Dado
que el trabajo es, ley de vida, no es posible, bajo ningún pretexto, admitir que nadie
quede exento de él. El que no trabaja está en el mismo espíritu de esta ley suprema,
condenado a perecer. Parece por marasmo interior, devorado por la energía prisionera que
se transforma en veneno. Todo lo que no se mueve, no funciona, se oxida y se corrompe.
Así pues, el que padece el mal de la ociosidad se destruye a sí mismo. Y, además,
constituye un foco de infección social.
Toda concepción económica y social que no tenga por base el trabajo para todos en
igualdad de condiciones, está condenada a guerra perpetua entre los que trabajan y entre
los que viven del trabajo ajeno. Entonces, para terminar con esa guerra antagónica, para
que el fruto de la revolución no sea escarnoteado, y el hombre no se consuma por la
ociosidad o se atrofie por exceso de trabajo, habrá que dirigir los esfuerzos
revolucionarios hacia una sociedad que tenga por lema: «El que quiera comer que
trabaje». Entonces, sólo entonces, podremos «condenar a muerte» a todo aquel que no
quiera trabajar: a muerte por el desprecio público, a muerte por el hambre. Ya tenga el
hombre pan en abundancia y viva sin trabajar, ya no lo tenga, y perezoso, lo mendigue o lo
robe, de cualquier manera, y se encuentra en óptimas condiciones de realizarlo, no hay
sitio para él en un mundo sometido a la ley del trabajo y de la solidaridad. Cae del
árbol como la hoja muerta.
Ahora bien; para que el trabajo sea verdaderamente libre y fecundo ( ... ) es preciso
sustituir la dominación desordenada y abusiva de una minoría privilegiada, por la
cooperación racional del trabajo de los ciudadanos asociados la propiedad común de los
medios del trabajo y la libertad. Este es el único medio, creemos nosotros, de liberar a
las criaturas humanas: transformar la propiedad capitalista en propiedad social. Y así es
cuando será el trabajo la forma más tranquila y solidaria de la actividad humana y
podremos proclamar bien alto: El que quiera comer ha de trabajar y sobre el que no trabaje
que caiga el desprecio de la nueva sociedad que hará del trabajo el deporte esplendoroso
y fecundo para todos igual.
Tomás ANDRES
Extractado de Tierra y libertad (México).
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