La prensa sigue siendo la
punta de lanza en el proceso concienciador y democratizante de los países de nuestro
Estado. Rompiendo ligaduras y mordazas, los profesionales no «tocados» por el sistema,
comenzaron a luchar en una guerra que, se veía como definitiva. Evidentemente, caminar
por un terreno tan resbaladizo no pudo, por menos, que soportar frecuentes caídas. Esos
profesionales de la información que comenzaban tan sólo hace unos pocos años -algunos
estaban en la palestra desde hace un poco más de tiempo-, sortearon numerosas
dificultades para cumplir su labor. Ahí estan todavía, en pleno proceso constituyente,
no exentos de peligro (ver la lista de atentados y amenazas de que somos víctimas los
profesionales de la información).
Pero todo tiene su gracia. Cuando el franquismo se hallaba agonizante, cuando el
franquismo murió, hábiles empresarios del mundo de la comunicación se aprestaron a
ofrecer su alternativa y su dinero a las futuribles formas de Poder que se avecinaban.
Así surgieron unos nuevos órganos de prensa -a partir del 20 de noviembre del 75- que se
apresuraron a dar la respuesta informativa que este país tanto necesitaba. Todo hacía
pensar que, por primera vez en muchos años, las cosas iban a ser distintas.
Pasado algún tiempo, el panorama informativo de los españoles parecía haber cambiado.
Los españoles se estaban preparando para atravesar un puente en su historia y estos
nuevos medios informativos abrian nuevas sendas. «Arreu», «El País», «Opinión»,
«Diario 16», y otras publicaciones venían a ser como la tabla de salvación de la
información nacional. Pero pronto se vería, que todos los enunciados de principios y
filosofía de estos cadetes de la prensa -objetividad informativa, talante democrático,
servicio a «todos» los españoles, imparcialidad ideológica, incondicionalidad a la
verdad, independencia, y un largo etcétera-, no ha sido sino toda una farsa más a
añadir al mar de confusiones en el que se mueven todos, o casi todos, los ciudadanos de
este santo país.
Ni ha existido imparcialidad, ni objetividad, ni servicio a la verdad, ni talante
democrático, ni nada de nada. Han existido amagos y ramalazos; en todo caso algunas
buenas voluntades. Los nuevos medios de comunicación recien alumbrados, han estado
planteados desde el primer momento, bajo dos premisas. La primera, ha sido la de construir
empresas periodísticas convencionales con un fin lucrativo. Para ello, se ha seleccionado
a unos profesionales que, aún siendo de ideologías varias, fueran compactos a la empresa
como tal. Cuando a dichas empresas les ha parecido oportuno han acudido a cualquier tipo
de medidas terapéuticas (las infecciones son peligrosas), para sanear: despidos,
amenazas, presiones, y demás ungüentos. Las empresas han buscado a sus «popes»
nacionales de la pluma (los «popes» de nuestra prensa son como la «reserva espiritual
de Occidente») para ofrecer al lector un producto exitoso, y para promover una
competencia beatificante.
La segunda premisa, sobre la cual se han movido los nuevos medios ha sido la de
conquistar, en un futuro más o menos lejano, las áreas de influencia que en torno al
Poder va dejando el franquismo. Vemos, que después de las elecciones del 15 de junio, e
incluso antes, la parcialidad informativa se da todos los días y en todos los medios. De
pena. No hay más que hacer un análisis comparativo entre la prensa de los años 60 y la
de las «vanguardias democráticas», y comprobar, en muchos casos, cómo el lenguaje
responde a los mismos intereses, claro que menos azules.
El ghetto de la prensa se mueve dentro de unos espacios delimitados. Las familias,
privadas y oficiales, que componen dicho ghetto tienen muchos amaneramientos diríamos
que, mafiosos. Controlan a su antojo el acceso de los profesionales a los puestos de
trabajo; controlan los canales decisorios de medidas que pudieran proteger, de una vez por
todas a los profesionales. Mientras tanto, los periodistas se llevan los palos, las
amenazas, las palizas, las bombas, los despidos... Las empresas se llevan las victorias
del protagonismo, la influencia, los créditos..., el Poder.
Es curioso ver, y con que jeta además, a los directores de la prensa madrileña ponerse a
la cabeza de la manifestación del 27 de septiembre, en Madrid, -en solidaridad con la
revista barcelonesa EL PAPUS-. Recorrieron como buenos chicos el trozo de calle Serrano
por donde pasó la manifestación, para luego irse a los tronos de sus imperios. Y que
bien quedaron; ¡Ellos encabezando una manifestación autorizada! ¡Viva la democracia!
Sin embargo, a la hora de aceptar la huelga de veinticuatro horas decretada por una
asamblea mayoritaria del ramo -por primera vez en más de cuarenta años se había
conseguido una unidad como en la asamblea de Sindicatos-, esos directores que momentos
antes encabezaban la manifestación (sin que nadie les hubiera dado permiso para ello) se
rasgaban las vestiduras, aduciendo que aquello era un flaco servicio a la prensa. Claro,
en cuanto la cosa afectó a sus intereses empresariales e ideológicos, los trabajadores
de prensa se estaban pasando.
Sin embargo, el día 6 de octubre, la revista vasca «Punto y Hora de Euskalerria» saltó
por los aires en mil pedazos por otro criminal atentado. Hasta cuando. No obstante, los
periodistas siguen siendo amenazados, despedidos, enjuiciados y censurados.
La prensa, menos mal, comienza a ofrecer otras alternativas que no sean sólo la de las
empresas capitalistas. Además de las publicaciones ideológicas de partidos, se está
difundiendo toda una amplia gama de publicaciones y formas comunicacionales (carteles,
murales, hojas, folletos, boletines, etcétera) que vienen a posibilitar una mayor, mejor
y más completa información. La prensa llamada marginal está abocada a ocupar en un
futuro inmediato -después de 40 años de prensa oficial y oficiosa-, un lugar de primera
magnitud.
Son las generaciones más jóvenes las que cada vez soportan peor el academicismo
informativo y los corsés que los aprisionan. Este academicismo practicado por
pretenciosos «padres de la patria» se ha convertido en una patética acta de defunción
de sociedades capitalistas y burguesa. Los editoriales sentenciosos, las informaciones
«objetivizadas», el amarillismo redaccional, los reclamos publicitarios oferentes de
bienestar perpetuo, y todo el endémico y vacío lenguaje del Poder, periclitan en su
propia náusea.
La busqueda de nuevos cauces de comunicación, donde no sea la exclusividad del
«profesional» la que envía sus mensajes sin respuesta, sino que sea cualquier receptor
el que pueda participar en el hecho comunicacional -ya que sino no hay tal proceso-, hace
imprescindible que más de un barco pueda navegar por las mismas aguas.
El Poder tiene sus portavoces. Los pretenciosos de Poder, también. ¿Y los que no
aspiramos a ningún Poder?, pues también deberíamos tenerlo. La clase trabajadora, amén
de que se organice en las formas que crea convenientes para defender sus derechos,
debería potenciar al máximo unos vehículos de expresion que pudieran reflejar -con las
menores limitaciones posibles- toda una serie de aspiraciones posibles, que son algo más
que el bienestar económico.
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