PACTO CARRILLO-SUÁREZ PARA
«ESTABILIZAR LA DEMOCRACIA»
El ataque al nivel de vida de los trabajadores que se
ha pactado en la Moncloa lleva esta vez el aval de los principales líderes políticos. La
pelota está ahora en el tejado de las fábricas: ¿aceptarán los trabajadores que se
vendan sus reivindicaciones sin que se haya pronunciado el movimiento obrero a través de
sus asambleas?
Hasta ahora los hombres de Suárez afrontaban solitos la propaganda capitalista
(«economía social de mercado», nos decían) y la represión contra la gente que se
desmandaba, diputados o villanos; desde el pacto de la Moncloa, previamente tramado a
solas por Carrillo y Suárez, y avalado por Martín Villa y sus muchachos
«estabilizadores», se ha renovado la gerencia de los departamentos de ventas y de
personal.
El principal presentador de los «spots» publicitarios que nos pretenden colocar al
contado los electrodomésticos de la reforma y la estabilización ha resultado ser
Marcelino Camacho, en su doble escalafón de ejecutivo «mejillón» y líder máximo de
los «comecocos» (a buen entendedor, salud). Parece, en efecto, que Suárez ha dado luz
verde a la potenciación de CCOO desde el poder, en detrimento de la UGT, para el papel de
protagonista en el control de la clase obrera: aparte de debilitar así al principal
competidor en la lucha por el poder político, se pagan de paso los servicios prestados en
múltiples estructuras del
fenecido verticalismo, y sobre todo se agradece la «madura sensatez» de los dirigentes
de Comisiones domesticando tanta «huelga salvaje» como está surgiendo en el país desde
que se ha perdido el respeto a la autoridad patronal y de la otra.
El papel de CCOO siempre ha sido más audaz que el de UGT: lejos de sustituir las
asambleas obreras por secciones sindicales más o menos burocratizadas, Comisiones ha
tratado de coger el toro por los cuernos, y dirigir y manipular las asambleas mismas, para
que éstas deleguen electoralmente su soberanía en «consejos» permanentes teledirigidos
desde las ejecutivas de los partidos hoy enganchados al carro de la reforma.
Al menos una cosa saldremos ganando los trabajadores con el pacto de la Moncloa: los
burócratas a sueldo de los aparatos políticos dejarán de aparecer como líderes obreros
con jersey, y mostrarán su nuevo y más adecuado uniforme de «public relations» del
Gran Capital.
Así sabremos con quién nos jugamos los cuartos; y esos cuartos no nos los van a racionar
ni Suárez ni Camacho: de nuestra acción en las empresas dependerá el triunfo o el
fracaso de lo «pactado y bien pactado en la Moncloa».
Los políticos profesionales que han dado a luz en el palacio de la Presidencia del
Gobierno un «compromiso histórico a la española» son sin duda la plana mayor del
electoralismo actual: de Fraga a Carrillo, pasando por los televisivos Felipe y Suárez,
los mejores especialistas del país en marketing político nos han preparado ya la
campaña de Navidad para promocionar el producto que más se va a consumir en los
próximos dos meses: AUSTERIDAD.
Con esta imagen de marca nos presentan los acuerdos de la Moncloa: aceptación
incondicional del programa económico del gran capital (presente en el gobierno Suárez
con ministros como Oliart, Cavero o Garrigues Walker), a cambio de una participación de
los partidos de la izquierda parlamentaria en los tejemanejes en los que se cuecen grandes
decisiones políticas que luego pagamos los ciudadanos de a pie. Esa presencia no llega
por ahora a las carteras ministeriales insistentemente pedidas por los carrillistas y
hábilmente rechazadas por los del PSOE a la espera de su hora, pero todos quedan
comprometidos en la defensa del famoso paquete económico de Fuentes Quintana.
En ese paquete hay un reforzamiento del papel económico y laboral del Estado; se cercenan
las reivindicaciones salariales mientras las subidas de precios se disparan este otoño en
espera de ser «controladas» en el invierno por las manipulaciones oficiales del índice;
hay un tratamiento poco menos que caritativo del pavoroso problema del paro y la crisis de
las empresas, verdadero chantaje a las condiciones de vida de los trabajadores; hay en fin
mayores facilidades para el despido patronal, con esa amenaza de diezmar las plantillas en
las empresas que se desmanden...
Lo que no hay en todo el «paquete» es ni una coma que moleste a la dominación
capitalista ni que alivie la explotación del obrero. Eso sí, los dirigentes del PCE nos
aseguran que es la hora del sacrificio, de «salvar la crisis y el vacío», de cerrar
filas tras la monarquía y el capitalismo, de alejar peligrosos fantasmas de revolución o
socialismo.
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