Este análisis de la estrategia política de qué hay detrás de
las elecciones sindicales» no ha podido serpublicado en el unico diario madrileño que se
presenta como «sindical». La «razón» para rechazarlo ha sido el miedo de la
dirección a posibles presiones gubernamentales promovidas por las centrales sindicales
aludidas en el artículo; lo cual viene a demostrar la tesis del articulista sobre el
juego de poder entre las centrales y el Gobierno a espaldas de los trabajadores.
A pesar del atomizado mundo, tanto ideológico como organizativo, en que vive la clase
obrera española, en pocas cuestiones existirá un punto de vista tan unitario como frente
a las elecciones sindicales. Con seguridad, la mayoría de los trabajadores confesarían,
ante los enfrentamientos y coincidencias, mezcladas y superpuestas, que manifiesta la
patronal, las ejecutivas y líderes sindicales, v el Gobierno, una misma opinión: no
comprender absolutamente nada.
Sobre el marasmo de respuestas y opiniones no es posible sacar a simple vista ninguna
conclusión que concuerde con una ley aceptada por muchos: obreros y patrones deben
mantener una práctica política, ideológica y sindical enfrentada, pues sus intereses no
son conciliables. Sin embargo, en lo referente al sindicalismo y en concreto al tema de
las elecciones, algunos que se dicen representantes de los obreros, coinciden más con
patronos que con otros que manifiestan también ser portavoces de los trabajadores. A su
vez, Gobierno y empresarios no coinciden aparentenlente en muchos puntos, mientras que
aquél sí parece decir lo mismo que algunas centrales, y el otro concuerda con éstas y,
etc., etc... Total, un tremendo lío.
la clave
Solamente remitiéndonos a cuestiones de fondo, es
decir, comprendiendo la función social que en última instancia juegan los sindicatos en
las sociedades llamadas democráticas y comprendiendo también el prisma ideológico a
través del cual son contemplados por los distintos estaxmentos -Gobiernos, patronal y
políticos-, es posible encontrar la clave que deshaga este lío.
El sindicalismo aparece como la forma primitiva del movimiento obrero en los primeros
tiempos del capitalismo. Ha sido, y sigue siendo, una clara e irrenunciable victoria de la
lucha de los trabajadores. Pero tras conseguir esta parcela de libertad y tras vaciar a
los sindicatos de todo contenido revolucionario por parte del poder democráticoburgués,
y por los epígonos del marxismo en sus dos vertientes -socialdemócratas y leninistas-,
la función de los sindicatos ha terminado siendo la de mejorar las condiciones de vida de
los obreros en el seno del capitalismo, sin cuestionar el sistema. La esencia del
sindicalismo no es pues revolucionaria sino conservadora, mediante la reforma, que es la
forma más eficaz de conservar inventada hasta el momento.
Decir que los sindicatos tradicionales, aun conservando su indudable aspecto positivo para
los trabajadores, han terminado ejerciendo una función integradora, no es hacer ninguna
afirmación «ácrata» ni «extremista». Escuelas tan ortodoxas del marxismo como la
althuseriana, no dudan en afirmar que «lo sindical» es un aparato ideológico del
Estado, y como tal, tiene la función de asegurar el sometimiento a la ideología
dominante para que el Estado cumpla su principal cometido: reproducir las relaciones de
producción existentes, en una palabra, conservar.
Por ello a nadie le puede extrañar que tanto el aparato de Estado gubernamental como la
patronal tengan un mismo objetivo. Potenciar fuertes sindicatos obreros de tipo europeo
recortando al máximo la parcela de libertad que conlleva la autoorganización sindical.
razones políticas
Pero entonces, ¿cómo se puede explicar que las
centrales sindicales -CC.OO. y UGT- estén de acuerdo con el Gobierno y la patronal para
que aquél dicte normas que deberían ser del dominio exclusivo de los trabajadores? En
principio, las razones parecen claras. Ambas centrales también desean potenciarse
organizativamente, y dado que no se han podido poner de acuerdo en el proyecto de acción
sindical en las empresas, piden al Gobierno que medie en el conflicto a través de un
decreto autoritario. Pero sólo hasta aquí llega el acuerdo. La función social que,
desde la perspectiva ideológica socialdemócrata y comunista, se le asigna a los
sindicatos, es distinta al punto de vista democrático-burgués hegemónico en el aparato
gubernamental y en la patronal.
Para la tradición Kautskysta y leninista, el sindicalismo por si solo cae
irremediablemente en el dominio ideológico burgués si no le salva un estamento externo a
la clase obrera: el partido político portador del socialismo. Las formaciones políticas
que representan esta tradición -PSOE y PCE- están interesadas en potenciar «sus»
sindicatos al mismo tiempo que desarrollar su dominación política e ideológica sobre
ellos. El campo de acción política de los trabajadores sale fuera de sus propias
organizaciones y se localiza principalmente en el terreno del Parlamento, nuevo aparato
estatal que sirve para propiciar la función conservadora del Estado.
Teniendo en cuenta todos estos elementos, ya es posible deshacer el lío de aparentes
coincidencias y contradicciones que sobre las elecciones sindicales manifiestan patronos,
Gobierno y direcciones sindicales. En principio, todos están de acuerdo en potenciar unos
sindicatos jerarquizados, gregarios y vacíos de planteamientos políticos o
revolucionarios. Las elecciones sindicales pueden, en principio, ser aprovechadas para
conseguir este objetivo. Los primeros -Gobierno y patronos- para que los sindicatos
cumplan eficazmente la exclusiva función de integrar a la clase obrera y que ésta sea
fiel a posibles pactos. Las centrales, mejor dicho, los vértices ejecutivos de los
aparatos, para que sean obedientes a sus respectivos partidos.
La tan cacareada diferencia entre UGT y CC.OO. sobre el método de llevar a cabo las
elecciones sindicales -listas cerradas o listas abiertas- es simplemente táctica. Son
lógicas las diferencias pues ambas compiten por atraerse el voto obrero. UGT pretende el
método descarado y directo, a través del cual, el trabajador se verá obligado a elegir
por una central determinada que le represente. Tras razonar que el PSOE consiguió más
votos obreros que el PCE en las legislativas y está, por tanto, mejor situado en el
Parlamento para canalizar reivindicaciones obreras, concluye que los trabajadores se
decidirán en su mayoría por las siglas UGT, si tienen que escoger entre siglas,
contrarres^ trando su deficiencia organizativa en las empresas y su falta de líderes
conocidos. CC.OO. por su parte, plantea la sutileza de las listas abiertas, que dada su
ventaja organizativa podrá contar con mejores y más conocidos líderes sindicales para
que se presenten como candidatos. Puede además jugar la carta demagógica de la
autonomía y el asambleísmo, ya que debe ser parcialmente coherente con sus tradicionales
formas de organización y contentar al importante sector de trabajadores independientes y
de obediencia política izquierdista que milita en su seno. Sin embargo, ambos proyectos
de elecciones tienen en común el proclamar verbalmente la soberanía de la asamblea para
sustituirla de hecho por comités permanentes controlados por las burocracias sindicales
que, en la actualidad, sólo representan al veinte por ciento de los trabajadores.
divide y vencerás
Ante estas relativas diferencias, el
Gobierno juega con varias cartas. Primero, favorece esta «enconada» lucha y hasta las
facilita «su» medio de comunicación -TVE-.
Posteriormente maneja la típica maniobra de poder: dividir al adversario, apoyarse en uno
u otro, o ambos a la vez, para terminar consiguiendo iniciativa en el campo sindical. Pero
por otro lado, desde su posición de observador externo, tiene dudas en favorecer una u
otra postura o de entrometerse demasiado en este terreno. Sabe muy bien, mejor tal vez que
las direcciones sindicales, que los trabajadores españoles, educados en la lucha contra
el corporativismo fascista, son muy reacios a intromisiones autoritarias y una decisión
precipitada podría llevar al traste el «necesario» encuadramiento sindical de los
trabajadores.
El Gobierno es consciente de que estas elecciones son claves para el futuro movimiento
obrero y que debe de propiciar unas formas de organización jerarquizadas y
burocratizadas, desplazando de una vez por todas, el peligro de un proceso de
autoorganización obrera. La importancia de este problema es lo que ha determinado las
continuas vacilaciones gubernamentales sobre el cuándo y cómo de estas elecciones.
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