La A.I.T. está en
crisis, pero el resurgir de la C.N.T. en España puede significar un «segundo aliento»
para la vieja luchadora, heredera de las tradiciones del movimiento obrero autónomo.
La A.I.T. (Asociación Internacional de los Trabajadores) se fundó en Londres
en 1864 para difundir la causa de la emancipación obrera autónoma. Desde el Congreso de
Bruselas en 1868, la A.I.T. definió como arma fundamental del movimiento obrero la huelga
general.
Aquella primera etapa de la A.I.T. estuvo minada por el debate entre autoritarios
(partidarios del centralismo y la acción política, encabezados por Marx y Engels) y
libertarios (a la formada por las corrientes del federalismo proudhoniano y el
antiestatismo bakuninista): la Federación Regional Española de la A.I.T. fue siempre
mayoritariamente antiautoritaria.
El eclipse del movimiento obrero español tras la derrota de los insurrectos de 1873, y la
subsiguiente represión tanto republicana como monárquica contra los internacionalistas,
coincide con la derrota de la Comuna de París y la sustitución de la A.I.T. originaria
por una 11 Internacional estatista y autoritaria: desde sus orígenes, esta Internacional
no agrupa ya a organizaciones sindicales, sino a partidos socialdemócratas que predican
la supeditación a la política parlamentaria y nacionalista, mientras el capitalismo se
va transformando en imperialismo.
Tras la primera guerra mundial, y la posterior derrota o burocratización de los
movimientos revolucionarios en Rusia, Ukrania, Alemania, Italia, Hungría y otros países,
las fuerzas dispersas del sindicalismo revolucionario se ven obligadas a reagruparse: hay
que definirse tanto frente a la 11 Internacional socialdemócrata (que había secundado la
política de guerra de las burguesías imperialistas) como frente al autoritarismo
represivo de la III Internacional leninista, y de su correa de transmisión, la
Internacional Sindical Roja con sede en Moscú.
El Congreso que reconstituyó la A.I.T. se reunió en Berlín del 25 de diciembre de 1922
al 2 de enero de 1923. Asistían representantes de organizaciones sindicalistas
revolucionarias de 14 países: Argentina, Chile, Méjico, Noruega, Suecia, Dinamarca,
Alemania, Checoslovaquia, Rusia, Italia, Francia, Holanda, Portugal y España (la C.N.T.).
La AIT frente a las masacres imperialistas
Renace así la A. I.T. en 1923 para levantar el espíritu de autonomismo
obrero de la 1 Internacional: la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los
trabajadores mismos. La situación era crítica. La reacción capitalista y burocrática
se está imponiendo a sangre y fuego frente a las aspiraciones revolucionarias de los
trabajadores víctimas de la primera gran guerra imperialista. Los totalitarismos
fascistas se forjan ya sobre las espaldas de los pueblos, preparando nuevas masacres
militares. Los partidos marxistas se disputan el legado marxista en sendas
Internacionales, coincidentes sin embargo en imponer al movimiento obrero la dirección de
las élites o «vanguardias» políticas y en oponerse al «espontaneísmo sindicalista».
Los principios del sindicalismo revolucionario que enarboló la A.I.T. son en cambio la
síntesis de la experiencia de un siglo de lucha de clases anticapitalista, consciente de
que el propio movimiento obrero libremente organizado desde la base es la única y
verdadera fuerza capaz de una revolución social que instaure el comunismo libertario y
libere a toda la sociedad de los yugos del Estado y de la explotación asalariada.
Desde 1923, la A.I.T. ha mantenido esta consecuente actitud antiestatista, frente al
reparto interimperialista, y también frente a las formas nacionalistas y militarizadas de
muchos movimientos tercermundistas que, a su vez originaron dominaciones estatales
dominadas por uno y otro bloque imperialista. La A.I.T. se pronuncia hoy contra el
productivismo desarrollista que promueven todos los Estados destruyendo la naturaleza.
Por qué ha decaído la AIT
Ahora bien, y pese a la consecuencia revolucionaria de este mensaje, el
hecho es que la influencia real de la A.I.T. desde 1923 (y en particular desde su auge en
los años 30, en que llega a agrupar organizaciones sindicales revolucionarias de 25
países), se ha ido reduciendo. Hoy la situación es de nuevo crítica, aunque hay
síntomas esperanzadores. Tres ¡actores principales han contribuido a esta decadencia de
la A. I. T.
En primer lugar, la expansión del totalitarismo fascista y estalinista, que, de Kronstadt
a la guerra civil española, fue liquidando los principales combates del movimiento obrero
autónomo, barrido por el nuevo reparto del mundo entre los imperialismos triunfantes en
la Segunda Guerra Mundial. La derrota de la revolución española, tras la nefasta
colaboración de la C.N.T. con el poder político republicano durante la guerra, fue un
golpe particularmente duro para la A. I.T.
En segundo lugar, el «boom» capitalista de postguerra y la profunda división del
movimiento obrero ante la «guerra fría», consolidaron la influencia de las
organizaciones sindicales reformistas y autoritarias, mejor adaptadas a la era del
imperialismo nuclear. En este período, salen de la A.I.T. algunas de sus secciones más
activas, como la S.A.C. de Suecia.
En tercer lugar, la burocratización de la misma A.I.T. durante estos años de repliegue,
le impidió estar presente a tiempo en el resurgir de las corrientes autogestionarias y
antiautoritarias del movimiento obrero. En efecto, en el último Congreso de la A.I.T.,
celebrado en París en 1976, sólo asisten 5 secciones: la C.N.T. francesa, la FORVE
venezolana (ambas en gran parte sostenidas por exiliados cenetistas españoles),
el pequeño núcleo de la S. W. F. británica, y las organizaciones en el exilio de la
C.N.T. de España y de la C.N.T. búlgara, mientras el grupo anarcosindicalista que
resurge en Portugal muestra reservas hacia esta A.I.T., prácticamente convertida en una
dependencia de la facción «ortodoxa» (cuya cerrazón específica, no por admirable
resulta menos contraproducente ) del exilio cenetista español. Por otra parte, las viejas
y prestigiosas secciones de Argentina y Uruguay están en la clandestinidad.
Sin embargo, en ese mismo año de 1976, el vigoroso resurgir de la C.N.T.
en España, ciertamente con el apoyo del exilio, pero, sobre todo, capaz de conectar con
las nuevas realidades de la autonomía obrera y del combate autogestionario, va a abrir
nuevas perspectivas al internacionalismo de los anarcosindicalistas. Pero sobre esas
perspectivas hemos de volver en posterior trabajo.
PRINCIPIOS DEL SINDICALISMO REVOLUCIONARIO
1. Son las organizaciones económicas del proletariado, y no los
partidos políticos, quienes pueden lograr el objetivo de la «reorganización de la vida
social sobre la base del comunismo libre, por medio de la acción revolucionaria de la
clase obrera mis~.
2. Frente a la llamada «dictadura del proletariado», los trabajadores
organizados en comunas libres buscarán la abolición de todo monopolio económico y
social y de toda función estatal.
3. El sindicalismo revolucionario combina la lucha diaria por el
mejoramiento económico, social e intelectual de la clase obrera, con la acción común de
trabajadores manuales e Intelectuales para la autogestión del sistema económico y
social.
4. El sindicalismo revolucionario se opone al centralismo y se base en
el federalismo, en la libre organización de abajo arriba sobre la base de las Ideas e
Intereses comunes.
5. Se rechaza toda actividad parlamentaria, toda delegación popular en
poderes legislativos que no hacen sino ocultar las contradicciones sociales del
capitalismo.
6. El sindicalismo revolucionado es internacionalista, rechaza las
arbitrarias fronteras políticas y nacionales, y reconoce únicamente la
autodeterminación y libre federación de las regiones.
7. Se combate el militarismo en todas sus formas, y especialmente la
fabricación de material de guerra.
8. Los medios de lucha de acción directa hallan «su expresión más
profunda en la huelga general que, al mismo tiempo, debe ser el preludio de la revolución
social».
9. Se rechaza la violencia del poder, pero por su propia experiencia
revolucionaria, se apresta a la defensa -si es preciso violenta- de la revolución:
defensa que debe estar en manos de las propias organizaciones obreras y no en
Instituciones específicas al margen del sindicalismo.
10. El sindicalismo revolucionario de la clase obrera es la única
fuerza social e~ de lograr la autoemancipación de los trabajadores frente al Capital y al
Estado.
(Principios de la A.I.T. en su declaración de 1923 en Berlín según el resumen elaborado
en: «Informe sobre la A.I.T.», del Comité Nacional de la C.N.T., octubre de 1976). |
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