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REVISTA DE COMUNICACIONES LIBERTARIAS

Año 1 Núm. 1 Noviembre 1977

Trabajadores en la calle

02.jpg (21972 bytes)TODAVÍA HAY MUCHA DESCONFIANZA Y MIEDO EN EL SENO DEL MOVIMIENTO OBRERO

Es la crisis. Y lo terrible es que todos buscan soluciones a esta crisis, cuando de lo que debería tratarse es de destruir el sistema que hace que el trabajador y, en un sentido más amplio, los miembros de una sociedad, estén inmersos en un continuo marasmo de avanceretroceso sin que este trabajador o miembro de la sociedad tenga arte ni parte en dichos movimientos.

Todo vale menos coger el toro por los cuernos. Los expedientes de crisis en las empresas, la inflación, la subida de precios se enmarca dentro de la crisis global de la sociedad y de lo que se trata es de cambiar ésta, no de reformarla.

Las razones de una crisis

Al margen de que la crisis española sea más o menos parecida, o semejante a la de otros países europeos, el hecho es que ésta se ve agravada por una serie de peculiaridades propias.

Actualmente, al capitalismo español no se le permite eliminar el excedente de la mano de obra enviándolo a los centros de trabajo extranjeros, ni engordar ya como lo hizo con las remesas que estos trabajadores enviaban desde sus lugares de trabajo. Ello ha provocado que el paro aumente, pero en vez de invertir más para tratar de solucionarlo su única salida es llevarse el dinero a Suiza.

Ello ha provocado una descapitalización que incide directamente en la falta de dinero para afrontar una situación de crisis. Por ello, el Gobierno, en vez de perseguir y de evitar la fuga de divisas, se ve precisado a buscar sus fuentes monetarias en los bancos extranjeros endeudando continuamente al país. Los intereses ya los pagaremos los trabajadores con nuestra fuerza de trabajo.

Después de 40 años de sindicación por decreto-ley, el trabajador español observa cómo ahora puede afiliarse a no menos de siete corrientes unitarias, o que al menos se presentan como tales. Ello provoca junto a una natural perplejidad una fuerte desconfianza hacia cualquier tipo de sindicalismo. Y ello porque inevitablemente los sindicatos mantienen, hoy por hoy, unas fuertes connotaciones con determinadas fuerzas políticas.

Llegan los sindicatos

No hace mucho, el propio ministro de Trabajo, Manuel Jiménez de Parga, se quejaba del poco asentamiento de los sindicatos entre la población laboral española. Pues bien, aún suponiendo que fuesen ciertas las cifras de afiliados que facilitan las propias centrales, sumando todas estas no llegan a representar el 30 por ciento de la población laboral española. Y ello a pesar de la situación de legalidad de que gozan en los últimos meses.

Pero es que además estas cifras están lo que vulgarmente se dice «hinchadas». El sistema de afiliación ha consistido a veces en afiliar a empresas enteras por medio de algún dirigente, y también en un reparto de carnéts en busca más de la autopropaganda de las cifras de afiliados que de una implantación real como alternativa.

Y claro está, luego vienen las quejas de que no se recauden las cuotas, y de que hay muchos trabajadores que tienen varios carnéts, y que una cosa son afiliados y otra militantes. Desgraciadamente todavía hay mucho miedo y hay que contar con ese miedo y con una natural desconfianza.

Desconfianza asentada sobre las bases de la dispersión y de las conexiones entre líderes sindicales y partidos políticos. El hecho de que varios secretarios generales de centrales sindicales pertenezcan a la ejecutiva de partidos políticos no es muy alentador para una clase trabajadora que sigue desconfiando del término «político».

Líderes sindicales que afirman que lo importante es un Gobierno de concentración nacional para «salvar a España de la crisis», como si la crisis fuera del pueblo y no del sistema de explotación al que está sometido. Sindicatos que expresan públicamente que el estatuto del trabajador y que la normativa legal de la vida sindical ha de ser realizada desde los sillones de las Cortes, líderes sindicales, al fin, que parecen más interesados en sentarse en los sillones de los despachos gubernamentales que en recoger las aspiraciones de cambio de la clase trabajadora.

El movimiento asambleario

Al margen de esta actividad sindical, el movimiento obrero español sigue ofreciendo una riqueza de matices que lleva a la presencia inusitada en otros paises europeos de similares características, de nuevas alternativas.

A este respecto quizás convenga detenerse en dos de las mayores huelgas que se han producido en el país en los últimos tiempos. La huelga de la construcción en Asturias y el conflicto del calzado en Levante.

Pocas veces un conflicto ha sido tan silenciado como el de los trabajadores de la construcción en Asturias. Quizás habría que remontarse a la huelga de Roca para encontrar una situación tan paradójica, en la que uno de los conflictos más largos e importantes ha sido silenciado de una manera consciente.

Tres meses de huelga continuada han ofrecido una de las lecciones más importantes que ha dado la clase obrera. Y habría que juzgar el papel que en este silenciojugaron algunas centrales sindicales, que prefirieron dedicarse más plenamente a las elecciones políticas que se celebraron en pleno proceso de huelga y que, más tarde, intentaron retomar en sus manos la dirección de la misma.

Pero no es hora de condenas sino de análisis. Y el análisis nos muestra cómo un movimiento asambleario entre los trabajadores puede dar un nuevo giro a las relaciones laborales. Con un rechazo total de las centrales sindicales, de los canales de diálogo habituales, con una implantación de la asamblea como órgano decisorio y con la ausencia de cualquier tipo de liderismo sindical o de protagonismo, los trabajadores de la construcción de Asturias sentaron un precedente que no iba a tardar mucho en ser secundado.

Los trabajadores del calzado de la región levantina de Elche siguieron con algunos cambios este modelo inicial. Asambleas de trabajadores que designaban representantes que al final hubieron de ser admitidos, mal que les pesaba, por la patronal. No había líderes ni delegados, todo, absolutamente todo era decidido en asamblea. El papel de las centrales fue en este caso algo más decoroso y casi todas secundaron el movimiento. Sólo la UGT condenó el sistema y algunos carnéts de esta central volaron en alguna de estas asambleas.

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