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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 2 Diciembre 1977

Qué hay destrás de las elecciones sindicales

04.jpg (27983 bytes)Este análisis de la estrategia política de qué hay detrás de las elecciones sindicales» no ha podido serpublicado en el unico diario madrileño que se presenta como «sindical». La «razón» para rechazarlo ha sido el miedo de la dirección a posibles presiones gubernamentales promovidas por las centrales sindicales aludidas en el artículo; lo cual viene a demostrar la tesis del articulista sobre el juego de poder entre las centrales y el Gobierno a espaldas de los trabajadores.

A pesar del atomizado mundo, tanto ideológico como organizativo, en que vive la clase obrera española, en pocas cuestiones existirá un punto de vista tan unitario como frente a las elecciones sindicales. Con seguridad, la mayoría de los trabajadores confesarían, ante los enfrentamientos y coincidencias, mezcladas y superpuestas, que manifiesta la patronal, las ejecutivas y líderes sindicales, v el Gobierno, una misma opinión: no comprender absolutamente nada.

Sobre el marasmo de respuestas y opiniones no es posible sacar a simple vista ninguna conclusión que concuerde con una ley aceptada por muchos: obreros y patrones deben mantener una práctica política, ideológica y sindical enfrentada, pues sus intereses no son conciliables. Sin embargo, en lo referente al sindicalismo y en concreto al tema de las elecciones, algunos que se dicen representantes de los obreros, coinciden más con patronos que con otros que manifiestan también ser portavoces de los trabajadores. A su vez, Gobierno y empresarios no coinciden aparentenlente en muchos puntos, mientras que aquél sí parece decir lo mismo que algunas centrales, y el otro concuerda con éstas y, etc., etc... Total, un tremendo lío.

la clave

Solamente remitiéndonos a cuestiones de fondo, es decir, comprendiendo la función social que en última instancia juegan los sindicatos en las sociedades llamadas democráticas y comprendiendo también el prisma ideológico a través del cual son contemplados por los distintos estaxmentos -Gobiernos, patronal y políticos-, es posible encontrar la clave que deshaga este lío.

El sindicalismo aparece como la forma primitiva del movimiento obrero en los primeros tiempos del capitalismo. Ha sido, y sigue siendo, una clara e irrenunciable victoria de la lucha de los trabajadores. Pero tras conseguir esta parcela de libertad y tras vaciar a los sindicatos de todo contenido revolucionario por parte del poder democráticoburgués, y por los epígonos del marxismo en sus dos vertientes -socialdemócratas y leninistas-, la función de los sindicatos ha terminado siendo la de mejorar las condiciones de vida de los obreros en el seno del capitalismo, sin cuestionar el sistema. La esencia del sindicalismo no es pues revolucionaria sino conservadora, mediante la reforma, que es la forma más eficaz de conservar inventada hasta el momento.

Decir que los sindicatos tradicionales, aun conservando su indudable aspecto positivo para los trabajadores, han terminado ejerciendo una función integradora, no es hacer ninguna afirmación «ácrata» ni «extremista». Escuelas tan ortodoxas del marxismo como la althuseriana, no dudan en afirmar que «lo sindical» es un aparato ideológico del Estado, y como tal, tiene la función de asegurar el sometimiento a la ideología dominante para que el Estado cumpla su principal cometido: reproducir las relaciones de producción existentes, en una palabra, conservar.

Por ello a nadie le puede extrañar que tanto el aparato de Estado gubernamental como la patronal tengan un mismo objetivo. Potenciar fuertes sindicatos obreros de tipo europeo recortando al máximo la parcela de libertad que conlleva la autoorganización sindical.

razones políticas

Pero entonces, ¿cómo se puede explicar que las centrales sindicales -CC.OO. y UGT- estén de acuerdo con el Gobierno y la patronal para que aquél dicte normas que deberían ser del dominio exclusivo de los trabajadores? En principio, las razones parecen claras. Ambas centrales también desean potenciarse organizativamente, y dado que no se han podido poner de acuerdo en el proyecto de acción sindical en las empresas, piden al Gobierno que medie en el conflicto a través de un decreto autoritario. Pero sólo hasta aquí llega el acuerdo. La función social que, desde la perspectiva ideológica socialdemócrata y comunista, se le asigna a los sindicatos, es distinta al punto de vista democrático-burgués hegemónico en el aparato gubernamental y en la patronal.

Para la tradición Kautskysta y leninista, el sindicalismo por si solo cae irremediablemente en el dominio ideológico burgués si no le salva un estamento externo a la clase obrera: el partido político portador del socialismo. Las formaciones políticas que representan esta tradición -PSOE y PCE- están interesadas en potenciar «sus» sindicatos al mismo tiempo que desarrollar su dominación política e ideológica sobre ellos. El campo de acción política de los trabajadores sale fuera de sus propias organizaciones y se localiza principalmente en el terreno del Parlamento, nuevo aparato estatal que sirve para propiciar la función conservadora del Estado.

Teniendo en cuenta todos estos elementos, ya es posible deshacer el lío de aparentes coincidencias y contradicciones que sobre las elecciones sindicales manifiestan patronos, Gobierno y direcciones sindicales. En principio, todos están de acuerdo en potenciar unos sindicatos jerarquizados, gregarios y vacíos de planteamientos políticos o revolucionarios. Las elecciones sindicales pueden, en principio, ser aprovechadas para conseguir este objetivo. Los primeros -Gobierno y patronos- para que los sindicatos cumplan eficazmente la exclusiva función de integrar a la clase obrera y que ésta sea fiel a posibles pactos. Las centrales, mejor dicho, los vértices ejecutivos de los aparatos, para que sean obedientes a sus respectivos partidos.

La tan cacareada diferencia entre UGT y CC.OO. sobre el método de llevar a cabo las elecciones sindicales -listas cerradas o listas abiertas- es simplemente táctica. Son lógicas las diferencias pues ambas compiten por atraerse el voto obrero. UGT pretende el método descarado y directo, a través del cual, el trabajador se verá obligado a elegir por una central determinada que le represente. Tras razonar que el PSOE consiguió más votos obreros que el PCE en las legislativas y está, por tanto, mejor situado en el Parlamento para canalizar reivindicaciones obreras, concluye que los trabajadores se decidirán en su mayoría por las siglas UGT, si tienen que escoger entre siglas, contrarres^ trando su deficiencia organizativa en las empresas y su falta de líderes conocidos. CC.OO. por su parte, plantea la sutileza de las listas abiertas, que dada su ventaja organizativa podrá contar con mejores y más conocidos líderes sindicales para que se presenten como candidatos. Puede además jugar la carta demagógica de la autonomía y el asambleísmo, ya que debe ser parcialmente coherente con sus tradicionales formas de organización y contentar al importante sector de trabajadores independientes y de obediencia política izquierdista que milita en su seno. Sin embargo, ambos proyectos de elecciones tienen en común el proclamar verbalmente la soberanía de la asamblea para sustituirla de hecho por comités permanentes controlados por las burocracias sindicales que, en la actualidad, sólo representan al veinte por ciento de los trabajadores.

divide y vencerás

05.jpg (13152 bytes)Ante estas relativas diferencias, el Gobierno juega con varias cartas. Primero, favorece esta «enconada» lucha y hasta las facilita «su» medio de comunicación -TVE-.

Posteriormente maneja la típica maniobra de poder: dividir al adversario, apoyarse en uno u otro, o ambos a la vez, para terminar consiguiendo iniciativa en el campo sindical. Pero por otro lado, desde su posición de observador externo, tiene dudas en favorecer una u otra postura o de entrometerse demasiado en este terreno. Sabe muy bien, mejor tal vez que las direcciones sindicales, que los trabajadores españoles, educados en la lucha contra el corporativismo fascista, son muy reacios a intromisiones autoritarias y una decisión precipitada podría llevar al traste el «necesario» encuadramiento sindical de los trabajadores.

El Gobierno es consciente de que estas elecciones son claves para el futuro movimiento obrero y que debe de propiciar unas formas de organización jerarquizadas y burocratizadas, desplazando de una vez por todas, el peligro de un proceso de autoorganización obrera. La importancia de este problema es lo que ha determinado las continuas vacilaciones gubernamentales sobre el cuándo y cómo de estas elecciones.

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