigas. Aunque televisado, el juego nos
sigue siendo extraño.
Por decir esto los ecologistas tal vez pasemos por utopistas peligrosos (al servicio de la
derecha). Los utopistas siempre han sido perseguidos por los hombres del aparato, de
derecha o de izquierda. Ellos quieren liberar a los hombres. Las gentes del poder quieren
dirigirlos. El divorcio es evidente.
(Extractado de «La Gueule Ouverte»)
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